“Steve Bannon ya estaba aquí…”

El 12 de septiembre de 2009 tuvo lugar una gran manifestación sobre Washington, un ataque a las políticas económicas del recién estrenado Presidente Obama; las reivindicaciones esgrimidas, con tonos bastantes violentos, iban desde un neoliberalismo economicista radical al racismo contenido, un esencialismo de la pureza de la nación y una visión anticuada de las relaciones internacionales y tecnológicas.

A ese fenómeno, largamente incubado en el mundo provinciano norteamericano, se le denominó ‘Tea Party’; líderes como Sarah Palin, Ron Paul o Ted Cruz empezaron a cobrar protagonismo por el aliento de un partido Republicano que necesitaba base social y se apoyó en ellos. Poco a poco éste partido institucional fue desgastándose por el radicalismo propositivo de aquellos, que buscarían un liderazgo mesiánico y brutal. Ahora nos encontramos con un especulador financiero como presidente de EE.UU, con un partido republicano desarticulado y supeditado al populismo con ecos del Tea Party.

De los demócratas y progresistas norteamericanos mejor no hablar, asesinaron a Sanders con la fuerza del desdén, con la letal endogamia del clan Clinton; aún queda por ver si las presencias, novedosas y nebulosas, de perfiles tipo Alexandria Ocasio-Cortez o Ana Mª Archila resultan ser sólidos liderazgos políticos o mero humo.

Ahora uno de los teóricos de “esos lodos” visita Europa. Steve Bannon, tras su ruptura aparente con el iracundo y voluble Trump, viene de peregrinación a nuestra Unión Europea, más que de peregrinación, de predicación. Llueve sobre mojado, ese radicalismo ya ha aflorado en Europa, y no son sólo los radicalismos xenófobos de Salvini u Orbán. Hace un tiempo ya comentamos las relaciones entre los “think tanks” del ultraconservadurismo occidental y el independentismo catalán: el American Enterprise Institute, la Lega Nord en 2013, las complicidades con el líder del Partido Popular Belga, Mischaël Modrikamen…

Será un deleite observar las reuniones de éstos con los chicos de VOX, también con el clan del Sr. Puigdemont. No nos equivoquemos, son muchas las cosas que unen a los secesionistas con el Instituto Dignitatis Humanae y con The Movement, heraldos de la derecha ultraconservadora norteamericana. Tampoco es extraño que los sectores más reaccionarios del Vaticano hayan cedido la cartuja de Trisulti a los pastores de Bannon. Hay un movimiento ultraderechista que se apoya en los populismos, y se está articulando en todo Occidente. Fenómenos como VOX y los independentismos forman parte de ello; separados y cercanos, como en otros momentos históricos la derecha rural y tradicionalista se englobaba en el carlismo.

Curiosamente, como hizo el neoliberalismo de Reagan en los ochenta, estos reaccionarismos se disimulan con modernidad y una cierta frescura. Esta es una de las poses favoritas del independentismo catalán, el recurrente “ballo in maschera” de nuestro “Ratafia Party”. Utilizar palabras y conceptos humanistas, con un cierto perfume progresista. Así son manipulados los términos como derecho a decidir, principios democráticos, justicia económica, represión por ir a votar, violencia policial, presos políticos, DD.HH., república, estado del bienestar.

Toda una dialéctica humanista (muy victimista también), dirigida a justificar una postura reaccionaria. “Procesismo” y progresismo casan mal. También esa condescendència moral e intelectual, la presunción de superioridad ética. La vertiente escondida, ètnica y racial, ya la pone de manifiesto suficientemente la Sra. Irene Rigau, que vocifera las mismas frases que sus correligionarios dicen en privado.

A nuestro “Ratafia Party” le encanta aparentar su conciencia europeísta y glamurosa, con heroicos “Diaris de presó” de algún nefasto conseller que ahora da la tabarra también por escrito, con los comentarios etnicistas de la consellera Mary Poppins, que se pasea con sus  enormes ropajes amarillo limón, últimamente poco elegante ante la muerte de una gran barcelonesa y una de las mejores soprano del mundo, Montserrat Caballé.

Por no hablar del cateto “El quadern suís”, dónde nuestro flamante president Quim Torra destapa un intelectualismo tan rústico como presuntuoso, intenta parecerse a Stefan Zweig y termina siendo Vizcaíno Casas. Las vaporosa visión montañosa del Jungfrau y sus menciones literarias, que  le hacen codearse lisérgicamente con buenos escritores catalanes, de los que, parece ser, no aprende nada. Qué cansancio de Romanticismo alemán, de tanto “Sturm und Drang”, que tantas cosa presagió…

Este falso progresismo del independentismo es lógicamente  oportunista, y no ha tenido ninguna ética para aprovechar cualquier excusa para criticar al resto de España, la crisis de los refugiados fue una ocasión excelente: tras el vergonzante trámite de los refugiados sirios que realizó el gobierno de Rajoy, el independentismo aprovechó para acusarlo de inhumano y volver con la cantinela de una Catalunya baluarte de los valores de la Solidaridad.

Curiosamente cuando se empezaron a manejar cifras de refugiados para destinar a Catalunya, en otoño de 2015, buena parte de representantes municipales de, digamos, la Catalunya “interior”, manifestaron “sotovocce” su desconfianza y oposición a esa llegada. Los recientes conflictos con inmigrantes menores de edad durmiendo en la calles de Mataró o Roses ponen de manifiesto que el refugio no es tarea fácil (como saben bien los funcionarios del Dgaia).

Cuando algunos clamaban el “volem acollir” empuñando banderas “estelades” demostraban que son solidarios cuando se acoge lejos de sus casas pareadas, son éticos cuando los inmigrantes van a barrios urbanos, pero no a Sant Cugat o a la Garrotxa (por citar ejemplos absolutely cogidos al azar…). Mientras que Ong’s y algunas instituciones municipales destinaban dinero y apoyo, con un eficaz voluntariado, en los momentos álgidos de la huida de Siria, entre 2016 y 2017, otros se limitaban a insultar a España escondiéndose tras el “Welcome Refugees”…

Cómo triste epílogo de todo esto la obra “Maremar” de Dagoll Dagom, recientemente estrenada. La buena puesta en escena y la calidad de los  actores no logra esconder el anacrónico marco musical construido para la mayor gloria del gran Wagner de la iconografía musical “procesista”, que no es otro que Lluís Llach. Solidario con su “pont de mar blava” y mezquino con sus amenazas a los trabajadores poco “afectos al régimen” independentista. El encuadre con “Pericles, príncipe de Tiro” de Shakespeare queda siempre elegante, a pesar de que a algunos, como a Agustí Colomines, les gustaría más que corriera la sangre, como en “Coriolano”

Es triste que el teatro termine remitiéndose a la red pegajosa de los encargos nacionaleros. ¿Para cuándo una ópera sobre el “procés”? Una ópera bufa, por supuesto.


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