Turull

Probablemente dentro de cien años en los libros de historia el “procés” se explique, entre otras cosas, como una monumental estafa urdida por unos pocos, creída por unos cuantos, seguida inconscientemente por muchos más y padecida por todos.

A medida que pasan los días, el cacareado “procés”, en el que estaba previsto hasta el más mínimo detalle para la consecución indolora de la independencia, se está quedando en una chapuza de improvisación, amateurismo, “frikismo” político y eso sí, una magnifica política de comunicación. De hecho, el aparato de propaganda del “procés” ha funcionado tan bien, que hasta puede que haya sido uno de los motivos de su fracaso. Tan buenos son creando una realidad virtual, que hasta ellos se la han llegado a creer.

El problema de sus mundos de fantasía, de su posverdad y de su interpretación maliciosamente interesada de la realidad, es que esta se acaba imponiendo con toda su crudeza. Tal y cómo están padeciendo en sus carnes los dirigentes políticos que están encarcelados o en libertad con cargos.

Uno de los ejemplos más reveladores de lo que está sucediendo en Cataluña nos lo brindó hace unos días el ex conseller Turull en una comisaria de la policía nacional en Barcelona. Después de salir de la cárcel, con retirada de pasaporte incluida, Jordi Turull se personó en dichas oficinas jugándose su libertad para conseguir ¡Un pasaporte español!

La simbología del momento resulta de lo más poderosa. El autor de la frase “no hemos llegado aquí ni por hiperventilación y por tiquismiquis” en un alarde de arrogancia en pleno proceso de ruptura, habiendo pasado por el flatulente rancho carcelario, decidió ponerse en un brete nada más salir en libertad para intentar conseguir un documento que le acredita como ciudadano del Reino de España. Y no solo en nuestro país, sino en el resto del orbe. Ahí es nada…

Como decía, la cruda realidad (al menos para él) es que ser ciudadano español por el mundo no está nada mal. De hecho, el papel en cuestión que lo acredita es el tercero más poderoso del globo según el prestigioso listado “Passport Index” de Arton Capital. Sea por eso, sea por necesidad, el señor Turull se ha visto en la necesidad de obtener un documento que acredite de forma fehaciente su condición de español. Hecho curioso en uno de los líderes que más ha hecho por dejar de serlo hasta apenas hace unas semanas.

Cada día que pasa tengo más claro que el único y poderoso sustento del “procés” es su capacidad para modificar la percepción de la realidad y difundirla con éxito entre un grupo numeroso de acólitos que están dispuestos a creerse todo lo que emane de la máquina de propaganda separatista.

El clásico discurso victimista apuntalado con el supremacismo y el agravio ha calado y mucho en parte de la sociedad catalana. Salir de él, cuando los mecanismos de propagación están intactos, es harto difícil y el único modo de convencerlos es mediante un discurso alternativo lo más objetivo y atractivo posible y una alta dosis de paciencia.

La situación de partida no es fácil. Por ejemplo, Carles Puigdemont se hace pasar por ser un presidente en el exilio, que no acepta la legalidad española cuando a la vez se presenta a las elecciones convocadas a raíz de la aplicación del artículo 155. Y lo más sorprendente es que esta absoluta incongruencia es aceptada sin rechistar por sus adeptos. Ante semejante panorama queda claro que volver a la realidad y al espíritu crítico no va a ser fácil, pero tampoco es imposible.

No se trata de vencer, sino de convencer. Convencerles en el debate, con datos, con lógica, con un proyecto alternativo viable y, sobre todo, con medios para difundirlo. Solo así, con tiempo y paciencia, el separatismo en volverá a ser testimonial en Cataluña.

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