Una de las pocas cosas buenas que ha provocado el proceso secesionista que ha destrozado a la sociedad catalana es que un buen número de ciudadanos ha dado un paso al frente. Y lo han hecho para tratar de evitar que un grupo de partidos irresponsables conviertan Cataluña en una tierra carente de libertades y en el que los derechos democráticos sean sustituidos por una especie de democracia orgánica basada en los rasgos identitarios de un pueblo catalán inventado a medida de dichos políticos para mantener intacto su chiringuito.
Teresa Freixes estaba en sus cosas. Y sus cosas eran defender y propagar el constitucionalismo democrático desde la Academia, desde el rigor científico, para garantizar que el máximo de países tuviera un sistema que garantizara las libertades de sus ciudadanos. Pero fuera de España, porque parecía que en nuestro país estos derechos estaban garantizados.
Hasta que un día, entre viaje y viaje por el extranjero, decidió que no era así. Que en su tierra, Cataluña, dichos políticos irresponsables estaban dispuestos a convertir en ciudadanos de segunda a aquellos que no apoyaran el secesionismo. Y se plantó por pura coherencia: tenía que ayudar a consolidar en su país lo que ella estaba intentando extender por medio planeta: el respeto al constitucionalismo democrático.
Y cuando Teresa Freixes se planta, se planta. Y no le importó que de repente, a una científica social como ella, con un prestigio incuestionable y acostumbrada a tratar con juristas de primer nivel, la empezaran a llamar traidora y a insultarla en redes sociales. Pero cuando se tiene una trayectoria profesional como la suya, lo que digan unos cuantos hiperventilados a sueldo de los partidos del tres per cent, quatre per cent y vint per cent no tiene ningún recorrido.
Teresa Freixes es mucho más que la prestigiosa catedrática de Derecho Constitucional que ustedes conocen. Es una mujer apasionada por la política, que la llevó al activismo antifranquista sin dobleces en una época en la que había presos políticos de verdad y no como los actuales impostores que llenaron Cataluña de amarillo, que son más que unos políticos que ─de momento sólo presuntamente─ se saltaron todas las leyes democráticas habidas y por haber.
Teresa Freixes también es una catalana de mundo preocupada por sus paisanos, para evitar que Cataluña se convierta en una de esas realidades mucho más sombrías como las que ella ha conocido en primera persona: la de sociedades destrozadas y divididas como el Ulster o Bosnia, representadas en ciudades como Belfast o Mostar.
Nos queda mucho trabajo por delante para reconstruir las heridas que el separatismo ha infligido en la sociedad catalana. Y Teresa Freixes estará allí para tirar del carro, tanto desde Citizens pro Europe, como desde SCC y desde las otras tribunas en las que participa. Le gusta decir, en una expresión que me encanta, “seguimos”. Seguimos trabajando por la buena convivencia, porque es una labor que merece mucho la pena: vivir juntos y en armonía en una gran democracia como es España.
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