Salvador Illa llegó a la Generalitat con la promesa de la gestión profesional frente a la deriva ideológica del pasado. Sin embargo, apenas unos meses después, los catalanes han descubierto que el «buen gobierno» era solo un eslogan de campaña. El caos en Rodalies no solo persiste, sino que se ha cronificado bajo un Ejecutivo que parece desbordado por la realidad ferroviaria.
La reciente «semana horribilis», con cortes sistemáticos y averías en puntos críticos, ha dejado a miles de usuarios desamparados. Mientras las estaciones se llenaban de indignación, el Govern solo daba malas excusas. La parálisis del servicio ha desarmado por completo la narrativa de normalidad que el PSC intentaba proyectar con tanto ahínco.
La creación de la nueva empresa mixta, presentada con gran pompa junto al ministro Óscar Puente, no es más que un ejercicio de ilusionismo político. Se nos anuncia una solución que, en el mejor de los casos, no empezará a operar de manera efectiva hasta el año 2027. Para el viajero que hoy pierde su mañana en un andén de Gavà o Sitges, las firmas en el Palau son papel mojado.
Resulta irónico que quienes criticaban la «incompetencia» del separatismo ahora se refugien en las mismas excusas de «problemas estructurales». El Gobierno de España es del mismo signo político que la Generalitat, lo que elimina cualquier excusa de falta de sintonía. La supuesta alineación de astros entre Madrid y Barcelona solo ha servido para repartir culpas y sillones.
Los ceses técnicos en Adif y Renfe se perciben como meros sacrificios para salvar a la cúpula política del PSC. La realidad es que bajo el mandato de Illa, los puntos negros de la red han aflorado con una virulencia inusitada. Goteras, incendios en catenarias y falta de mantenimiento básico definen hoy el día a día de millones de trabajadores catalanes.
La estrategia de gestión socialista está perdiendo toda credibilidad a pie de vía. No basta con crear comisiones de seguimiento o anunciar traspasos que nunca terminan de materializarse en mejoras tangibles. El ciudadano percibe que, tras los años del «procés», hemos pasado de la épica estéril a la desidia administrativa más absoluta.
El modelo de Rodalies que defiende Illa parece condenar a Cataluña a un servicio de segunda durante décadas. Al negarse a romper con el monopolio de Renfe de forma inmediata, la Generalitat se ata de pies y manos a una operadora ineficiente. El pragmatismo que tanto pregona el President se parece demasiado a la resignación ante el desastre.
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