El Primero de Mayo en Cataluña ha dejado una imagen de evidente agotamiento. Apenas 2.500 personas se han citado en el centro de Barcelona, según las cifras de la Guardia Urbana. Recordemos que el Ayuntamiento de Barcelona lo gobierna el PSC, partido hermanado con uno de los sindicatos convocantes, la UGT. Una cifra ridícula para una ciudad que solía ser el termómetro de la movilización social en España.
La cabecera, controlada por Belén López – líder de CCOO en Cataluña – y Camil Ros – líder de la UGT catalana -, pretendía agitar el fantasma del «fascismo» para ocultar la pérdida de pulso en la calle. Bajo el lema «Contra las guerras y el fascismo», el sindicalismo oficialista parece más cómodo en la retórica ideológica que en la defensa real del trabajador. Ni tres mil personas les han comprado la propaganda.
Llamó la atención la nutrida presencia de cargos públicos, que casi superaba en entusiasmo a los propios manifestantes. El alcalde Jaume Collboni y la presidenta de la Diputación de Barcelona, Lluïsa Moret, no quisieron perderse una cita que el PSC utiliza como pasarela política. Es el confort de la moqueta trasladado por unas horas al asfalto de la Via Laietana.
También el Gobierno central envió a su cuota ministerial con Ernest Urtasun a la cabeza. Resulta paradójico ver a quienes ostentan el poder manifestándose contra las consecuencias de su propia gestión económica. El cinismo político se ha convertido en el invitado de honor de estas jornadas reivindicativas.
Acompañando al bloque gubernamental se encontraban figuras como Oriol Junqueras o Jéssica Albiach. Esta amalgama de siglas demuestra que el Primero de Mayo se ha transformado en un acto de apoyo mutuo entre el Ejecutivo y sus socios externos. Una simbiosis que beneficia a las cúpulas, pero ignora los problemas del ciudadano de a pie.
La marcha, que se inició en una plaza Urquinaona lejos de sus grandes hitos históricos, transcurrió sin alma por la Via Laietana. Los discursos finales de López y Ros sonaron a guion ya escrito, carentes de la fuerza necesaria para movilizar a una clase media asfixiada por la presión fiscal.
Entre las banderas sindicales, la presencia de enseñas de Palestina marcó el tono geopolítico de la jornada. Los sindicatos parecen priorizar conflictos internacionales sobre la precariedad laboral doméstica. Es la táctica de la distracción aplicada al ámbito laboral para no incomodar demasiado al Palacio de la Moncloa.
El apoyo a los activistas de la flotilla capturada por Israel fue otro de los ejes de la protesta. Esta deriva hacia la política exterior confirma que CCOO y UGT actúan más como correas de transmisión del ala radical del Gobierno que como agentes sociales independientes.
Tampoco faltó la reivindicación de una regularización extraordinaria de inmigrantes. Una medida que los sindicatos tildan de justicia, pero que ignora el impacto real sobre un mercado laboral ya tensionado. Se busca el titular fácil y la superioridad moral por encima del análisis técnico y responsable.
En definitiva, Barcelona fue testigo de una movilización lánguida y profundamente politizada. Mientras el PSC y sus aliados celebran una unidad de fachada, la realidad es que el sindicalismo de clase ha sido sustituido por un sindicalismo de administración. El eco de los 2.500 asistentes es el sonido de una irrelevancia creciente.
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