No contento con haber dado la “espantá” en el maletero de un coche hace casi seis años, el prófugo Puigdemont quiere ahora que le amnistíen. Para ello hace uso de su retórica victimista y se nos presenta como un luchador indomable. Tal vez sea “fantoche” un calificativo idóneo para quien en lugar de asumir sus responsabilidades ante la justicia prefirió emprender la vergonzosa huida. En ese tiempo y con dinero público se ha dedicado a vivir del cuento y a insultar a los españoles entre los que a su pesar debe incluirse. Condenado al ostracismo y convertido en hazmerreír internacional Pedro Sánchez ha decidido rehabilitarlo enviando a la locuaz emisaria Yolanda Díaz a rendirle pleitesía con humillación de la democracia española. Los preclaros estrategas de la política nacional glosan que todos van de farol, que están teatralizando un acuerdo previo para investir al candidato socialista a la Presidencia del Gobierno y que ambas partes pretenden salvar la situación sin más. Y me pregunto si tan duchos analistas en lugar de comentar la “jugada maestra” deberían contribuir a denunciar que con tan aviesa apuesta lo que está en riesgo nuevamente es nuestro Estado de Derecho.
La decadencia moral de este país es una triste realidad de la que no solo son responsables nuestros políticos sino los que viven de ellos, asesores, analistas, pseudoperiodistas y demás “caterva” de paniaguados que tienen que llenar papeles, programas y periódicos para vivir del chollo de la subvención y demás prebendas. Que Puigdemont es un “perfecto cobarde” es axioma universal y que “Sánchez” es un “yonqui” del poder una verdad inmutable, pero que en su galaxia orbitan satélites ausentes de vida inteligente en el terreno de la ética es una realidad tangible. Lo que estamos viviendo en nuestro país hace al menos un decenio es dramática consecuencia de una política nauseabunda de la que Sánchez y Puigdemont son buen botón de muestra. Y nadie hasta ahora ha sido capaz de concitar cívicamente a los españoles de bien para rebelarse contra ello. La incredulidad, el desapego, la distancia y la frustración es tan grande que diríase que España vive en una “democracia zombi” dispuesta a mantenerse con arreglo a que “todo fluye y nada permanece”.
El problema es que esta sentencia de Heráclito es de antes de Cristo lo que demuestra que el progreso es una entelequia para la humanidad. De prosperar las pretensiones liberticidas que se anuncian en Bruselas, nuestro ordenamiento constitucional será devaluado indefectiblemente, la separación de poderes será una concentración de poderes y el Tribunal Supremo tendrá el mismo rango de autoridad que el Consejo Superior de Deportes. Puigdemont quiere amnistía, referéndum y rehabilitación. Sánchez ambiciona poder, poder y poder. Es previsible que se encuentren. Convertir a un villano en héroe aunque sea de cartón piedra es humillar a todos lo que han contribuido a levantar España desde los cimientos con esfuerzo, abnegación y compromiso ciudadano.
No veo, desgraciadamente, un proyecto nacional sólido e inteligente capaz de revertir la coyuntura. España necesita nuevos liderazgos y hasta que no se materialicen la sociedad seguirá desnortada y hastiada. El único atisbo de esperanza en tan difícil hora es el alumbrado entendimiento entre PP y VOX para coordinar una acción común que reagrupe el centro derecha español, a fin de que la ideología neo liberal conservadora derrote al progresismo izquierdista “woke”. Costará pero merece la pena intentarlo porque de cobardes y arribistas estamos profundamente hartos.
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