El paleontólogo y jesuita Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955) es una figura que merece ser conocida. Estudioso de los procesos intelectuales, desarrolló una teoría sobre la evolución del cosmos y de los seres vivos como un movimiento dirigido hacia una toma de conciencia (la de “llevar en nosotros algo más grande y más necesario que nosotros mismos”) que culminará en el punto omega, con la parusía o segunda venida de Cristo. La unidad y espiritualización de los seres humanos, sobrenaturalizados. El Vaticano lo apartó de la docencia por heterodoxo. ¿Lo seguiría apartando hoy?
La gran mónada (Trotta) reúne unos cuadernos suyos escritos entre 1918 y 1919, con dos textos inéditos en español; no son de lectura sencilla pero son valiosos. El jesuita francés subraya que “la Verdad divina no es aún para nosotros un Sol, sino sólo una pequeña estrella que luce en medio de la noche”.
Teilhard sostiene que en esta evolución personal, “en torno a la Verdad clara, hay una Penumbra, y en el fondo de toda Energía disciplinada, una Alteración”, que algunos hombres rechazan “para no englobar en sus construcciones inmóviles más que lo seguro y lo limpio”. ¿El yin-yang? ¡Hay que amar mucho el Mundo para experimentar la pasión de superarlo!

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