Antes del comienzo de la pandemia, pocos creíamos en Isabel Díaz Ayuso. Aquellos que conocemos a los personajes políticos, antes de que los tiempos los encumbren, sabíamos que estábamos ante una mujer sin complejos y segura de sí misma, así lo había demostrado ampliamente en sus intervenciones televisivas. La sorpresa fue descubrir que, además, poseía otra cualidad, que debería ser obligatoria en todo político-gestor: la anticipación, lo que le llevó a gestionar excelentemente la peor crisis sanitaria y económica del siglo (siempre partiendo de una realidad poco asumida por todos: una pandemia nunca puede salir bien, aunque nos obliguen a pintar arcoíris), pero también le sirvió para capear, con todo el arte, la moción de censura que se le avecinaba.
Desde el primer momento Ayuso ha contado con el mejor aval de su gestión: las constantes críticas. Estas críticas vertidas desde los altavoces mediáticos de la izquierda, a las que se sumaron parte de los suyos comprando el argumento falaz y carente de pruebas, que todavía sigue vigente, de que Madrid es la zona cero del virus y, por tanto, la presidenta es la culpable, convirtiendo Madrid en la diana y Ayuso el enemigo a batir. Nunca los argumentos fueron sanitarios, a pesar de que así nos lo quisieron hacer creer. Todo eran odios políticos, simplemente porque Madrid es feudo del PP y desde la izquierda no se puede permitir. Y ese es el único argumento, sustentado desde el odio y fundamentado en cifras sumamente cuestionables.
Si la mala gestión de Ayuso ha consistido en adelantarse a tomar decisiones, en cerrar colegios y la ciudad antes de que el Gobierno reaccionara; en una búsqueda incesante de mascarillas cuando era imposible abastecerse; en regalar Fpp2 a todos los madrileños cuando nadie tenía; en pedir ayuda al ejército para construir un hospital de campaña en Ifema para descongestionar hospitales y mejorar la atención; en planificar la construcción de un hospital sólo para pandemias en tiempos de pandemias; en pedir una y otra vez el control de los aeropuertos para controlar la expansión innecesaria del virus; en negarse a cerrar bares y tiendas para que todos aquellos que viven de sus negocios puedan subsistir; en mantener la economía, vigilando la expansión de la pandemia, para evitar la ruina; en mantener un pulso al Gobierno cuando consideraba que su actuación iba en contra de los madrileños. Si esto es una mala gestión, ¿cómo se puede calificar la inacción, pasividad e irresponsabilidad de Pedro Sánchez?
Su anticipación siempre ha sido clave, una cualidad que el Gobierno ha demostrado no tener. Ayuso lo volvió a demostrar al adelantarse a convocar elecciones antes de que intentaran tumbarla con una moción de censura. Se volvió a ganar las críticas de propios y extraños. Y quizá el problema radica en que no estamos acostumbrados, en estos últimos tiempos, a que los políticos del PP se muestren sin complejos, naturales y espontáneos, con capacidad de dar un golpe en la mesa para defender su posición, sus valores e ideales frente a las izquierdas sectarias, tomando decisiones sin importarles las críticas, mostrando su fortaleza ante quien haga falta. ¡Será la falta de costumbre!
El 4 M los madrileños tienen una cita. El resto estaremos pendientes de ella. Ese día debiera ganar la libertad en estos momentos que carecemos de ella, pero también debiera ser el refrendo de la gestión en unos tiempos sumamente complejos, del valor del trabajo y de la responsabilidad. Si Madrid es motor económico ha sido gracias a la firmeza de su presidenta. Si Madrid no se ha convertido en sombras, como el resto de comunidades, ha sido gracias a la decisión de priorizar la economía (porque seamos coherentes y no nos dejemos llevar por el cinismo, un país en ruina y en bancarrota se muere también de hambre, no sólo de virus). Si Madrid no tiene datos catastróficos es, sin duda, porque se están haciendo bien las cosas. Si Madrid sigue siendo un feudo de libertad ha sido gracias a la firme convicción de Ayuso por mantenerla, a su valentía y a su falta de complejos a la hora de tomar decisiones siempre pensando en el bien común, que pasa por el mantenimiento de la economía, pero sobre todo a su férrea voluntad y fortaleza que se acrecienta ante las adversidades, los insultos y las descalificaciones. Lo que algunos no soportan es, quizá, que Ayuso y su gestión representen el espejo de sus negligencias.
El 4 de mayo debiera ganar la libertad, esa libertad que los madrileños siempre han sabido defender y que deben seguir defendiendo en unos tiempos duros en que su ausencia se está convirtiendo en cotidiana.
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