El 26 de marzo se acabará con una grave anomalía provocada por muchas cobardías: la selección española vuelve a su casa, a la segunda ciudad de España, a Barcelona. Dieciocho años de ausencia para no ‘molestar’ a los que están perpetuamente ‘molestados’ — el separatismo ultramontano que gobierna Cataluña — a costa de los millones de catalanes que nos sentimos españoles y consideramos a la selección como algo nuestro.
Hay que elogiar la labor de entidades como Barcelona con la selección, que lleva años luchando para conseguir este partido, y que incluso han sufrido salvajes agresiones por parte de separatistas — un recuerdo para Ruth y Rosa, las afectadas por la violencia independentista –. El 26 de marzo es su triunfo y la culminación de sus esfuerzos.
Dado que hemos criticado en el pasado a la Federación Española, al Gobierno y los clubes catalanes por no mover un dedo para que la selección española vuelva a su casa, a Cataluña, justo es ahora darles las gracias. Con mucho retraso, pero gracias. Sobre todo al RCD Espanyol que será el anfitrión de un partido que significa el reencuentro del combinado nacional con la afición catalana.
El 26 de marzo hemos de llenar el RCDE Stadium de banderas nacionales y de pancartas de apoyo a la selección. Nos ha costado dieciocho años que el equipo nacional vuelva a Cataluña, ahora hemos de demostrar que la afición catalana está a la altura. Nada alegraría más a Aragonès, Puigdemont y sus bandas de fanáticos que ver unas gradas medio vacías, lo que venderían como una prueba de una teórica «desconexión» entre Cataluña y el resto de España. Por eso, el 26-M hemos de gritar en directo «visca la selecció nacional d’Espanya» o «viva la selección nacional de España», porque nuestra nación en España.
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