El texto clásico de Hayek, Camino de servidumbre, se publicó en 1944 y estaba dedicado a “los socialistas de todos los partidos”. Las palabras nunca son inocentes y por ello, ahora, en nuestra actual coyuntura pandémica se me hace útil la inspiración de Hayek para adaptar su brillante dedicatoria a lo que nos está ocurriendo en este momento y por ello hablaremos hoy de “los liberticidas de todos los partidos”.
Conceptos de otras épocas y categorías que remiten, al lector avisado, a contextos históricos traumáticos o pre-traumáticos son los términos “estado de excepción”, “dictadura constitucional”, “hegemonía cultural” y “fin de la historia”. Se trata de conceptualizaciones que alcanzaron una singular fortuna durante las primeras y últimas décadas del siglo pasado –ese que sería el primero del hombre nuevo– y que corría en paralelo a la destrucción de las democracias occidentales bajo los cantos de sirena de fascismos, comunismos y otra suerte de “ismos” siempre escatológicos.
Hoy, en medio de cinco meses “traumáticos” y cercados por la sensación de fragilidad estructural que ha provocado el virus, la profecía del “fin de un modelo” ha dado luz a los liberticidas de todos los partidos e ideologías. Todos apelan a la fuerza de la ley subrayando el principio de anomia que, tanto el capitalismo como neo-liberalismo habrían impuesto en nuestra sociedad. Pero, un análisis sutil de todo ello nos convoca a reflexionar sobre algo más profundo que parece estar debajo de todo ello.
En el último debate que dio lugar a la cuarta ampliación del Estado de Alarma se mantuvieron actitudes ideológicas diferentes y posicionamientos que iban desde el pragmatismo interesado de la “nuda ideología” del PNV, pasando por el tactismo snorkel del Ciudadanos, la rotunda negativa de Vox y su estado de quaestio infinita hasta llegar a la “cuasi negativa” del Partido Popular que se sustanció en una abstención. En todos ellos trasluce algo, la natural seducción del poder al control de la población que evite supuestos vacíos jurídicos en medio de esta pandemia.
Ninguna fuerza política desea que la gente ejerza sus derechos a su propia vida. En tiempo de Biopolítica, el único que no puede hacer uso de su existencia y de las libertades asociadas es el ser humano. Mascarillas, guantes, confinamiento, distancia social, disciplinamiento social, paseos pautados y amenazas de detención y suspensión de derechos son los argumentos que imperan en nuestro tiempo. Una evidente disolución de los principios que conforman los derechos fundamentales de los individuos ante el temor del poder a que el ejercicio de la libertad termine en diversas formas de violencia una vez que el individuo se sienta liberado de toda disciplina social y asuma sus formas de soberanía.
¿Qué sociedad viene?, difícil. Agamben y otros muchos han intentado dar respuesta a estos fenómenos. En nuestro tiempo, en nuestro contexto geográfico más inmediato, debemos asumir que la política del gobierno español y sus socios han iniciado una senda normativa y claramente anómica, que pretende poner la “salud” en el centro de la acción legislativa. Salud física, salud económica son ahora maximalismos que ningún partido político niegan; para establecer un tratamiento reconstituyente de ambas dimensiones se asume que la máquina de la biopolítica, debe restringir el uso de determinadas formas de libertad y el ejercicio de, hasta ahora, indiscutibles derechos, pasa a ser impunemente cancelado mientras que nadie manifiesta la más mínima queja o duda ante este hecho.
La violencia social ejercida por la hegemonía cultural que da a la salud la primacía sobre la libertad conllevará, sin duda alguna, la creación de una maquinaria burocrática-administrativa que englobe todos los mantras que vienen construyendo el mundo en los últimos treinta años
En medio de todo esto, los “liberticidas de todos los partidos” verán aparecer y participarán, como colaboradores necesarios, en todas las acciones sociales encaminadas a aislar a todas las personas que esgriman conceptos como “privado, “libertad”, “individuo”, porque la democracia se está fusionando con diferentes formas de “excepcionalidad” que vienen provocadas tanto por el miedo a la enfermedad, las fantasías nacionalistas de algunos o las patrias identitarias de clase.
Concluyamos, pues, en que el totalitarismo es el único virus para el que, desgraciadamente, no hay vacuna ni intención de encontrar remedio por parte de las sociedades y que el Leviathan no es un grabado y que el Joker es algo más que un personaje con la cara pintada.
Heraldo Baldi
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