La política exterior del Gobierno de Pedro Sánchez ha entrado en una fase de creciente controversia, marcada por movimientos que, lejos de reforzar la posición internacional de España, parecen alejarla de los consensos que tradicionalmente han definido su acción exterior. El progresivo acercamiento a potencias como China o Irán, así como la ambigüedad en relación con actores como Hamás, ha encendido las alarmas tanto dentro como fuera de nuestras fronteras.
España ha sido históricamente un socio fiable en el marco occidental, comprometido con la defensa del orden internacional liberal, los derechos humanos y la cooperación con sus aliados europeos y atlánticos. Sin embargo, los últimos gestos del Ejecutivo dibujan una estrategia difícil de interpretar, en la que los equilibrios geopolíticos parecen supeditarse a cálculos políticos de corto alcance. La política exterior no puede convertirse en un instrumento de posicionamiento ideológico sin asumir los riesgos que ello conlleva.
El caso de China es paradigmático. En un momento en el que la Unión Europea debate cómo reducir su dependencia estratégica de Pekín, el Gobierno español opta por reforzar vínculos sin exigir contraprestaciones claras en materia de transparencia, reciprocidad o respeto a las reglas del comercio internacional. Este enfoque no solo desdibuja la posición común europea, sino que debilita la capacidad negociadora del conjunto.
Más preocupante resulta aún el acercamiento a Irán, un régimen cuya política regional y su historial en materia de derechos humanos generan una profunda inquietud en la comunidad internacional. Reabrir canales sin un marco claro de exigencias puede interpretarse como una señal de complacencia en un momento en el que la firmeza debería ser la norma, especialmente ante un contexto de creciente tensión en Oriente Próximo.
España corre el riesgo de dilapidar en pocos años el capital de credibilidad acumulado durante décadas. La política exterior exige coherencia, previsibilidad y alineamiento con aliados estratégicos. Alejarse de estos principios no solo genera incertidumbre, sino que compromete la influencia del país en un momento en el que el escenario internacional demanda, más que nunca, firmeza y sentido de Estado.
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