Acoso a la Guardia Civil

No llegaba a las 11:30 h de la mañana y ya se veían banderas constitucionales en la esquina oriental de la acera contraria a la de la puerta de la casa-cuartel de la Guardia Civil de Travesera de Gracia. Un puñado de manifestantes en apoyo de este Cuerpo se empezaba a concentrar convocados por diversas asociaciones y movimientos de la sociedad civil catalana, ningún partido político constitucionalista los había convocado ni respaldado.

Las CUP habían convocado previamente, también a través de las redes sociales, una concentración de acoso y desafío a los miembros del Benemérito Instituto con el slogan “No fareu callar la veu d’un poble” y una buena parte de los que también somos ese “poble català” decidimos acudir a dar nuestro apoyo incondicional a uno de nuestros cuerpos de seguridad, a nuestra querida Guardia Civil.

A esa misma Guardia Civil hacia la que los habitantes de la Cataluña rural, gente de orden, trabajadora y sensata, siempre mostraron su respeto, admiración y cariño. Durante más de 150 años dedicaron aquellos Guardias Civiles sus desvelos y sacrificios para que por ellos pudiera cultivarse la tierra y la Patria gozara de calma.

A esa misma Guardia Civil a la que algunos alcaldes nacionalistas o independentistas reclamaron de nuevo en sus municipios al poco tiempo de ser replegada, retirada –vergonzantemente- en sus competencias de seguridad ciudadana y posteriormente tráfico.

A esa misma Guardia Civil que defendió, en Cataluña y Barcelona –y en más ciudades y pueblos de España, desde Valencia a Bilbao pasando por Madrid-, el orden y la ley legítimamente establecidos cuando a mediados de julio se produjo el pronunciamiento militar que desembocó en la trágica guerra civil española de 1936 a 1939.

Claro, con la Guardia Civil han topado –y con todas las demás fuerzas y cuerpos de seguridad de las distintas administraciones del Estado. Ellos no saben obedecer a otra cosa que no sean sus reglamentos y sus leyes, desde la más mínima circular hasta la mismísima Constitución. Ellos han jurado defender el orden y la ley y con ellos defender los derechos y libertades de todos los españoles, vivan dentro o fuera de Cataluña.

Por ello son un enemigo temible para quienes desprecian la ley y planean quebrantarla.

Poco antes de las doce menos cinco ya se podían ver tímidamente dos o tres esteladas en la esquina contraria de la calle, mientras que las banderas de España y Cataluña se habían incrementado sensiblemente. En pocos minutos las esteladas son ya cinco o seis mientras que las del otro lado de la calle las triplican al menos.

Casi con puntualidad británica aparecen algunos parlamentarios de las CUP y se despliega una pancarta con el mismo lema ante la que se sitúa un tímido cordón de tres o cuatro mossos a tres o cuatro metros de ella.

En el otro frente, por el contrario, el cordón de mossos es sensiblemente superior, pareciendo que quienes están por respetar el orden son los otros y quienes por quebrantarlo, los unos.

Como en todas las manifestaciones se corean gritos y consignas y en las que se enfrentan dos mitades de una sociedad quebrada y dividida, se producen algunos duelos verbales de alguna mayor tensión.

No eran todavía las doce y veinticinco cuando la concentración convocada por los antisistema se despide de los que estábamos enfrente. La manifestación en apoyo de la Guardia Civil aguanta hasta diez minutos antes de la una y tan pacíficamente como se concentraron, se van disolviendo poco a poco.

Entre los aspectos más sorprendentes, destaco la mayor atención prestada por el dispositivo de control de masas de los Mossos a quienes nos manifestábamos en reacción al acoso convocado contra la Guardia Civil. Quienes respetamos la autoridad, sus agentes, las leyes y el orden, habíamos sido objeto de muy superior vigilancia, aunque hay que aceptar el hecho imposible de evitar, de que entre nosotros se encontrara también algún exaltado cuya actuación desmerecía la actitud del resto de nosotros.

He echado en falta también la presencia de compañeros de cuerpos y fuerzas de seguridad presentes en Cataluña, y a sus asociaciones profesionales y/o sindicatos, en respuesta al escrache al que se ha sometido hoy a Guardias y familias sin que se haya adoptado ninguna medida para impedirlo.

Por último el perfil de quienes estaban detrás y a los lados de la pancarta de las CUP, también era llamativo, no se trataba fundamentalmente del clásico joven contestatario, insatisfecho o inadaptado social, antisistema, o como queramos denominar al típico integrante de esta fuerza política. En mi modesta opinión, la mayor parte de los participantes en este acoso a la Guardia Civil han sido ciudadanos de clase media o incluso media-alta, lógicamente de adscripción independentista, a juzgar por su indumentaria y comportamiento. Pero no dejan de ser juicios subjetivos.

La valoración final, subjetiva, claro está, pues es la mía desde lo que hoy he vivido, es que a pesar de haberse convocado el escrache por una fuerza política con presencia parlamentaria determinante en el Parlament de Catalunya, el resultado ha sido claramente inferior a la que tenía enfrente, convocada únicamente por colectivos de la sociedad civil y sin el atractivo de la presencia de ningún representante relevante de los partidos constitucionales.

Permítame, amable lector, la licencia de terminar con la última estrofa del himno de la Benemérita:

Viva España, viva el Rey,

viva el orden y la ley,

viva honrada la Guardia Civil


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