Silbidos en la catedral

Cuenta la Guardia Urbana que ante la catedral de Barcelona se congregaron unas veinticinco mil personas -vamos a dar la cifra como buena- con banderitas habaneras, pasquines a una tinta y capas a lo Superman. El acto de marras quería ser el gran colofón mitinero de un fracaso de sobras anunciado. El secesionismo pinchó estrepitosamente con su intento de parar la producción, aunque hay que reconocer -nobleza obliga- que su rama infantiloide consiguió jugar al Ibertren para fastidio y congoja de miles de ciudadanos catalanes.

En los eventos en los que participan multitudes siempre se intuye, se aprende algo o se sacan conclusiones. En la concentración los asistentes propinaron una solemne pitada al portavoz de la UGT, Camil Ros. Consideraban los allí reunidos que el sindicato no había puesto toda la carne en el asador al negarse a convocar una huelga general. Yo, del camarada Don Camilo, estaría tranquilo. Todo el mundo sabe positivamente que su clientela no es precisamente la que se congregó a las puertas del templo barcelonés. La suya, en el caso de aun tenerla, es otra que está silbando desde sus hogares al percibir como las cúpulas de los antiguos sindicatos ‘de clase’ flirtean con gobiernos expertos en recortes sociales e ideologías nada internacionalistas. Tres cuartos de lo mismo le ocurre a CCOO.

Las centrales sindicales jugaron un importante papel en la lucha antifranquista y en la recuperación de las libertades democráticas. Muchos de sus dirigentes pagaron con la cárcel la osadía de defender a los trabajadores ante los envites de la dictadura. Hoy la cosa es bien distinta. La democracia en España está asentada y algunos de los que exigen posicionamientos políticos al mundo sindical lo hacen tras saltarse las reglas del juego. Los que han desnaturalizando el Parlament y el Estatut no están legitimados para exigir a los agentes sociales complicidades ni ‘aturades de pais’.

Un servidor de ustedes no es un ingenuo. Conoce de sobras los vínculos económicos y las prebendas que permiten la subsistencia de las burocracias sindicales. A cambio, estas, responden con una actividad reivindicativa ‘razonable’ y una benevolencia con la administración acordada de antemano. Solo los viejos cuadros sindicalistas que vivieron la Transición siguen hablando de solidaridad de clase, internacionalismo, lucha obrera, etc. Los tiempos han cambiado, cierto, y los activistas del secesionismo han penetrado en el mundo sindical para copar su dirección y difundir la fe del cisma. ¿Legitimo? Sí, sin duda, pero poco acorde con los orígenes y la memoria histórica del movimiento obrero. A Don Camilo y demás les debería preocupar los pitidos de alarma que emiten gentes desde sus casas y que hoy no se consideran representados por organizaciones que no garantizan su derecho a acudir, o no, al puesto de trabajo. Las cúpulas que aplaudieron el ‘lock out’ quizás debieran cuestionarse si son algo más que una gestoría de servicios capaz de justificarlo todo. La independencia sindical está en entredicho.

El desapego hacia la política no se circunscribe solo a los partidos y a la actividad parlamentaria, alcanza también a la imagen y credibilidad de los sindicatos. La sospecha que estos bailan el juego de las políticas palaciegas, en detrimento del  los intereses de los trabajadores, va a ahondar más si cabe su crisis de representatividad. En Cataluña el ‘procés’ se ha cargado un montón de partidos. Parece que ahora le toca el turno a los sindicatos que prefieren el discurso secesionista disfrazado al de clase.

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