El RCD Espanyol ha comenzado la segunda vuelta del campeonato en plena lucha por regresar a las competiciones europeas, una meta que el club persigue fiel a su ADN de resistencia. Históricamente, la entidad ha superado obstáculos inusuales, como la quiebra de la constructora que edificó Sarriá en los años 20 o la falta de influencia en los organismos federativos. A diferencia de otros rivales con gran peso en los despachos, el club blanquiazul ha tenido que avanzar siempre con sus propios recursos y sin apoyos externos.
Este camino se ha recorrido, además, bajo un constante ninguneo político y mediático. Desde los desplantes de antiguos alcaldes de Barcelona hasta el trato recibido durante los años de estancia en Montjuïc, el Espanyol ha sentido el vacío de las instituciones. Este escenario se repite en los medios de comunicación públicos y en las campañas de la Generalitat, donde la realidad perica suele ser ignorada sistemáticamente.
Pese a este entorno hostil, el equipo ocupa actualmente plazas de acceso continental. Aunque el objetivo exigirá un gran esfuerzo y sufrimiento hasta el último momento, la afición se aferra a su capacidad de lucha y a la épica que siempre ha definido nuestra historia. El regreso a Europa está al alcance, impulsado únicamente por la fuerza de un sentimiento que no se rinde ante la adversidad.
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