El 27 de mayo de 2000 se jugó la final de la Copa del Rey en Mestalla. Fue el momento más decisivo de la historia contemporánea del Espanyol, dado que significó un cierto renacer del club, que se concretó en un notable incremento de la masa social. Pero, sobre todo, fue un momento mágico en la vida de todos los pericos. Porque todos recordaremos hasta que nos muramos donde estábamos ese día.
En mi caso en el campo, apretado en una localidad incómoda que apenas nos permitía ver el partido. Pero eso fue lo de menos. Lo importante era estar allí y escuchar como ‘La bomba’ de King África catalizó la ilusión y la alegría de una hinchada que volvió a saber lo que era ganar tras sesenta años de sequía.
Valencia supuso el despertar de la conciencia perica, tan dormida durante años y años. Ganar la Copa fue mucho más que tener un trofeo en nuestras hambrientas vitrinas. Fue haber roto el maleficio que nos ha perseguido durante sesenta años, en los que fuimos tildados de club franquista mientras bajábamos dos veces a Segunda y no nos comíamos una rosca en las competiciones en las que participábamos.
Fue haber devuelto la ilusión a todos esos jóvenes pericos que en 1957 vieron como les robaron una Copa en Montjuïc. Fue el disfrutar de un gran momento de gloria. Luego vinieron otros, pero ese día marcó a unas cuantas generaciones pericas, y ojalá pronto las nuevas generaciones de nuestra afición puedan vivir un día así.
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