Saturación, aturdimiento

Sabemos que el exceso de oxígeno en la sangre, y no sólo su falta, puede provocar graves trastornos metabólicos y llegar, incluso, a la muerte. El rango ideal está en torno al 95%. Por debajo o por arriba la cosa se complica. Lo importante es que no se rompa el equilibrio entre el oxígeno inspirado (O2) y el dióxido de carbono espirado (CO2).

¡Todo está en los números! Que el universo se ajuste al orden matemático que expresan los números es un misterio indescifrable, porque los números son un ejemplo de meta-física pura. ¿Están en la materia, o sólo en nuestra mente?

Pero hablemos de saturación sólo como metáfora. Digamos que el oxígeno es la información, eso que respiramos a cada instante y sin lo que no podríamos vivir. Entre el mundo y nosotros está el aire, y en el aíre, el oxígeno. No podemos dejar de respirarlo, no podemos dejar de estar informados de qué es lo que está pasando a nuestro alrededor. Mi llamada de alerta es ésta: ¿y si estuviéramos saturados de información, y si nuestro cerebro estuviera hiperoxigenado, hiperventilado?

Recibimos mucha más información de la que podemos asimilar. Como la información que recibimos a diario es, además, contradictoria, el esfuerzo por poner orden y darle sentido es mucho mayor. ¿Tenemos tiempo para hacerlo? No. Así que no sólo se trata de tener capacidad, sino de disponer de tiempo: tiempo de reflexión, de ponderación, de análisis. ¿Consecuencias?

El aturdimiento es una de ellas. Un cerebro aturdido es el que, por exceso de impactos, no es capaz de reaccionar con un mínimo de control y seguridad. Piensa reactivamente, que es tanto como decir que no piensa. No valora ni juzga, sino que activa sus esquemas previos (pre-juicios) y usa la nueva información para confirmarlos.

Otra reacción del cerebro acosado es echar mano del relativismo y, por principio, no arriesgarse a defender nada, darle una parte de razón a todo el mundo, guardándose, al mismo tiempo, lo que en realidad piensa si va contra lo que se cree políticamente correcto. Hay grados, desde el que se siente sinceramente perplejo al cínico o impostor.

Pensemos en cualquiera de las últimas noticias que nos acosan, saturan y aturden: excarcelación de los de la “manada” (llamarlos así condiciona nuestra reacción), llegada masiva de inmigrantes (llamarlos refugiados condiciona nuestra reacción), acercamiento de los presos golpistas (llamarlos sólo presos…), actuaciones del gobierno separatista (no sólo catalán), la propuesta pedrista de reforma constitucional (llamémosle cambio de Constitución) para crear un Estado plurinacional (o sea, destruir el actual Estado democrático), elecciones democráticas en el PP (descarada lucha interna por el poder), etc.

Añadamos la renuncia inexplicada de Zidane, la destitución alocada de Lopetegui, la actuación dubitativa de Fijóo, los dilemas de Macron y Mekel, el auge del racismo en todas sus versiones (francesa, alemana, italiana, vasca y catalana), la masacre interminable de Siria, las maniobras orquestales de Iglesias y su compadreo con Torra y el tarda-torrentismo independentista. ¿Y si hablamos de Erdogan, de Putin o de Trump?

No son temas ajenos, influyen en nuestra vida diaria mucho más de lo imaginable, por no nombrar a China. ¿Y qué pasa en África? ¿Por qué no nos saturan con información sobre el coltán, los diamantes, el petróleo, el uranio, el oro y todas las materias primas que Europa, Rusia, EEUU y China están explotando de modo inconfesable, con métodos que ni en los peores tiempos de la colonización hubieran sido imaginables? ¿Y del colaboracionismo entre mafias y ONGs?

Nuestro problema no es tanto la falta de información, sino la saturación de información trivial (totum revolutum), al mismo tiempo que se nos ocultan datos decisivos, esos que servirían, por sí solos, para juzgar y poner orden en ese exceso intencionado de información, información previamente categorizada por el propio medio que, lo sabemos desde McLuham, es también el mensaje.

No es necesario correr detrás de todo lo que se mueve porque, lejos de estar mejor informado, puede uno acabar aturdido y paralizado. Es mejor analizar una sola noticia importante, ir más allá de la excitación superficial, que pretender estar “informado” sobre cientos de acontecimientos, tan intrascendentes y artificialmente exagerados como suelen ser los que ocupan los titulares cada día.

Recordemos lo que Pedro Recio de Agüero le dijo a Sancho, que se iba tras todo lo que olía: “Omnis saturatio mala, perdices autem pessima”, que él mismo le tradujo: “Toda hartazga es mala; pero la de las perdices, malísima”. Perdices son lo que nos ofrecen constantemente los medios, aprovechándose de nuestra hambre. Así que, consejo me doy, siguiendo al de Tirteafuera: absit!

Santiago Trancón Pérez

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