Malgrat els intents d’agressió no han pogut impedir que muntem la parada de @Barcelona_ACat a la Plaça Orfila.
Gràcies @mossos, per la vostra tasca!#SalvemCatalunya pic.twitter.com/fj4cLo7UQJ
— Oriol Gès (@oriolges) October 18, 2025
En los últimos meses, Cataluña ha sido escenario de un aumento de la tensión política en torno a Aliança Catalana, el partido liderado por Sílvia Orriols. Este sábado violentos de extrema izquierda han intentado reventar una carpa que este partido había instalado en el distrito de Sant Andreu, en Barcelona. Los Mossos han tenido que emplearse a fondo para impedirlo.
Los ataques, boicots y amenazas dirigidos contra miembros y sedes de esta formación han crecido de manera notable, y este fenómeno es una muestra del nerviosismo que recorre a la extrema izquierda separatista ante el auge de un nuevo actor que está logrando captar votos de Junts, ERC, CUP e incluso del PSC. La violencia política, en lugar de frenar a Orriols, está contribuyendo a consolidar su imagen de resistencia frente al mainstream catalán dominado por PSC, Junts y ERC que la margina.
En enero de 2025 se registró un episodio particularmente grave en Barcelona, cuando militantes de Aliança Catalana fueron agredidos durante un escrache organizado por grupos radicales de izquierda mientras instalaban una carpa informativa. Este tipo de incidentes, sumados a pintadas, sabotajes y amenazas reiteradas, forman parte de un patrón de hostigamiento que busca acallar a un movimiento político en pleno crecimiento.
A pesar de estos ataques, la respuesta del partido ha sido mantener su discurso sin concesiones, defendiendo la soberanía catalana desde una óptica identitaria hispanófoba y crítica con las políticas migratorias, lo que le ha permitido seguir sumando apoyos. Su hispanofobia no asusta al electorado separatista ya que ese terreno ya fue abonado en el campo separatista durante décadas por radicales como Quim Torra, Laura Borràs, Heribert Barrera, Marta Ferrusola, Carme Forcadell, Joan Canadell o Clara Ponsati.
Los datos del Centre d’Estudis d’Opinió publicados en marzo reflejan que Aliança Catalana podría alcanzar entre ocho y diez escaños en las próximas elecciones al Parlament, superando por primera vez a varias fuerzas independentistas tradicionales. Y una reciente encuesta del diario ‘La Vanguardia’ les daba hasta diecinueve diputados.
Este avance se explica, en parte, por el desgaste de Junts y ERC, incapaces de ofrecer una alternativa convincente tras años de parálisis del proceso separatista. También por la pérdida de credibilidad de la CUP, cuya radicalidad ideológica ya no convence a amplios sectores del votante soberanista.
El ascenso de Orriols se debe en buena parte a que gobiernan en Ripoll (Gerona), su bastión político, donde Silvia Orriols consiguió la alcaldía con más de un tercio de los votos y situó a su formación por delante de los partidos hegemónicos del independentismo. Es el laboratorio en el que pone en práctica sus políticas más críticas con la inmigración ilegal y la religión islámica. También allí da rienda suelta a su discurso identitario hispanófobo.
Ese éxito local se ha convertido en un trampolín para su proyección autonómica y ha transformado a Aliança Catalana en una opción real de poder dentro del bloque soberanista. Su discurso directo, centrado en la defensa de la identidad catalana basada en la hispanofobia y en la crítica a la gestión de la inmigración, ha calado en un electorado que percibe a los partidos tradicionales como desconectados de la realidad social.
El temor de la extrema izquierda separatista a perder influencia ha derivado en una reacción violenta y deslegitimadora. En las últimas semanas, colectivos autodenominados ‘antifascistas’ y militantes vinculados a la CUP han protagonizado enfrentamientos y actos de sabotaje contra actos públicos del partido de Orriols. Esta respuesta no hace sino reforzar el relato de Aliança Catalana, que se presenta como la voz silenciada del independentismo popular, frente a un sistema que tacha de extremista cualquier discurso disidente con la ortodoxia dominante.
La incapacidad de las instituciones universitarias y municipales para garantizar el libre ejercicio de la actividad política agrava el problema. El acoso, las amenazas y la censura son síntomas de una degradación democrática que erosiona el pluralismo y la convivencia. Cuando un partido político debe desplegar protección policial para montar una carpa o celebrar un acto, el debate público deja de ser libre y se convierte en una pugna coercitiva donde solo impera el miedo.
El crecimiento de Aliança Catalana responde, además, a una realidad que los demás partidos del independentismo han preferido ignorar: existe un amplio sector de la sociedad catalana que reclama un discurso soberanista firme, pero sin subordinación a los intereses del PSOE ni al dogmatismo de la izquierda. Ese espacio, abandonado por Junts, ERC y la CUP – todos ellos han pactado con el PSC o el PSOE en los últimos meses -, está siendo ocupado con eficacia por Orriols, que combina identidad, soberanía y crítica al sistema, atrayendo tanto a votantes nacionalistas desencantados como a antiguos electores socialistas.
Si las tendencias actuales se consolidan, Sílvia Orriols podría situar a Aliança Catalana como el partido separatista más votado en las próximas elecciones autonómicas. La violencia política que hoy sufre su formación no es solo un intento de frenar su ascenso, sino también un síntoma de que el mapa del independentismo catalán está cambiando.
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