Andrés Trapiello: “La aplicación del 155 hace tres años nos habría evitado estos lodos”

Andrés Trapiello

Autor de la monumental novela-en-marcha “Salón de pasos perdidos”, de la que acaba de publicar un nuevo volumen, Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, 1953) fue candidato al senado por UPyD en 2015 y uno de los impulsores de Libres e Iguales, entidad contraria a la secesión catalana.

Usted sostiene que todo nacionalismo es “supremacista”.

El sentimiento de identidad y superioridad es la tierra donde arraiga el nacionalismo. Cuando uno reivindica su identidad frente a otro no suele ser “porque me siento peor o menos”, sino “porque me siento más y mejor”. Y esto en cualquier dirección: cuando observo el sentimiento de superioridad de muchos españoles respecto de los portugueses, al viajar a Elvas cada verano, siento por un lado vergüenza, y por otro ira. Y, a partir de ahí, todo es ya irracional, pues se llega a creer que los territorios hacen idénticos a sus habitantes y con derechos propios. Esa es la tierra de cultivo; y el odio o el desprecio, el abono con el que tratamos de crear un enemigo que justifique nuestro victimismo.

Acabamos de oír al presidente del Barcelona su enésima jeremiada, asegurando que cuando su hinchada pita el himno nacional español en un campo de fútbol es por los grandes agravios que se le hacen al “pueblo de Cataluña”. ¿Qué agravios? ¿Y no habíamos quedado ya, después de la manifestación del 8 de octubre de 2017, que no había un solo pueblo de Cataluña? La realidad no les has servido de nada ni enseñado nada, siguen creyéndose diferentes y mejores: con “Más que un club” en realidad quieren decir “Más que ningún club”.

En un artículo reciente señaló que, tras el procés, en España “todos necesitaremos un diván”.

Unos, por una razón, y otros, por otra. Los separatistas, cuando admitan que han sido engañados al mismo tiempo que ellos trataban de engañar y engañarse. El millón y pico que ha votado por la separación es tan responsable como los que hoy están en la cárcel, aunque el grado de responsabilidades sea mayor en quienes han incitado al delito. Por eso, es tan importante que sientan, todos y cada uno de ellos, que votando en el referéndum han cometido un delito. Hasta que no lo admitan, no se habrá conseguido gran cosa. El que roba en una tienda probablemente cree que ha sido sólo una travesura, una diversión. El dueño de la tienda seguramente no pensará así —ni lo creerán las tres mil empresas que se han ido de Cataluña—.

Todos ellos necesitarán, pues, un diván, que les devuelva al principio de realidad que ha de regir nuestra vida. Y muchos de los constitucionalistas también, cuando escuchen a algunos políticos socialistas catalanes asegurando, por ejemplo, que hay que seguir con la política de inmersión lingüística en la escuela para “no dividir a los niños catalanes en razón de su lengua”, que fue exactamente lo que dijo Franco en 1939: todos han de aprender en castellano para no dividir. O al tratar de comprender la estrategia, o falta de ella, del gobierno de la nación, con el inactivo Rajoy a la cabeza.

También ha criticado la indolencia de parte de la sociedad ante el desafío secesionista.

Ante el narcisismo nacionalista, los gobernantes españoles, socialistas o populares, han reaccionado desde hace treinta años movidos por cálculos y estrategias de corto plazo. UPyD, que veía las cosas a largo plazo, pidió la aplicación del 155 al anunciarse el referéndum del 9 de noviembre, hace tres años. Lo hizo en solitario. Viendo lo bien que ha sentado a la sociedad civil catalana el 155 ahora —no, desde luego, al clientelismo independentista y a todos los que han estado beneficiándose de cargos, alcaldías, subvenciones y demás, que ven que se les puede acabar el 3%—, muchos no comprenden que no se hubiera aplicado el 155 entonces; nos habrían evitado a todos los españoles estos lodos.

Y, sí, la sociedad española en su conjunto ha obrado con la misma pusilanimidad que sus líderes políticos. Savater, que se presentó al senado por UPyD en las últimas elecciones, sacó menos votos en Madrid que el partido animalista. Con esto está dicho todo.

Hay un discurso que defiende que el conflicto catalán se nutre de dos nacionalismos de signo opuesto enfrentados entre sí. ¿Es esto cierto?

Por suerte, en España no tenemos una extrema derecha significativa. Quiero decir, como la que tienen en Alemania, en Francia o Italia —por no hablar de Austria, Holanda o Hungría—, xenófoba y racista. De verdad, y peligrosa. Ese argumento es parte del cinismo separatista: podemos exhibir la estelada, una bandera ilegal, en edificios públicos, en el Camp Nou y balcones de Cataluña, y nos parece bien; ahora, le descubrimos a alguien una banderita española en la pulsera del reloj y nos escandalizamos y prorrumpimos alarmados hablando del renacer del nacionalismo español. El separatismo tiene ese grado de cursilería. Eso, que ha ocurrido en el país del diseño y la estetización de la política —fenómeno puramente fascista por cierto—, no se ha visto nunca en España ni en Europa desde los tiempos de la Roma de Mussolini y la Alemania de Núremberg.

Un separatista catalán es el más interesado en crear a un nacionalista español. Y si no lo encuentra, se lo inventará, como se ha inventado todo, desde “España nos roba” a decir que el Quijote se escribió en catalán.

El Gobierno, finalmente, no garantizará el uso del castellano en las aulas catalanas, a pesar de que el 155 le facultaba para ello. ¿Le ha sorprendido la renuncia del Ejecutivo?

Nos ha dejado atónitos a muchos. ¿Qué problema hay para que los niños catalanes estudien en castellano y catalán, al 50%, puesto que la catalana es una sociedad bilingüe —y en la que, por cierto, también el castellano es la lengua materna y vehicular del 60% de los catalanes?—. ¿A qué se le tiene miedo? No se acaba de comprender, francamente.

En el mayor ejercicio de cinismo, se ponen en las escuelas pancartas contra los que quieren hoy la enseñanza compartida de ambas lenguas: “Fuera los fascistas de nuestras aulas”. ¿Pero, bueno, quiénes son los fascistas? ¿A quién tratan de engañar? UPyD pedía hace diez años el control estatal de las competencias de Educación y Sanidad, no para recentralizarlas, sino para garantizar la igualdad entre españoles. Que se prime el valenciano o el mallorquín sobre el currículum de un médico es otra más de esas cosas que producen perplejidad a los pacientes, que, como es natural, no entienden que les atienda un médico malo que le ha arrebatado la plaza a otro mejor, sólo porque sabía hablar catalán o bable, y el otro no.

El presidente del Parlament, Roger Torrent, aseguró tras la detención de Puigdemont que “ningún juez puede perseguir al presidente de todos los catalanes”. ¿Qué le parecieron aquellas palabras?

Se puede no tener una idea propia,  pero sí cierta energía. Ese hombre ha demostrado no tener ni una cosa ni la otra, obrando como un hombre de paja. Ni siquiera es astuto: sólo obra evitando incurrir en ilegalidades que lo conduzcan a la cárcel como a su predecesora. Le parece mal que un juez español decida si no decide lo que quieren los separatistas; pero bien, si otro, alemán, puede favorecerles. Quien decide los presidentes son los ciudadanos y parlamentos que actúan conforme a las leyes, que aplica un juez. No es muy difícil de entender. De no ser así, llegaríamos a nombrar parlamentarios a los caballos, como Calígula. Lo cual, vistas como están las cosas en las filas del separatismo, acaso sería una solución para el Parlament, que diría Cavafis.

Los denominados Comités de Defensa de la República (CDR) han recrudecido sus acciones en los últimos tiempos. ¿Considera legítima esta forma de protesta?

En tanto no conculquen mi libertad ni la de otros ciudadanos, sí. Si la estorban, no. Si voy por la autopista y no puedo seguir mi camino, tengo derecho a que esa libertad sea restablecida; y si no, para eso está, primero, la policía, para garantizarla, y después los jueces para aplicar la ley y determinar la pena por el delito de atentar contra ella. Es lo bonito de la democracia, que no tiene uno que hacer todo el trabajo. Está bastante repartido. Y cuando alguien no hace su trabajo, el Estado de derecho empieza a venirse abajo. Como sucedió con los Mossos d’Esquadra durante el referéndum ilegal.

Por otra parte, la mayor violencia el 1-O la cometieron los casi dos millones de catalanes, ¡dos millones!, decididos a saltarse la ley y consumar un golpe de estado. Por suerte —también para ellos o para la mayoría de ellos, no para sus caudillos, claro—, no tuvieron luego los arrestos de confirmarlo ni defenderlo en la calle, ni en sus puestos de trabajo —miles de ellos retribuidos con dinero público de la Generalitat—, ni más allá del salón de sus casas.

Diversas voces coinciden en el papel crucial que TV3 ha desempeñado en el proceso catalán. ¿Cree que el Estado debería haber intervenido el canal autonómico?

Como dicen los castizos, desde el minuto cero. Desde el 9-N, si se hubiera aplicado el 155. La he visto dos o tres veces, y a 700 kilómetros sus mentiras, tergiversaciones y propaganda producirían risa, de no ser porque con ellas han dividido a la sociedad catalana. Lo han hecho de una manera tenaz y despiadada. ¿Y para qué dividirla? Por el convencimiento de que así podrían aniquilar a la otra mitad, a la que desprecian, para poder hablar al fin de un solo pueblo.

UGT y CCOO asistieron a la huelga en favor de los “presos políticos”. ¿Cómo valora el respaldo de los sindicatos al independentismo?

Como votante que he sido durante muchos años del PSOE, espero que en algún momento el PSOE rompa ya de una vez con el PSC. Y ahora igual: que CCOO y UGT hagan lo propio con sus franquicias catalanas. Es legítimo que defiendan posiciones nacionalistas y separatistas, pero que lo hagan del brazo de los separatistas. La clase obrera es antinacionalista e internacionalista desde sus orígenes. La responsabilidad de lo sucedido en el proceso es acaso mayor en la izquierda, porque se supone que tenía una mayor autoridad moral a la hora de evitar que sus compañeros de viaje catalanista en los últimos años del franquismo actuaran como lo han hecho.

Pero no sólo eso, sino que, además, los han alentado. Como sucede ahora con la inmersión lingüística. Porque, en el fondo, muchos socialistas catalanes se creen mejores que un socialista andaluz. Yo he llegado a oír a un amigo de izquierdas decir: “¿No me irás a comparar a Murcia con Cataluña?” ¿No? ¿Por qué no, si en Murcia se respeta más la democracia que en Cataluña? Nueve de cada diez trabajadores de CCOO o de UGT, que han ido a esa manifestación a defender a los políticos presos como presos políticos, se sienten mejores que un trabajador de Extremadura. Exactamente, como los políticos, patronos y empresarios separatistas que les convocaron a la manifestación.

El secesionismo ha reaccionado con euforia ante la decisión de la Justicia alemana de descartar el delito de rebelión en el caso Puigdemont. ¿Encuentra justificado su optimismo?

Es comprensible. Tienen que ser optimistas, no les queda otra. Sobre todo, si llevas seis meses en la cárcel y tienes por delante la perspectiva de unos cuantos años más a tenor de los delitos gravísimos que has cometido. O si llevas huido seis meses y vas a tener que pasar el resto de tu vida huyendo —si acaso no te entregan a la justicia por alguno de los delitos que has cometido, aunque sea un delito menor, como le sucedió a Al Capone—. La esperanza es lo último que se pierde. Es muy humano.

Por Óscar Benítez

 

 

 

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