En las últimas décadas, los Estados han ido cediendo soberanía “a cachos”, parcelas concretas de su poder o competencias han sido traspasadas en doble sentido: unas “hacia arriba” a las organizaciones internacionales de las que forman parte (en el caso de España, el ejemplo más notable es la Unión Europea) y otras “hacia abajo” a las regiones que las componen (en el caso de España, las Comunidades Autónomas), y a los ayuntamientos.
La Unión Europea fue creada con la finalidad, entre otras, de integrar y gobernar comunitariamente los llamados Estados Miembros, lo que significa acabar con los nacionalismos beligerantes y disgregadores en Europa, tanto los de carácter estatal como los de carácter regional.
Está compuesta por Estados (28 ahora), pero a sus 7 instituciones principales, hay que añadir más de 4 instancias adicionales, como por ejemplo el Comité de las Regiones (que, mire usted por dónde, en francés se llama Comité Des Régions, por lo que se abrevia: CDR; “jetez des cerises à la dinde”, es decir: “échele guindas al pavo”).
El Comité de las Regiones da voz a 350 regiones europeas para que se pronuncien sobre cómo les afecta la legislación europea, y pretende beneficiar así la participación y la integración general.
Pero espabilados políticos de algunas de estas regiones abrigan la secreta esperanza de que la Unión acabe destruyendo a las naciones Estado o, al menos, no se oponga o incluso aplauda procesos como el famoso “procés” de Cataluña.
Así pues, el nacimiento de la UE que, se suponía, tranquilizaría las aguas nacionalistas en el continente (por vaciar de sentido las ansias de independencias regionales al obtenerse respuesta a los problemas desde la integración supranacional) está teniendo un “daño colateral” por las esperanzas que se “autoinfunden” los diversos separatistas europeos, los cuales –para eso sí- muestran enormes dosis de solidaridad entre ellos (por lo que se viene llamando “lobby de intereses”, no por otra cosa, que aquí cada uno va a lo suyo… no vaya usted a creer otra cosa).
Algunos de esos políticos espabilados no quieren integración alguna, pero otros parecen soñar con un super-Estado europeo formado por esas 350 regiones (ingobernables en la práctica ya sólo por el número; el consenso “a 350” no sería igual de alcanzable que “a 28”, ya bastante complejo hoy…), o sea: que la propia UE diera muerte a los Estados que fueron sus progenitores en 1993 -si tomamos como referencia el Tratado de la Unión Europea (TUE)- para dar luego a luz una nueva UE.
La UE es, en esto, un tanto autista: todo conflicto independentista abierto es considerado sistemáticamente como “asunto interno” del Estado miembro en que se produce, lo que enerva a nuestros paisanos secesionistas catalanes por considerar que su aspiración es asunto que concierne a toda Europa y algo tiene que hacer ésta para ayudarles en su justificadísima causa, y enerva también a los constitucionalistas por considerar que es asunto que concierne a toda Europa y algo tiene que hacer ésta para acabar con tan repugnante plaga.
Veo francamente difícil –razón y ética aparte- que estos secesionismos hagan desaparecer sus correspondientes Estados sin la resistencia de éstos. Por no suicidarse ellos, los secesionismos pretenden que se suiciden los Estados. Además, la Unión es unión, y admite cualquier configuración interna de un Estado miembro (centralista, federal o confederal) con tal de que se base en la democracia, el Estado de derecho, etc.; así es que seguirá diciendo que hay margen para la solución interna y que no le competen estos asuntos. Veo, pues, más autismo e inmovilismo por delante.
Sin embargo y aunque difícil, algo más fácil veo –y he de confesar que deseo- que los Estados acaben cansándose y opten por protegerse a sí mismos de balcanizaciones internas con alguna medida eficaz de una vez por todas, y mejor antes que después.
De hecho, no aprecio mucho entusiasmo en ellos hacia el Comité de las Regiones, como el que sí se percibe en los medios de comunicación social de carácter meramente regionalista o localista. Así es que se trata más bien de una cuestión de creación de pseudoembajadas en Bruselas para hacer “diplomacia subestatal” y la consiguiente gestión de unas expectativas que habrán de limitarse a asuntos más pragmáticos que políticos; tiempo al tiempo…
No todas las 350 regiones anhelan disponer de un Estado propio, ¡menos mal!. ¿Se imagina usted las fronteras de una Europa así?, ¿o firmaríamos después acuerdos a nivel regional a fin de recrear el “espacio Schengen interregional” para la libre circulación de personas, y reinventar las euro-órdenes de detención y extradición entre los sistemas judiciales de las 350 regiones -unas muy peculiares y otras no tanto-, y compartir una moneda única aunque acabase siendo el mismo euro?.
Se trataba de ir difuminando las fronteras (Schengen, Erasmus, etc.) y, dado el éxito, los diversos secesionismos europeos van quedando desnudos –e histéricos- de la parafernalia de imaginaciones que han venido construyendo sobre diferencias culturales, étnicas, lingüísticas, etc. Mi conclusión es que esas diferencias no son más que fronteras mentales –e histéricas-, algo muy en la diana de esta serie de artículos sobre higiene mental.
Tenía quince años cuando oí de un profesor un pensamiento que me dejó perplejo y por eso nunca lo he olvidado: se refería a la especialización (en el conocimiento, en el trabajo, como quiera usted…). Dijo que especializarse en algo, consistía en saber cada vez más y más sobre menos y menos materia… hasta saberlo ¡todo sobre nada! (Lo contrario sería la generalización: saber menos y menos, sobre más y más materia, hasta no saber nada ¡pero de todo!). Las fronteras mentales que tienen y quieren imponer los secesionistas son así: más y más poder (totalitario, claro) sobre menos y menos territorio (fragmentado, claro)… hasta ser los dioses indiscutidos del rellano de su piso (¡ojalá lo logren!).
Por Ángel Mazo
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