Nacido en el siglo quinto antes de Cristo, Isócrates tenía unos 35 años de edad cuando Sócrates tomó la cicuta, sentenciado a la pena capital por un tribunal ateniense. Isócrates fue un orador griego que murió casi centenario y celebraba que Atenas hubiera alentado que se denominase griegos “más a los partícipes de nuestra educación que a los de nuestra misma sangre”. Opuesto a las oligarquías, destacaba que “incluso las democracias mal establecidas son causa de menores desgracias y las bien organizadas sobresalen por ser más justas, más igualitarias y más agradables para quienes participan en ellas”.
Isócrates sostenía el valor de ser prudentes “y con un pensamiento más modesto, como deben tener los hombres inteligentes”. ¿Cuántos antepasados nuestros han quedado en el anonimato a pesar de ser mucho más virtuosos y dignos que quienes fueron ensalzados? Es una pregunta que deberíamos hacernos para obrar en consecuencia y orientarnos del mejor modo en nuestro quehacer vital.
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