Tiempos oscuros

Teresa Freixes, presidenta de Concordia Cívica. Foto: MIGUEL LORENZO

¿Cuándo se jodió el Perú Zavalita? La pregunta que se hace Vargas Llosa al inicio de Conversaciones en Catedral me repica machaconamente estos días en el cerebro, cuando intento dar alguna respuesta a qué nos ha podido pasar aquí, en este nuestro país, para llegar hasta dónde hemos llegado.

¿Cuándo se ha podido iniciar, y consolidar, esa inmensa confusión en torno al concepto de democracia? ¿Cómo ha podido cambiar la ética pública para que sea posible afirmar sin ningún pudor que la salida de la cárcel de destacados miembros del entorno de ETA hay que celebrarla como un triunfo de la democracia porque se trata de personas encarceladas por sus ideas políticas? ¿Desde qué momento se legitima a los partidos políticos cuya fórmula básica para alcanzar el poder consiste en ir devaluando sus postulados por ver en qué punto se los compran? ¿Dónde podemos situar el origen del sustento intelectual de la afirmación requetemartilleada consistente en afirmar que lo que legitima cualquier acuerdo para lograr un gobierno de cambio consiste básicamente en echar al gobierno anterior? ¿Desde qué teoría política [no líquida] se puede afirmar sin zozobra que el mandato democrático justifica el desprecio a la ley? ¿Cómo ha sido posible lograr que millones de personas consideren que tengamos que tolerar, como si ello fuera lo normal en democracia, incitaciones al odio, populistas tergiversaciones retorcidas o varas de medir a conveniencia de según quién? ¿En qué forma se ha conseguido que [parte de] la población de Cataluña crea que se puede “desconectar” de España? ¿Cómo puede considerarse lícito gastar en dinero público en hacer informes y más informes, crear “oficinas para la desconexión” e intentar justificar que desobedecer las leyes del Estado es lo más normal en democracia porque se está construyendo, al margen de toda legalidad, otro “estado”?

Durante estos últimos años hemos perdido colectivamente todo referente lúcido y ético. La corrupción no ha sido sólo económica. Visto y oído lo que aparece en los medios, han conseguido también corromper los conceptos. Todo vale para algunos. Todo se justifica si se consigue lo que uno quiere. Cualquiera es capaz de decir la sandez mayor del mundo subido a un estrado, detrás de un micrófono o delante de una cámara. El insulto trasciende al diálogo. No hay educación, en el sentido profundo de la palabra, en lo que algunos consideran, y formalmente lo es, la generación más titulada de la Historia.

En una entrevista en “El País”, Baumann, certeramente, afirmaba: “Pienso que seguimos en los principios de Versalles, cuando se estableció el derecho de cada nación a la autodeterminación. Pero eso hoy es una ficción porque no existen territorios homogéneos. Hoy toda sociedad es una colección de diásporas. La gente se une a una sociedad a la que es leal, y paga impuestos, pero al mismo tiempo no quieren rendir su identidad. La conexión entre lo local y la identidad se ha roto. La situación en Cataluña, como en Escocia o Lombardía, es una contradicción entre la identidad tribal y la ciudadanía de un país.”

No se ha reflexionado sobre lo que significa ser ciudadano hoy en día. Bobbio los quería, a los ciudadanos, libres, informados y conscientes. Habermas centraba la ciudadanía en la pertenencia a una sociedad en la que se disfrutaba de derechos y respecto de la cual se tenían obligaciones, pudiendo estar racionalmente orgullosos de tal ciudadanía. Pero ello no se enseña. Peor todavía, se tergiversa la Historia, tal como se constata en el análisis realizado por el sindicato de enseñanza “Acció per a la millora de l’Ensenyament Secundari-AMES” que, tras analizar los manuales que se utilizan en Cataluña constatan sesgos ideológicos, falsedades y manipulaciones en buena parte de sus contenidos. Se tergiversan los conceptos básicos de la filosofía, de la ética, del Derecho, para hacerlos coincidir con lo que a determinados jerarcas o grupos políticos les conviene.

Se pretende, también, hacer creer a las nuevas generaciones, a nuestros jóvenes, que la la Constitución se redactó bajo la bota de los militares franquistas y que, por ello, nuestra Carta Magna, está desprovista de legitimidad democrática. Sin ningún tipo de rigor histórico, sin la consulta a los participantes en la transición a la democracia, sin leerse las actas de la constituyente, quieren deslegitimar un texto constitucional que nos ha dado, por primera vez en la Historia, un período de estabilidad democrática envidiado desde muchos otros lugares. Y quieren destruirlo, en aras de no se sabe bien qué alternativas, desde los secesionismos a los populismos desnortados.

Tiempos oscuros…


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