El teatro político en España vive un nuevo capítulo de confusión estratégica. Junts per Catalunya ha decidido plantar a Pedro Sánchez en la ronda de contactos sobre el envío de tropas a Ucrania. Míriam Nogueras no acudirá a la cita, alegando que no hay novedades sustanciales en el conflicto bélico. Se trata de un gesto calculado para alimentar un relato de confrontación que la realidad desmiente cada día.
Bajo la superficie de este rechazo, la relación entre los de Carles Puigdemont y el PSOE sigue siendo de una mutua necesidad asfixiante. Fuentes de la formación independentista aseguran que ya se dan por informados y que no desean una fotografía vacía de contenido. Sin embargo, este purismo estético contrasta con la cruda realidad de la gestión territorial en Cataluña.
Mientras en el Congreso gesticulan con la distancia, en los ayuntamientos la sintonía es total. Ciudades clave como Tarragona y Lérida son testigos de cómo socialistas y posconvergentes se entienden perfectamente para repartirse cuotas de poder. El ciudadano asiste a un doble juego donde la retórica nacionalista se diluye cuando hay presupuestos locales de por medio.
Es un «paripé» bien ensayado donde cada actor conoce su papel para sobrevivir políticamente. Los incumplimientos que denuncia Junts son la excusa perfecta para tensar la cuerda sin llegar a romperla nunca del todo. Al final del día, la supervivencia de Sánchez y el pragmatismo de los herederos de Convergència siempre encuentran un punto de unión.
Sánchez utiliza estas rondas de contactos para intentar proyectar una imagen de consenso que no existe. El presidente busca el aval de la Cámara para misiones de paz en el exterior, pero sufre para mantener cohesionada a su propia mayoría de investidura. La falta de confianza que alega Junts parece más una herramienta de negociación que una ruptura de principios real.
Por su parte, el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, sí acudirá a la Moncloa el próximo lunes. Es el primer encuentro entre ambos desde marzo de 2025, lo que evidencia la parálisis institucional que sufre el país. El Partido Popular acepta el diálogo, aunque lo hace con una lógica de Estado que los socios del Gobierno parecen haber olvidado.
Feijóo ya ha advertido que no entregará un cheque en blanco a la política exterior de Sánchez. Los populares exigen información detallada y veraz antes de apoyar cualquier despliegue militar. La desconfianza es lógica si observamos los bandazos del Ejecutivo en la escena internacional durante los últimos meses.
El PP también pretende aprovechar la cita para denunciar los oscuros vínculos del Gobierno con la dictadura venezolana. Desde la bancada de centro-derecha se observa con alarma cómo España pierde peso y credibilidad ante los aliados de la OTAN. La política internacional del sanchismo genera dudas razonables en Washington y Bruselas.
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