La primera de las mentiras es que Cataluña no es España. Es este el primer dogma de fe que todos deben asumir y repetir en multitud de idiomas, salvo en español, no vaya a ser que alguien responda. La praxis de la catalanidad pasa por marcar todas las casillas que aparecen en el carné de buen catalán y que podríamos resumir en acatar la mentira revelada por parte de determinados agentes del proceso de disolución moral, política y social que está viviendo la región.
¿Qué hacer? Esta pregunta inició una revolución años ha y abrió las puertas a un periodo confuso en Europa. Pero hoy y en España, es necesario superar el regionalismo y el victimismo para asumir que somos un conjunto armónico de personas libres e iguales que buscan construir un presente en el que las identidades disolventes no sean más hegemónicas de lo que los medios de comunicación nos intentan imponer.
Si en las relaciones personales, los egos suelen dividir, en las realidades nacionales, los regionalismos y la permanente búsqueda de la diferencia alejan la fraternidad entre las personas en pos de una segregación y diferenciación bastarda que es la semilla del caos.
Los exegetas de la mentira arriba referida escapan de cualquier espacio racional y democrático y buscan entre sus apasionantes “viajes” la certeza “epifánica” que justifique sus “vicios” fundamentales.
Para ellos, solo queda un camino: el paraíso antidemocrático y liberticida derivado de la mentira de su propio proceso y su necesidad ciega en esta fe. Sin embargo, hay otra forma de reacción ante este peligroso viraje, la respuesta pausada, inteligente y reposada que resalte los riesgos de la equidistancia y sus eufemismos (catalanismo, hecho diferencial, matices) y que refuerce la libertad nacida de la verdad. La política debe ser ahora inteligencia, no pasión. Compromiso, no táctica.
Pero el principio básico pasa por no dividir el discurso en un principio maniqueo. Hay que resaltar que la democracia se opone al adoctrinamiento y que no hay dos posturas en igualdad de rango y legitimidad discursiva en todo este momento. Existe un conjunto de personas hechizadas por un anti-civismo que no creen en la democracia ni en la igualdad ante la ley, apenas creen en el conjunto de mentiras que justifiquen su particular construcción nacional-catalana.
Pero ¿cómo debe ser? No saben. Solamente son capaces de indicar que desean alcanzar la ilusoria realidad estatal. En el fondo, apenas conocen una forma injustificada de odio, fomentado por todo el universo mediático que siembra, con ambigüedades interesadas, la fragmentación y la deslegitimación de unos, pero entre medias, recordemos que Cataluña es España y que los murcianos son también catalanes y que hay españoles nacidos en Cataluña como los hay en Murcia o Santander.
Pero, en fin, de las fuentes suele brotar bálsamos identitarios y todos somos hijos de las experiencias que vivimos, las músicas que escuchamos y las mentiras que queremos aceptar. La educación y nuestra particular actitud ante la razón es lo único válido, por lo tanto, no confundamos doctrina con verdad, que eso tiene otro nombre.
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