Artículo quincuagésimo sexto: creencias amarillas

Por razones que no vienen al caso, he estado vacunándome toda la vida contra casi todo (tétanos, difteria, hepatitis, poliomelitis, malaria, meningitis…) todas las vacunas figuran cuidadosamente anotadas en una cartilla, en español e inglés, cada una con la fecha de administración y la de caducidad. Jamás me he atrevido a dudar de la veracidad de esta información…, salvo en un caso: estoy seguro de que la vacuna contra la fiebre amarilla no caduca. Pasó ya hace mucho la última fecha anotada, y estoy ahora más expuesto que nunca, pero no noto el menor síntoma, me duran los efectos sin saber cómo (tal vez sea un milagro).

Esta enfermedad, que se transmitía por la picadura de un mosquito de zonas tropicales, parece que ahora se ha extendido a latitudes más nuestras y, si antes se manifestaba por fiebre, hemorragias e ictericia, ahora parece que se puede diagnosticar a partir de una irrefrenable pasión por el color amarillo (de ahí el nombre), un color que necesariamente tiene que vestir todo el mobiliario urbano posible, los asientos del Parlament y ciertos actos, las solapas de las chaquetas, las camisetas enteras, las pulseras, las farolas, los troncos de los árboles, los pasos de cebra, las arenas de las playas… Bueno, pues yo no siento ninguna pulsión por hacer tal cosa a mi alrededor, lo cual me hace poner en cuestión la fecha de caducidad que figura en mi cartilla de vacunación.

Si a aquellos de mis paisanos que están afectados no les sube la temperatura, si no aumentan sus niveles de bilirrubina, ni les duele la cabeza, ni padecen vómitos con sangre ni notan disminución de la micción, (me caben dudas con respecto a sentir delirios, que es también otro síntoma posible), deduzco que el problema es menos fisiológico que psicológico.

En mi afán por entenderlo todo -especialmente lo oculto-, me he puesto a investigar y, sin poder dar aún por terminado mi trabajo, ya puedo indicar, siquiera someramente, hacia dónde apuntan mis conclusiones provisionales.

He sabido que percibimos como amarilla la luz que nos llega y posee una longitud de onda dominante entre 574 y 582 nanómetros (millonésimas partes de milímetro). En el campo de las nanopartículas hay una clara tendencia mundial a lograr imanes (estamos hablando ya de fuerzas extrañas de atracción) con gran producción de energía y construidos con ferrita por su bajo costo (no haré el chiste fácil). Este material es fácilmente relacionable con las creencias que siempre hemos denominado “férreas” por su consistencia y su resistencia al cambio… Perdóneme la digresión.

Ya con algún rigor, pienso que me dará la razón si afirmo que nuestras creencias y nuestra identidad están íntimamente unidas y es difícil separarlas: aquéllas nos proporcionan ésta y ésta nos inculca aquéllas (como el huevo y la gallina), y ¡ahí le duele!, estamos de nuevo ante el problema de la identidad única o simple y las muy deseables identidades múltiples de mi quinto artículo, que nos dan un abanico de creencias tan variadas que dejan de ser férreas y pasan, por fin, a ser útiles.

Una cosa es conocimiento y otra cosa creencia. Nos cuesta mucho reconocer lo que ignoramos y poco inventar cosas (lo de “inventar” no lo digo yo, fueron Hobsbawm y muchos más); en plena época nacionalista, el catalanismo pasó de movimiento cultural (la Renaixença) a político y fueron traducidas a creencias algunas presunciones que, como el vino, han ganado solera con el tiempo y ya nadie discute, so pena de ser señalado. Las creencias son ya certezas.

Los grupos cerrados, de los que el movimiento secesionista es un espléndido ejemplo, son casi inmunes a las opiniones de fuera y muy dependientes de los refuerzos internos. Una discrepancia o disensión interna hace más daño que otra externa, y lo saben; podría contagiarse, extenderse, hay que marcar el terreno para que nadie se mueva, hay que marcar al disidente para que nadie lo imite. Lazos y más lazos…, y a ver quién no se los pone en la solapa, y a ver quién es el que los quita de la calle.

Una creencia férrea es lo mismo que una creencia ciega (de luz estábamos hablando). ¿Se da usted cuenta de que es conceptualmente imposible que uno quiera volver a creer algo ciegamente, una vez que la razón le hace desistir, y que eso ocurre porque la condición previa para ser creyente ciego es no saber que uno lo es?. El vértigo que esto genera, dificulta lógicamente la disensión: “yo soy del grupo, su identidad es mi identidad, no quiero sentirme fuera, el grupo pone lazos amarillos, yo los pongo también (y espero que comprueben bien que lo tengo en mi solapa cuando me vean, para no tener problemas)”.

Sabemos que podemos estar equivocados, pero hay un abismo conceptual entre estar equivocados con respecto a hechos (si no somos muy tercos acabamos reconociendo el error) y con respecto a creencias (en este terreno nos resistimos como gatos panza arriba).

Los científicos buscan denodadamente la refutación para demostrar que sus suposiciones no son falsas y convertirlas en teorías; o, lo que es lo mismo, el error no les aparta de la verdad sino que les va acercando a ella. No me parece nada científica la actitud crédula del secesionista, porque veo que se implica emocionalmente tanto en sus creencias que no las reconoce ya sino como verdades inviolables, y hasta es capaz de encontrar explicación a sus propias contradicciones (tentado estoy de relatar aquí las que han salido en prensas las últimas semanas…).

Y ¡mire!, en el fondo todos somos así, es comprensible. Lo que yo digo es que hay que resistirse y que los enfermos de fiebre amarilla no lo hacen y hasta parecen regodearse con sus vómitos. Cuando examinamos nuestras mentes no vemos sino racionalidad; si examinamos nuestras creencias vemos realidad. En nuestra confusión, el mundo es –por fuerza- como lo imaginamos y no como lo imaginan los demás. ¿Cómo interpretamos los errores en que incurren los demás?. Pues, creo que según el “protocolo” siguiente:

Paso número uno. Los demás son ignorantes. Mis creencias se basan en hechos ciertos, quienes no están de acuerdo conmigo es porque no tienen la información correcta. Cuando soy yo el que no está de acuerdo con ellos, es porque dispongo de más y mejor criterio.

Paso número dos. Si no son ignorantes, es porque son  estúpidos. No desconocerán la realidad, pero carecen de inteligencia para comprenderla y asimilarla debidamente. El resultado es, desgraciadamente, idéntico.

Paso número tres. Si no son ignorantes ni estúpidos, es porque son malos. Su actitud es intencionada. Cuando se llega ya a este paso, la violencia puede ya aflorar en cualquier instante.

Me resulta angustioso pensar que, si no los reconocemos y oponemos resistencia, todos recorremos estos pasos en alguna medida; todos, no sólo los más extremistas, de derecha o izquierda, del separatismo o el constitucionalismo. Sólo nos salvará el esfuerzo personal, pero hete aquí que hay quien no hace ninguno…(y, mientras, se entretiene pintando de amarillo todo lo que ve; al acostarse por la noche, sus creencias son aún más amarillas).

Por Ángel Mazo

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