Julio Pardo, ex presidente del Espanyol fallecido en 2018, habría cumplido hoy 75 años. Durante su mandato el Espanyol subió a Primera tras la debacle post-Leverkusen – la final de la Copa de la UEFA del 1988 que se perdió tras ganar 3 a 0 en la ida – y pilotó la conversión del club en Sociedad Anónima, garantizando que la mayoría del capital social estuviera en manos del socio de a pie. En 2011 publiqué el libro ‘Conversaciones con Julio Pardo’ (aquí lo pueden encontrar), consistente en una larga entrevista con él. Les ofrezco algunas de sus respuestas relacionadas con la rivalidad con los culés:
¿Cuáles son los momentos de nuestra historia que más te han emocionado?
Desde el punto de vista negativo, la demolición de Sarriá, Leverkusen y el descenso de Mallorca. Esta afición no nos tiene en gran aprecio, y fue un calvario hasta llegar a Barcelona tras perder la promoción. En positivo, Las dos Copas del Rey, el ascenso en Málaga y momentos puntuales, como los cinco goles al Barça en Sarriá, de la etapa de Marañón. Yo he tenido la suerte de ver en directo los tres últimos triunfos en el Camp Nou, el del gol de Glaría, el 1 a 3 al equipo de Udo Lattek y el ‘Delapeñazo’. Sin olvidar, aunque fue un empate, el ‘Tamudazo’, uno de esos encuentros históricos que todo buen perico recordará siempre. Fue el momento de mi vida en que más tuve que poner de mi parte para evitar hacer un corte de mangas, porque los barcelonistas que poblaban la tribuna me reconocieron y estuvieron ochenta y ocho minutos acordándose de mi madre y metiéndome en la ‘cazuela’.
¿Qué tipo de espanyolista eres?
Me defino como populista, porque para mí tan importante es el espanyolista de a pie, que el del pedigrí. Cuando me preguntaban qué méritos tenía para ser presidente del club, contestaba que tener un carnet desde siempre; primero me lo pagó mi padre, hasta que pude hacerlo yo. No me llamo Oliveras de la Riva, ni tengo un tío que fue presidente, ni un abuelo que estuviera en una gestora. A mí me llamaban «l’enfant terrible» del cinco estrellas, porque con los cuatro duros que tenía me compré una localidad allí. Antes estuve en tribuna, y al principio de pie, como todo hijo de vecino. Era la persona que más han reñido en la zona noble, por mis improperios y por subirme a la silla a lanzar lindezas al árbitro o al contrario.
Cuéntame lo del palco del Barça…
Fue mucho antes de ser presidente. Tenía una gran amistad, por motivos de estudios, con los hijos del alcalde Viola, al que asesinaron años más tarde unos terroristas. En su momento era tesorero del Barça y tenía un montón de carnets, más las entradas que daban al ayuntamiento. Para un derbi no le quedaba ninguna localidad, y con mis ojitos de pena le pedí el poder ir. Le dio lástima y me dijo: «Vendrás conmigo al palco, pero estarás callado». Y acepté. A los diez minutos de partido Gallego le pegó una patada en la boca a Amiano de aquellas típicas de aquel jugador culé, que a otro futbolista le habría matado, pero Amiano continuó jugando. Y entonces yo, como un resorte me levanté y dije «cabroooooooooón», y fui el único que lo hizo en todo el palco del Barcelona. Para rematar la faena, escuché veinte filas por encima una voz gritando «el meu fill». Era Mercedes, mi madre. Naturalmente, no me invitaron más.
¿Cómo fue que te fuiste a Sevilla a ver la final de la Copa de Europa? [1986. Barça vs Steaua de Bucarest]
Cuando vives en Barcelona, tienes muchos amigos del otro equipo de la ciudad y me invitaron a ver la final contra el Steaua de Bucarest. No me pude negar, y acepté para disfrutar de un viaje con gente a la que aprecio. ¡Quién me iba a decir que iba a gozar de uno de los momentos más gloriosos de mi vida como aficionado al fútbol!
Seguro que vendrías muy triste…
Al finalizar el partido todos tenían cara de funeral, menos un señor con un rictus más o menos risible en la boca que era yo. Habían reservado una mesa para quince en un prestigioso restaurante, al lado del Hotel Los Lebreros, para darse la gran fiesta. No he comido tanto jamón en mi vida, porque bajé yo solo a cenar, y un rato después algunas de las esposas, que desafiaron la pena de sus maridos para no irse a la cama con el estómago vacío. Había langosta, marisco, un auténtico festín, acabar aquello era imposible. Tras el banquete subí a mi habitación y me dediqué a llamar a amigos pericos y no parábamos de reírnos.
Veo que el post-partido tuvo miga.
Y hubo más. El regreso en avión fue impagable, y para rematar la faena, en el siguiente partido que jugamos en Sarriá en el Gol Sur se desplegó una pancarta gigante con el lema «Duckadam, t’estimo», haciendo referencia al famoso «Urruti, t’estimo» de Joaquim Maria Puyal tras ganar los culés la Liga en Valladolid. Fue fabuloso, me lloraban los ojos de tanto reír. En su vida han tenido un partido más fácil, porque era como jugar contra el Gratallops FC. Los rumanos no se lo creían. ¡Ah, ese Duckadam! Se hartó de parar penaltis, mientras toda la afición culé se quedaba muda. Hizo el partido de su vida, para gozo de muchísimos espanyolistas.
¿Alguna otra final culé?
Una que me ahorré fue Basilea [Recopa 1979, contra el Anderlecht), acompañando a mi santa madre, que es muy barcelonista. Pero aquello olía mal, y como tenía trabajo, me quedé en Barcelona y el hijo de Xicoy, el que fue presidente del Parlament, la acompañó.
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