Trashumancia

Hay situaciones que parece que te revelan un estado de déjà vu reiterado.

Un claro ejemplo es cuando pones la tele y ves un telediario. Me refiero al soporífero momento que supone ver una edición de la noche, tras haber pasado por la del mediodía. Queda demostrado que en un intervalo de tiempo corto, especialmente en los fines de semana, parece que no pasan cosas nuevas, tragándote noticias repetidas y sin matiz alguno entre las dos ediciones del noticiario.

Pero no van por ahí los tiros de mi columna. Al referirme a esa sensación de volver a vivir lo que en ese momento es una realidad voy más allá de ese enfoque cortoplacista.

Recuerdo ya de pequeño esa noticia que te hacía levantar la cabeza y mirar el televisor, por lo llamativo que era ver como se celebraba anualmente la histórica presencia de ganado en las calles de la capital de nuestra gran nación, celebrando la trashumancia y la existencia de una cañada real con paso a lo largo de Madrid.

Era inevitable mirar la tele para ver las ovejitas como circulaban por el asfalto, con los pastores y los perros que tradicionalmente cuidan del rebaño haciendo su trabajo con orgullo. Ajenos a toda la porquería que iban dejando sus huestes.

Este pasado fin de semana, con la tele encendida, el citado déjà vu fue manifiesto y evidente.

Las hordas que pretendían llenar (no lo lograron ni de lejos) el centro de Madrid, hicieron acto de presencia. Los excrementos cambiaron de formato, dejando a su paso el amarillo como recuerdo. Y, en lo olfativo, el olor característico a granja se tornó en aroma de cochera, con profundo olor a combustible de tractor. Destacando, como principal novedad y característica diferencial de este año, ver que los encargados de salvaguardar el cuidado del rebaño en muchos casos han evolucionado y hasta hablan.

Tras dicha peripecia puede haber gente recuperable que esté valorando lo afortunado que es vivir en un país en las antípodas de lo que algunos creen y publicitan. Ni estado opresor, ni violento, ni carente de democracia, ni nada por el estilo. Cualquiera puede manifestarse, aunque sea imitando la trashumancia vertical peninsular tradicional con una nueva versión motorizada y en formato horizontal.

De forma gratificante vemos que cada vez son menos y se va perdiendo el sentido de su balidos. Con el pesar que nos queda a la mayoría por esa vergüenza ajena, a tenor de las reivindicaciones y ofensas a la legalidad que sustenta nuestro ganado de proximidad.

Señores jueces, no se lo tengan en cuenta ni les hagan caso. Lo del fin de semana ha sido otro episodio del circo mediático de la paranoia separatista y se les ha demostrado que, aunque les falte razón y lógica, cualquiera puede ir a pasar el día libremente y ser respetado en la capital de nuestra nación. Seria, respetuosa, democrática y de todos.

Su obligación es sentenciar con la legalidad por delante, sin condicionantes ni shows que les coarten. Saben que son culpables y se merecen décadas de cárcel. Ya seremos los ciudadanos sensatos los que digamos la última si nuestros gobernantes quieren hacernos vegetarianos e indultar el ganado de granja de primera calidad.

Javier Megino


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