El jamón ibérico

Con semejante denominación se conoce una exquisitez, uno de esos productos “made in Spain”, que dan tan buen nombre fuera, y orgullo a los de dentro. Aquello que caracteriza semejante manjar, a parte de su hispánica procedencia, es –entre otras cosas- la maravillosa capacidad de infiltración de esa grasa tan extraordinaria, que le da su buen sabor. He escogido este producto español para poder presentar la metáfora con la que explicar lo que creo que es una urgente necesidad.

El panorama político catalán entiendo que no mejorará, ni cambiará nunca, en dirección hacia una España unida y constitucionalista, si las estrategias no cambian. Como decía Einstein, si quieres cambiar las cosas, no sigas haciendo lo mismo.

Está demostrado que no es posible trasladar el mensaje bien fundamentado, a todas las capas sociales, si seguimos utilizando los mismos vehículos de comunicación. Un relato de lo que es la historia, de lo que es la economía, la lengua, etcétera, bien fundamentado, no llegará a aquellas pocas decenas de miles de personas que o no fueron a votar, o que votaron independentismo el 21D, y que sin embargo, no lo habían votado nunca (luego son personas que nunca han estado realmente convencidas o movilizadas por el discurso separatista, más allá de las últimas elecciones, puesto que nunca antes salieron a la calle para votarles).

En el desarrollo de ese discurso se han llenado la boca de grandilocuentes palabras como “democracia”, “derecho a decidir”, y han pervertido y abusado de todo lo que representan, tanto esas palabras, como lo que es la catalanidad, y sus gentes. Se han apropiado de tan elevadas palabras y valores, e incluso se han hecho dueños del color amarillo (ya nadie lo mirará igual porque hasta en eso, han logrado hacerlo suyo).

Si les dejamos (para que el mal triunfe, decía Burke, basta con que los hombres de bien no hagan nada), se harán dueños de las tierras de la gran Cataluña (porque son imperialistas), y hasta se harán propietarios del mismo sol (sólo basta que se lo crean y su aparato de marketing así lo venda), salvo que acercándose a él mucho, por creer que son más poderosos de lo que realmente son, se deshagan sus endebles alas de cera. Y creo, que en eso estamos.

No hay nada más inmoral que defender a tus gentes, y no hacer nada cuando se desangra por el lado de lo económico y lo social. Lo curioso del caso, es que a día de hoy, nadie se preocupa por dar un paso en Cataluña, para reparar estas cuestiones.

Pareciera que estamos ante un país de burros (porque hay que serlo para escoger como símbolo de tu acción política, a un pollino), sobre todo si atendiendo a los resultados, observamos que hay dos millones de personas abducidas que viven en el país de nunca jamás, como si no se hubieran producido los graves datos que nos han llegado estos últimos meses: Familias rotas, grupos de whatsapp deshechos, antiguas amistades truncadas, empresas que se van, turismo que no viene, y bancos que –lejos de lo que nos decían con esa boca tan grande-, lamentablemente sí que se han ido.

Nadie pasará cuentas a todos esos políticos que engañaron (y digo nadie –salvo, claro está, a los que pasará cuentas la Justicia, por los delitos cometidos, que no a aquellos por las bocas que se llenaron con palabras torticeras e incendiarias-). Me parece increíble que nadie pase nunca cuentas tampoco a aquellos que abrieron sus bien alimentadas bocas (y eso lo digo descaradamente por referencia al “trespercent” que resulta que en realidad era tan público y notorio, pero nadie hacía nada). Si es que tenemos lo que nos merecemos.

Por eso, creo que para derrotar un ideario catastrófico en la realidad real y cotidiana (me temo el medio plazo en lo  económico y en lo social), no nos cabe otra que cambiar la estrategia, fundamentar bien nuestros argumentos, salir de nuestros periódicos, de nuestros artículos, de nuestras entrevistas de grandes comunicadores, que por desgracia acaban escuchando los mismos, para hacer llegar el mensaje (el auténtico, el fundamentado) a otros, a aquellas capas de la sociedad a las que nunca llegaremos sentados detrás de una mesa de despacho, o desde nuestros medios de prensa o nuestros grupos de whatsapp.

Es aquí dónde entra en valor el “jamón ibérico”, porque creo que es hora de salir de nuestras mesas de estrategas, para penetrar con nuestros argumentos hasta dónde sea, llevando a quien no escucha, no quiere escuchar, o no se le ha dejado escuchar, la realidad, la cruda realidad, la realidad histórica, económica, lingüística, y también la realidad social, pero para eso hay que unirse, cambiar, y arremangarse. De ahí que, cuando yo digo que hay que cambiar estrategias, también me esté refiriendo a que hay que conceptuarlas unidos.

En algo han triunfado los independentistas: En hacernos creer que son más. De ahí la obstinación en bañar nuestros parques y puentes, de lacitos amarillos. Se han unido, han limado asperezas (no menores), y así, tan unidos (y subvencionados), no sólo han llegado a las capas de población a las que nosotros no hemos llegado desde nuestros periódicos y mesas de despacho, sino que con semejante apariencia, siendo menos (porque en realidad son menos –todavía-), nos han hecho pequeños, o nos lo han hecho creer.

Esto ha sido así, hasta que alguien, por puro milagro, gravó con su móvil un vídeo el 8 de octubre, en el que aparecía la ingente masa de catalanes y españoles que ocupábamos la plaza Cataluña, calle Fontanella, plaza Urquinaona, y Vía Layetana (para arriba y para abajo).

Si ese día nadie lo hubiera grabado, y luego la Guardia Urbana hubiera dicho que éramos sólo 200.000, nos lo hubiéramos creído, y habríamos regresado a casa pensando que nuevamente ellos son más, que están mejor organizados, y habríamos retroalimentado nuestro discurso derrotista (ese que teníamos hasta esa fecha marcado a fuego en nuestra nuca). Pero ese día, nos levantamos, ese día despertamos.

Tenemos hambre por organizarnos, por unirnos, por estructurarnos, y por llevar nuestros sólidos argumentos dónde nunca antes habían llegado, pero por favor, hagámoslo unidos, esta vez sí, unidos, porque en caso contrario, seremos responsables por no unirnos en el momento preciso en que la historia nos lo estaba demandando.

Sólo así podremos darles un “zasca” en toda la boca, en esa boca que de forma tan grande abrían y llenaban de palabras importantes desdibujadas y manipuladas (para dividir, aniquilar y separar), y les daremos en la boca con el jamón ibérico (para llegar a dónde nunca antes habíamos llegado), pero para darles y acertar, hay que hacerlo con la unidad de todos las asociaciones ibéricas aposentadas en la marca hispánica (cuán olvidadizo es el hombre de que ese es el adjetivo -“hispánica”- con que se conocían, paradójicamente, a las tierras catalanas).

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