Artículo cuarto: sobre simplificación y credulidad

Han pasado algunos años y he aprendido cosas al ir haciéndome mayor. De niño, en mi entorno algunos defendían el franquismo a capa y espada mientras otros criticaban sus lemas, actitudes y hechos; por ejemplo, cuando se arengaba al pueblo contra  un enemigo exterior común culpable del pecado de “injerencia”, o cuando se extendía a toda España una crítica hecha al Jefe del Estado (luego supe que no eran prácticas exclusivamente de aquel régimen, sino que había numerosos ejemplos en la historia de muchos países, y aprendí que en ningún caso estaba bien).

Tal aprendizaje, como todos los aprendizajes, me supuso algún esfuerzo aunque solo fuera el necesario para ir creciendo en criterio, desvistiéndome de ciertas convicciones y aceptando otras nuevas con la mayor honradez intelectual posible. Así lo hice, y abandoné por medio de la razón creencias a las que había llegado sin ella, por sentimientos que me habían empapado. Este proceso, tiene un precio claro: cada vez me es más difícil aceptar creencias similares echándome en brazos de sentimientos que otros quieren que comparta, y olvidando lo que me dicta la razón.

Lo siento. Este proceso me inmunizó y ya no puedo aceptar sin más que sea un ataque a Cataluña o al pueblo catalán (no me toque usted los sentimientos) lo que le pase a un expresidente de la Generalitat por un presunto fraude fiscal, delito de desobediencia, de rebelión o de malversación; menos aún si se trata de dirigentes de asociaciones que nunca podrán representar a Cataluña al mismo nivel que sus respetables instituciones; lo siento mucho.

Cataluña Una (en bloque, sin malos catalanes -“botiflers”, con un “hemi-hemiciclo” bien compacto), Cataluña Grande (con todos los catalanes de Francia, Valencia, Baleares y Franja de Poniente), Cataluña Libre (un Estado independiente, “per descomptat!”)!. Una, Grande y Libre…; un “déjà vu” a poca memoria que uno tenga.

Anote usted un error mental más a añadir a la larga lista que comencé e iré confeccionando en siguientes capítulos: el “exceso de simplificación”; en él se dejaban caer encantados los fascistas a mediados del s.XX y en él caen ahora muy a menudo otros que no quieren ser tachados de tales pero que pretenden convencernos de que todo el problema se debe a una causa única, que es –claro está- la que ellos nos dicen, una causa que todo lo explica y todo lo abarca. Simple, ¿no?.

Permítame la ironía (al fin y al cabo, esta fábula maniqueísta del independentismo no la he inventado yo): aquí todos los catalanes somos buenos y nuestro enemigo español (al que no odiamos pero que nos odia) es tan necio y nefasto que se levanta cada mañana (en Madrid, que está lejíiiisimos de aquí), pensando en cómo va a fastidiar el día al pueblo catalán, tan distinto y especial…; eso legitima la lucha por la consecución de nuestro noble objetivo final, que no puede ser otro que una república independiente en la que todo va a ser casi perfecto como nosotros mismos lo somos (victimismos aparte).

Es más, dejemos a un lado si nuestra pretensión política tiene o no fundamento (tal aspecto no es más que un matiz sin importancia), lo cierto es que la hemos expuesto y nos la han rechazado tantas veces que cada vez debemos estar más cerca de que la acepten y eso mismo nos arma de más razones aún. Propongamos de nuevo algún imposible y escandalicémonos ruidosamente cuando se nos vuelva a negar, así nos ganaremos la empatía del mundo entero (no sólo la de otros separatistas de por ahí fuera), con lo que el éxito estará ya al alcance de la mano. No nos está dando nadie la razón pero, puesto que a veces hablan de nosotros, el problema es ya internacional (“ya estamos en el mapa”) y acabará resolviéndose como queremos. Amén.

Hasta aquí la ironía. No me digan que no es una cuestión de fe… (Por cierto, según una encuesta del Instituto de la Juventud, el porcentaje de jóvenes españoles que creía en adivinos, “profetas” y horóscopos, subió del 15% al 22% entre 1995 y 2000. Entonces puse en duda este dato en una conversación; hoy sería yo más prudente. Y es que pienso que es demasiada la gente que se cree cualquier cosa y no cuestiona nada).

Oriol Junqueras dice atribuir bondad a sus seguidores (halaga con eso sus sentimientos pero no nos engaña a los demás). Él mismo dice que, por ser católico, está en contra de la violencia (del pecado de faltar a la verdad no dice nada). Sus seguidores serán buena gente, pero tan indulgentes consigo mismos que se perdonan demasiado fácilmente su más que acrítica credulidad, su persistencia incluso en errores ya desenmascarados, y su benevolencia para con sus líderes, todo en el mismo paquete… Véase si no la ausencia de reacción a raíz de la huida de empresas con sede en Cataluña (el independentismo atribuía los avisos a una “política del miedo” desde Madrid), o cuando se ha creído que el Estado permanecería protestón pero pasivo por siempre, o cuando se ha visto que Europa ni quiere intervenir ni simpatiza con la idea (ambas cosas se daban por seguras) y niega reiteradamente las ensoñaciones sobre la permanencia o inmediata reentrada de Cataluña en la UE. Tal vez los tres mayores errores (o falsedades) de su larga lista en el haber del independentismo. Lo último que dice ERC ahora es que no estaban por la vía unilateral…

Es difícil comprender que se retracte Carme Forcadell, habiendo sido una de las principales protagonistas del “procés”, primero desde la ANC y luego desde el Parlament. Ella ha estado liderándolo, más que participando activamente en él y manifestó que no iba a dar ni un paso atrás sólo dos semanas antes de retractarse ante el juez para evitar la prisión preventiva incondicional. Fue tan insólita su actuación dentro del Parlament a principio de septiembre con la aprobación de las famosas leyes del referéndum y la transitoriedad, como fuera de él arengando a las masas ante el Palau de Justicia para presionar al poder judicial pidiendo la libertad de los cargos de la Generalitat detenidos por la Guardia Civil a finales del mismo mes (luego, claman por mayor separación de poderes… ¡en “Madrit”!).

Carles Puigdemont (como una tercera regadera) dice a mediados de noviembre que “hay otras opciones para Cataluña que no son la independencia, pero que el Estado es remiso a aceptar ninguna y eso les ha forzado a ese camino” (el maldito Estado, culpable de todo,  también tiene la culpa de ser “fábrica del independentismo”, por tanto; pero él siempre había dicho al Estado que la independencia era innegociable). Días antes había protestado de la convocatoria de elecciones que no hizo él, pero pretende presentarse y llevar su campaña electoral desde Bruselas (que no debe estar tan lejos de Barcelona como Madrid). Hace más tiempo, mantuvo  que ni él ni los suyos son delincuentes (pero la Justicia ve suficientes indicios), ni locos (pero les falta higiene mental), ni golpistas (lo dijo por la carencia de armas pero ignora que los golpes de estado son subversiones del orden jurídico que no requieren siempre el empleo de armas, como se ha visto tantas veces en la historia), ni abducidos (no habrá fuerzas extraterrestres pero sí víctimas de una “muy humana” manipulación).

A veces no sé si se trata de falta de coherencia intelectual o de falta de coherencia moral, pero “haberla, hayla…”.

El juicio público entre los independentistas no condena sino que absuelve a estos líderes (de momento, ¡claro está!); lo que me parecería inaudito si no fuera porque ese juicio está, como todo el “procés”, claramente dirigido.

Por hoy baste; “los jordis” tal vez queden para otro día. La semana próxima trataré un tema de bastante mayor calado filosófico que el de hoy, como es el de la identidad.

Gracias por estar ahí. Aquí tiene usted el enlace al artículo tercero.

Autor: Ángel Mazo.


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