El panorama político en Cataluña ha sufrido un auténtico vuelco demoscópico que amenaza con reconfigurar todos los equilibrios institucionales. Los datos de la primera ola del Barómetro de Opinión Política de 2026, elaborado por el Centro de Estudios de Opinión (CEO), reflejan un crecimiento sin precedentes de Aliança Catalana. La formación liderada por la alcaldesa de Ripoll, Sílvia Orriols, irrumpiría con una fuerza devastadora en el Parlament, obteniendo entre 23 y 25 escaños. Este ascenso meteórico se cobra su principal víctima en Junts per Catalunya, que caería hasta la cuarta posición con apenas 16 o 18 diputados, perdiendo casi la mitad de su actual representación en la cámara.
Este fenómeno, lejos de ser una simple anomalía espontánea, tiene responsables políticos con nombres y apellidos bien definidos. El PSC de Salvador Illa y ERC durante la presidencia de la Generalitat de Pere Aragonès han ejercido de involuntarios patrocinadores de este ascenso mediante una estrategia tan cínica como errónea. Durante años, las cúpulas del socialismo catalán y del republicanismo independentista se dedicaron a engordar mediática y políticamente el perfil de Orriols. El objetivo estratégico de esta maniobra era evidente para cualquier analista: fragmentar el voto nacionalista de corte conservador y restarle el oxígeno electoral necesario a las siglas de Carles Puigdemont para asegurar la hegemonía de las fuerzas de izquierda.
Sin embargo, el supuesto «cordón sanitario» aplicado a la separatista Aliança Catalana terminó mutando en un formidable altavoz propagandístico que los estrategas del Govern no supieron calibrar. Al situar de forma permanente a la formación radical en el centro de los debates, la izquierda parlamentaria le otorgó una legitimidad y una centralidad que de otro modo jamás habría conseguido por sus propios medios. El votante desencantado con la parálisis institucional y con las promesas incumplidas del separatismo tradicional encontró en Orriols una vía de escape idónea, impulsada paradójicamente por el propio relato victimista que los medios públicos controlados por el tripartito se encargaron de difundir.
Más allá del puro cálculo de fontanería electoral, el verdadero motor que explica el éxito demoscópico de Aliança Catalana radica en la gestión ideológica de los servicios públicos por parte del bloque de izquierdas. El apoyo incondicional y dogmático a los flujos de inmigración ilegal promovido tanto desde el Gobierno central de Madrid como desde la Generalitat ha terminado por desestabilizar el tejido comunitario de numerosos municipios catalanes. Al abrazar un multiculturalismo sin condiciones ni exigencias de integración real, los partidos gubernamentales han desatendido las peticiones de orden y cohesión social procedentes de las clases medias y trabajadoras locales.
En definitiva, la irrupción de la separatista e hispanófoba Aliança Catalana como tercera fuerza del arco parlamentario es el resultado directo de un rotundo fracaso político y de gestión de la izquierda. Salvador Illa y los herederos de Pere Aragonès jugaron con fuego al utilizar la seguridad y la demografía como herramientas de ingeniería partidista para cortarle las alas a sus rivales de centroderecha. El tiro les ha salido por la culata: la mayoría parlamentaria que sostenía el actual modelo de gestión separatista-izquierdista cotiza a la baja, mientras que el desorden social que negaban desde sus despachos oficiales ha terminado por dar vida a un competidor político que ha crecido gracias a ellos.
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