Artículo decimocuarto: sobre causas y consecuencias

Desayunando en un hotel de Venecia, hace diez años, me senté junto a un colega mauritano que era el único del grupo internacional de trabajo con el que aún no había podido confraternizar. Enseguida me habló de la batalla de Uclés (no era un mauritano cualquiera) que, en 1108, ganaron los almorávides a las tropas cristianas de Alfonso VI de León. Me sorprendió gratamente su cultura, pero mi alegría se agrió en cuanto percibí en él un sentimiento (también agrio) de reivindicación del territorio peninsular del que fueron expulsados unos siglos después; se basaba en el argumento de que “ellos estaban antes”.

Por una vez estuve inspirado; sin pretender ser brusco, se me ocurrió que si sabía de esa batalla, no ignoraría el año en que Tarik y Muza cruzaron el estrecho. Se lo pregunté y cayó enseguida en mi pequeña trampa pues, en cuanto me dijo que en 711, le pregunté yo quiénes estaban antes en la península. Cambió la conversación inmediatamente.

Mi raro reflejo mental de aquella mañana era debido no sólo a haber dormido estupendamente, sino a lo aprendido estudiando los nacionalismos, que invariablemente evocan el momento histórico de mayor esplendor y expansión de su pueblo-objeto para intentar reivindicar el máximo posible, que es de lo que se trata. Naturalmente, para ello es necesario auto-otorgarse previamente el derecho a escoger el momento de la historia que más conviene. El problema es que la historia es una interminable sucesión de causas y consecuencias, de “huevos y gallinas”, por lo que escoger ese momento es casi siempre una forma falaz de comenzar un relato.

En mi primer artículo anuncié que iba a ir sucesivamente atacando diversos errores mentales, perversiones del lenguaje, confusiones de conceptos, etc.; usted ya ha visto que lo voy haciendo pero que aún me quedan muchos por abordar. Para hoy he escogido, precisamente, el de confundir causas con consecuencias. Es error que cometemos con relativa frecuencia y sin intención en nuestra vida rutinaria, pero es también herramienta nefasta en manos de quienes crean opinión pública sirviendo a intereses políticos. Usted, que es lector avisado, ya sabe que estoy sugiriendo que es una práctica más de mis paisanos independentistas.

¿Los grandes deportistas tienen una magnífica constitución física por lo mucho que entrenan o son lo que son gracias al cuerpo que tienen, tan distinto al mío?; ¿las modelos están guapísimas por los vestidos que muestran en la pasarela o son escogidas en un “casting” por lo guapísimas que son?; ¿hablamos de criterios de selección o de resultados de una actividad, de causas o de consecuencias?. Está claro que existe una correlación entre la magnitud de un incendio y el número de bomberos que participan, pero hay quien deduce de esto que a más bomberos participando, mayor se hace el incendio…

¿Crece la magnitud del independentismo catalán a partir del 1 de octubre como consecuencia de las cargas policiales, o son las cargas consecuencia de los excesos causados por la magnitud que ha alcanzado el independentismo? (Si la respuesta fuera, para usted: “Todo lo anterior”, plantéese la pregunta en términos de relevancia, es decir, qué tiene mayor significación).

¿Crece la magnitud del independentismo por los recursos del Gobierno ante el TC dada la inconstitucionalidad de algunas leyes catalanas o han sido éstas elaboradas de forma inconstitucional porque hay mayoría independentista en el Parlament?

¿Ha sido mucha la pasividad de los diversos gobiernos de España ante la hiperactividad del independentismo o es que este se ha hecho más activo (se ha envalentonado) ante la tal pasividad?

Las actuaciones de la Generalitat en muchas materias, como las que se refieren a la inmersión lingüística y otras, ¿pretenden oponer cohesión social a la fragmentación identitaria que, además de la territorial y socioeconómica, existe en Cataluña o, por el contrario, esas actuaciones son causa de que se produzca tal fragmentación?

¿No podemos coexistir en un mismo Estado porque somos absolutamente diferentes o nos estamos convirtiendo en “los diferentes” a base de repetir constantemente que no podemos coexistir? ¿Son las naciones las que crean los Estados o son los Estados los que crean naciones (eche un vistazo a la historia)?

Así podríamos seguir varias horas haciéndonos preguntas y también, en paralelo, yendo de lo abstracto a lo concreto, y volviendo… Veríamos que, a menudo, se hace presente el principio hermético post hoc ergo ante hoc, por el que la consecuencia se pervierte hasta que es causa de la propia causa. Para entendernos: hacemos que el nieto juegue a ser el abuelo; mientras sea ficción ¡bien va!, pero si nos lo creemos hemos de saber que estamos enfermos. Si no lo sabemos, o lo sabemos pero lo negamos (como le hemos visto hacer en público al expresidente Puigdemont), eso ya sabemos que no es ficción sino anosognosia (la diagnostican los psiquiatras); y digo yo que quienes la padecen están equivocados hasta más no poder, porque habrá errores de consecuencias prácticas más trascendentales pero este es el único que, por definición, no conoce límites.

Y si no es por exceso de mala fe, tiene que ser por escasez de ejercicio mental; ya dijo Leonardo da Vinci que “Quien piensa poco se equivoca mucho”.

Aquí el enlace a mi artículo anterior. La semana próxima hablaremos de historias de abusos y de abusos de la historia.

Por Ángel Mazo

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