Pedro Sánchez y Salvador Illa han encontrado en la figura de José María Aznar un recurso recurrente para intentar movilizar al electorado socialista. Resulta llamativo que, 21 años después de dejar la presidencia del Gobierno, el expresidente del PP siga siendo utilizado como un fantasma político con el que agitar a las bases. El recurso, sin embargo, evidencia más debilidad que fortaleza: en lugar de presentar propuestas sólidas, el PSOE opta por reabrir viejas trincheras del pasado.
La estrategia se ha intensificado en las últimas semanas, coincidiendo con el desgaste creciente del Gobierno y los escándalos que han salpicado tanto al propio PSOE como al entorno familiar de Sánchez, y en la Fiesta de la Rosa que el PSC celebró este domingo en Gavà tanto Illa como Sánchez cargaron contra Aznar. En vez de dar explicaciones claras o plantear medidas para recuperar la confianza ciudadana, el socialismo ha preferido recurrir a Aznar como enemigo útil, confiando en que el rechazo histórico que provoca en parte de la izquierda vuelva a servir de pegamento electoral.
Salvador Illa, candidato del PSC y pieza clave en los planes de Sánchez en Cataluña, tampoco ha dudado en recurrir a la misma fórmula. Sus discursos han invocado la figura de Aznar como si el expresidente fuera el adversario real a batir en la política actual. El mensaje, sin embargo, suena hueco: Aznar no gobierna, no legisla y no tiene responsabilidad alguna en los problemas que hoy preocupan a los españoles.
El PSOE, en realidad, recurre a este tipo de cortinas de humo porque carece de una agenda atractiva. La economía se resiente, la sanidad pública atraviesa tensiones, la educación reclama reformas de calado y el empleo joven sigue estancado. Ante esta realidad, la dirección socialista opta por agitar fantasmas del pasado en lugar de ofrecer soluciones presentes.
El desgaste de Pedro Sánchez es cada vez más evidente por mucho que use a Aznar, o a Gaza, para que los españoles no se fijen en lo que pasa en el PSOE. Los escándalos que afectan a su Gobierno, las investigaciones que rozan a su entorno más cercano y las críticas a su gestión han generado un clima de hartazgo entre amplios sectores del electorado. La respuesta del PSOE no ha sido la autocrítica ni la renovación de propuestas, sino el recurso fácil de resucitar viejas batallas ideológicas.
La figura de Aznar, que debería pertenecer al terreno de la memoria histórica de la política, se convierte así en el salvavidas de unos dirigentes incapaces de generar entusiasmo. Lejos de construir un proyecto de futuro, el PSOE prefiere señalar al pasado, demostrando una preocupante falta de ideas. En lugar de seducir a los españoles con propuestas reales, los socialistas confían en el miedo al recuerdo.
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