Risitas, cuchicheos y mohines en el TS

Una mina sí, una mina de experiencias es la visión en directo del juicio a los políticos catalanes secesionistas, en el Tribunal Supremo de España. Ahora avanzando en la segunda etapa del juicio, la de los testigos, el interés va incrementándose. Crea adicción.

Siendo abandonista de derecho, me quedó cierto interés en conocer o entender la justicia y su funcionamiento. El hecho de no considerarme apto para estos menesteres, no es óbice para no mantener curiosidad sobre su funcionamiento vario.

Además de la curiosidad y el deseo de aprender, la comprensión de lo que la justicia supone en un Estado de derecho y la garantía para ejercer la ciudadanía se nos muestra, (a los catalanes especialmente), con meridiana claridad estos días en la sala del TS.

Si por un momento uno imagina que al conflicto entre catalanes, promovido por los nacionalistas secesionistas ya en etapa de golpismo, no se le hubiera puesto freno desde el poder judicial, muchos seguramente estaríamos viendo donde vivir próximamente. Y no solo por el hartazgo que tenemos, también por defender nuestra integridad moral y personal y por no “dimitir” de ciudadanos libres y demócratas.

En los primeros días vimos gestos grandilocuentes, aseveraciones con pretensión de firmeza. Todo un poco forzado, con manifiesta contradicción entre lo que decían al declarar y la pretensión de subrayarlo con gestos trascendentes. Vano intento solo con algún éxito entre los dispuestos a tragarse todas sus continuas mentiras, aderezadas con los conceptos que en sus bocas suenan a falsedad e impostura, como pueblo, soberanía, pacifismo, reivindicación, derecho o historia.

Entonces la sala parecía perder todo color y hasta la seriedad solemne de las brillantes togas negras y los encajes de jerarquía parecían tornarse grises, casi tan grises como la presencia de estos hombres y mujeres que, aún entonces parecían mostrarse como sorprendidos, afrentados por estar allí, y lo peor, allí “juzgados por esos”.

Era tiempo de sorpresa por su desvergüenza. Uno podía pensar que no era posible fueran tan locos como para creer, ni por un momento, en lo que decían. No pueden ser tan estúpidos como para pensar que nos convencen. Los conocemos bien, los hemos sufrido mucho.

Y aparecieron los testigos, primero quienes tenían responsabilidades públicas en los tiempos de lo que ahora se juzga y entonces todo en el TS volvió a la normalidad. Pareció recuperarse una atmósfera más transparente en la sala y hasta regresó el color. Creció el interés y llegaron algunas e importantes informaciones y hasta sorpresas.

Y después de ello empezaron a declarar gente que aparentemente tenía menos responsabilidades, gente que son intercambiables con cualquiera de nosotros, y que poco a poco descubrimos la enorme importancia de su trabajo llevado con absoluta discreción. Son los servidores públicos los que actúan como secretarios de juzgado, guardias civiles y policías que registran, investigan, detienen, analizan, e informan a los jueces y fiscales con los que colaboran.

Y así gente sencilla, normal, con capacitaciones y grados de experiencia diferentes, con el común denominador de la autoexigencia en su trabajo se van agrandando profesional y humanamente, ganándonos por simpatía y con cierto orgullo de tenerlos como conciudadanos.

Gente sencilla, gente normal que el tribunal acordó que las cámaras no les enfoquen al declarar, evitando así el peligro de que, en la Cataluña actual, los exaltados los coaccionen a ellos y a sus familias, sin que siquiera los niños puedan librarse de ese comportamiento mafioso y del que ya demasiados ejemplos tenemos cotidianamente.

Ahí aparecen entonces las risitas, los cuchicheos y los mohines de los encausados, de sus defensas. A veces son simples negaciones con la cabeza cuando escuchan algo que les parece una exageración, un relato inaceptable o algo que les atañe personalmente y entienden les perjudica.

Otras veces risitas compartidas, señales entre dos, acercamientos a la oreja del otro para un comentario, gestos de incredulidad o saltitos de sorpresa removiéndose en la silla.

Muchos de esto lo captan las cámaras en su retransmisión en directo, sin filtros, que les enfocan sorpresivamente y entonces uno se pregunta ¿por qué se ríen?, ¿por qué aparentemente se sorprenden de lo que oyen?, ¿para qué la urgencia del comentario compartido que denota contrariedad?

Quizás porque se sienten superiores, por pensar que están allí de paso, que lo que hicieron estaba bien y además tenían derecho a hacerlo. Sobre todo se nota cuando con desprecio indisimulado escuchan a alguien contradecir sus peroratas simplistas tantas veces dichas, y aseguran que  Cataluña está en un momento enloquecido, que con su irresponsabilidad nos han llevado a una situación peligrosa, que hay personas que influidos por sus proclamas perniciosas están llenas de odio y son por tanto un peligro social si no se les desactiva.

Se tensan cuando escuchan que hubo y hay comportamientos agresivos, que la gente intentaba irracionalmente impedir los mandatos judiciales, que llamaban fascistas a servidores del estado, traidores o hijos de puta o les señalaban el cuello rebanándolo gestualmente o los golpeaban. Que ponían en peligro su integridad o los herían.

Estos políticos nacionalistas y sus defensas se creen gente especial, cargados de razones y con una misión salvadora de una patria que solo vislumbran los más idiotas. Son lo peor que nos puede pasar, son peligrosa antesala de una confrontación con daños para todos. Se creen pueblo elegido, se creen mejores que los que investigan sus malas praxis, que los que los han detenido, los han llevado prisión para impedir que, como algunos de sus más cínicos y miserables compañeros, escapasen de la justicia incapacitados para el mínimo rastro de dignidad y de responsabilidad de sus actos

Sus risitas, sus cuchicheos, sus mohines, son la expresión de su valía personal, de lo que son, de quienes les siguen, de lo peor de nuestra ciudadanía.

José Luis Vergara. Marzo 2019


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