Una mujer es agredida en Viladecans por quitar un cartel secesionista

Una mujer fue golpeada en los alrededores de la Plaça de la Vila de Viladecans por arrancar un cartel secesionista de una farola. El viernes por la tarde se produjo en esta vía pública, en la que está el Ayuntamiento de esta localidad barcelonesa, una concentración de apoyo a los dirigentes separatistas en prisión provisional, y uno de los asistentes fue el agresor, ante la pasividad de otros activistas independentistas que no impidieron el hecho. Esta concentración formaba parte de la campaña “Ilumina la libertad” que se desarrolló en multitud de municipios catalanes.

La agredida pasó por una vía colindante a dicha plaza cuando vio un cartel con propaganda secesionista en una farola singular. Reconoce que “si hubiera estado en otro lugar posiblemente no lo hubiera arrancado, es algo que no he hecho nunca, pero al verlo ensuciando esa farola tan bonita, y con una esquina levantada sentí un impulso. Pero mi intención era quitarlo y seguir mi camino, no pensé en nada más ni quería enfrentarme con nadie”.

Al arrancar el cartel, hizo una pelota para tirarla en la papelera más cercana. Pero el hecho fue observado por activistas secesionistas que estaban en los alrededores de la concentración, que se acercaron para reprocharle esta acción: “Yo solo quería seguir mi camino, pero me encontré con un señor mayor delante de mí que empezó a darme pequeños empujones, y se acercaron más personas que me preguntaban por qué lo había hecho. Contesté que por qué ensuciaba la vía pública”.

Asegura que “ese fue mi error. En vez de seguir mi camino, al contestarles caí en su cadena de reproches. Uno de ellos tapó otro cartel que estaba en una esquina al lado de la farola, mientras se me acercaban y me increpaban y caí en su trampa. Intenté quitar ese segundo cartel, no sé por qué lo hice, y solo pude quitar la mitad. Pero es que sentía que, si ellos tienen derecho a la libertad de expresión, manifestándose continuamente y ensuciando las calles, las farolas y las paredes con sus carteles, yo también tenía derecho a la libertad de expresión y, por lo tanto, de quitar un cartel puesto de manera incorrecta en una farola”.

Al intentar arrancar este segundo cartel tres personas más se pusieron delante suyo, mientras le seguía empujando dicho señor mayor, al que le pidió en varias ocasiones que no la tocara, haciendo caso omiso. El más corpulento de los cuatro, que llevaba algo parecido a un gorro o una boina y un abrigo beige de tres cuartos se acercó mucho, “y le olí el aliento, porque soy muy sensible a estas cosas lo que motivó que le dijera ‘no se me acerque más, que se nota que ha bebido’ pues estaba invadiendo mi espacio”.

Los que rodeaban a esta mujer le gritaron que “estaba provocando” mientras otra persona se dedicó a tapar otro cartel presente en la fachada, lo que la llevó “a intentar arrancarlo también. Ya digo que no estoy orgullosa por caer en su trampa. Al intentar hacerlo levanté los brazos en un acto reflejo ante un nuevo empujón que me lleva a decirles ‘qué valientes, cuatro contra uno’. Entonces recibí un empujón muy fuerte, lo que me llevó a levantar de nuevo el brazo en otro acto reflejo y de repente recibí un golpe tremendo del más corpulento, no sé si un tortazo o un puñetazo y poco más recuerdo salvo como una mano enorme se acercaba hacía mí instantes antes del impacto”.

Asegura que “acabé boca arriba, con un golpe en la nuca, un chichón en la frente y sin sentir la parte derecha de la cara, cómo si me hubieran anestesiado. Por suerte, llevaba una mochila en la espalda y llevaba un gorro y dos bufandas altas, porque soy muy friolera, y me protegieron un poco. Eso impidió que cayera a plomo y me hiciera más daño en la cabeza. No sé cómo caí, ni lo que pasó durante unos instantes, pero era raro que me dolieran partes del cuerpo como las rodillas, considerando que caí boca arriba”.

La agredida reconoce que “lo peor vino después. Desorientada, tras unos instantes con los ojos cerrados intentando recuperar la conciencia, solo escuchaba voces de mujer que me decían ‘¿cómo estás? Venga, levántate, que no te has hecho nada’. Se notaba que no querían ayudarme, que querían quitarle hierro a la agresión, porque el matón era uno de los ‘suyos’. Pero en ningún momento mostraron compasión o preocupación. Al contrario, una de ellas era médico, porque lo oí en una conversación con otra persona, y ni me miró las heridas ni mostró demasiado interés en cómo estaba. Se excusaba con un ‘no quiere ayuda’. Ni humanidad, ni nada”.

Ante esta situación de falta de apoyo, se levantó como pudo porque “no me ayudaban, preguntaban pero nada más, solo quería irme de allí, se notaba que no les importaba nada lo que me había pasado. De hecho seguro que pensaba que me lo merecía por ‘provocadora’, por haberles quitado el cartel. Recogí mi móvil, que estaba con la batería fuera, lo monté como pude e intenté llamar a una ambulancia. Pero mi cabeza no reconocía bien los números y en vez del 112 o el 091 tecleaba otros números, como el 191”.

Pidió ayuda a dos mujeres y un hombre e intentó darles su móvil para que llamaran a la policía, y les dijo que la habían agredido, pero se negaron y no cogieron el teléfono. El hombre le dijo “¿y tú qué has hecho?” y ante su respuesta de “quitar un cartel”, siguió sin querer ayudarla y le preguntó, con tono de reproche “¿y por qué?”.

La agredida siguió avanzando porque recordaba que el Hospital de Viladecans estaba cerca, e intentó llegar dado que pensaba que nadie había avisado a una ambulancia. Pero acabó volviendo a la Plaça de la Vila, el lugar de la concentración secesionista, y allí había un coche de la policía local y se dirigió a él. Una agente bajó la ventanilla, con cara de sorpresa: “Le dije que me habían agredido y rompí a llorar. Su compañero bajó del vehículo y recibí el primer trato humano desde que me agredieron. Se interesó, me consoló y me acompañó para ver si encontrábamos al agresor. No le vimos pero me dijo que no me preocupara. Me señaló una cámara y me dijo que estaba grabado. Llegó la ambulancia, que no sé quién la llamó y pedí que llamaran a mi marido. Pero quiero dar las gracias a ese agente, me sentí reconfortada tras tanto abandono”.

El trato en la ambulancia fue, “correcto, pero sin alardes, apenas me exploraron”. Lo mismo que le paso en el hospital: “Ni una radiografía ni ninguna prueba, y eso que tenía un chichón, media cara entumecida y me zumbaban los oídos. Igual los doctores saben mucho y con una simple exploración tienen bastante. Pero a mí me sorprendió”.

Esta mujer ha presentado una denuncia a los Mossos d’Esquadra, para intentar descubrir al agresor. No ha podido dormir y tiene secuelas físicas y dolores en buena parte de su cuerpo. Cree que “mi ángel de la guarda tuvo ayer trabajo con creces, y he vuelto a nacer. Una mala caída y me hubiera quedado allí”.

“No estoy orgullosa de haber arrancado los carteles. Pero lo mío fue algo impulsivo. Ellos parecían que sabían cómo tenían que actuar en una situación así. Primero viene uno y te va empujando, luego otros te van tapando carteles mientras te increpan, y tú caes en la trampa ante sus ofensas, después se ponen cuatro delante de ti acosándote, y uno de ellos, el matón, busca lo que ellos consideran una excusa para agredirte. Y al final, las mujeres te rodean para que nadie en la calle vea lo que te está pasando y con una falsa preocupación preguntándote ‘¿cómo estás?’ lo que intentan es convencerte que no tienes nada, que en el fondo te lo has buscado y te vayas a tu casa sin abrir la boca”.

“Ellos pueden llenar todas las calles de sus lazos amarillos, de sus carteles, manifestarse, lo que les dé la gana. Son impunes, nadie les multa por mucho que ensucien. La libertad de expresión o lo es para todo, o no es libertad de expresión”.

El viernes fue en Viladecans. Mañana puede ser en su población. Y solo por quitar un cartel. Urge que estos actos violentos no queden impunes.

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