Política y metafísica

Supongamos, con Espinosa, que sólo existe una única sustancia, y que todo lo que vemos y no vemos son transformaciones, combinaciones, movimientos de esa sustancia inconcebible e inabarcable. Si todo deriva de una única sustancia infinita, no por creación ni emanación, sino por pura necesidad interna, eso de la libertad o la finalidad no son más que ilusión.

Todo está sometido a un orden divino necesario, por más que desconozcamos las causas que determinan cuanto acontece y cuanto hacemos. Aceptar este determinismo metafísico (tanto da que esa sustancia ontológica la concibamos como material o espiritual), y practicar el ascetismo racional que de ello se deriva, son la única fuente de la felicidad.

¿Y dónde colocamos, dentro de esta sinopsis, al pensamiento y la conciencia? El pensamiento, la razón y la conciencia son también atributos de esa única sustancia y forman parte de esa cadena inevitable de causalidad o necesidad interna que da origen a todo cuanto existe y sucede. No es posible ninguna intervención externa, todo es inmanente, y ni siquiera la pasividad o el fatalismo pueden ser el resultado de una decisión externa que nos pudiera situar fuera del mundo.

Así que aquí estamos, en medio del chapoteo de la política del mismo modo que la Tierra da vueltas alrededor de sí misma al tiempo que circula a velocidades descomunales por el universo. Y sin darnos cuenta, porque el encadenamiento de causas supera cualquier comprensión. Atisbar un poco esa infinita acumulación y concatenación de causas nos produce vértigo, y en estas estamos, digo, ahora mismo, porque detrás de todo, también de la política, está el abismo, y hay momentos en que esa percepción se hace tan imperiosa como paralizante.

Viene esta reflexión metafísica a cuento, porque intentar poner un poco de orden en el desconcierto general en que nos ha metido hoy la política es tarea casi imposible. El distanciamiento a que nos invita Espinosa, aceptando nuestra limitación e inmanencia (no somos dioses creadores), nos ayuda a relativizar las convulsiones del momento y a no perder la cabeza ante todo lo que nos resulta inconcebible, como son la mayoría de las decisiones políticas que vemos cada día.

Vistas desde esta distancia, tampoco son tan importantes las elecciones anunciadas, ni tan decisivo a quién elijamos. Me lo digo a mí mismo, y no para aconsejar a nadie; porque, ante un panorama políticamente tan embarullado, sólo sé a quién no votar. Y si sigo así, como no quiero votar a ninguno de los que se presentan, lo mejor va a ser no votar a nadie. No sé cuántos españoles se encuentran en la misma situación, pero sospecho que muchos más de los que recuentan las estadísticas.

Claro está que acabaré votando al menos malo, y esto confirma una vez más que mi decisión no será libre, sino fruto de la necesidad. Lo repito para quitarme esa carga extra de responsabilidad que parece venirnos encima a quienes nos atrevemos a hablar y escribir de política, advirtiendo a los ciudadanos sobre los males que acarrea apoyar a políticos mendaces, egópatas, psicópatas y plagiadores, aunque formen parte de esa cadena de causalidad invisible que mueve todas las cosas en este perro mundo.

Pero si tengo que dar alguna pista, me adelanto para anunciar que no votaré jamás a los traidores. Dante, en su Divina Comedia, nos describe el último círculo del infierno, el noveno, como un lago de hielo donde van a parar todos los traidores. La traición nos hiela el corazón, nos paraliza la frialdad del traidor, que no es aquel que no puede cumplir lo que promete, sino quien promete lo que no puede cumplir, ni le importa; aquel al que ningún compromiso obliga, porque a nadie ni a nada se siente atado.

Si todo se puede incumplir, si entre el decir y el hacer no hay ningún vínculo ni responsabilidad, ¿qué sentido tiene la política, qué fundamento? Basta aplicar este simple criterio para no tener dudas, al menos, sobre qué partidos y qué traidores no merecen ni segunda ni primera oportunidad. Traición a los principios básicos de igualdad ante la ley, de unidad política, de justicia social, de protección y seguridad, de libertad de pensamiento, de libertad lingüística, de respeto al orden constitucional, de lucha contra la corrupción, el supremacismo y la mentira.

Sí, es hora de que salgamos del círculo infernal de los traidores, aunque sólo sea por “necesidad metafísica”. Hora de volver a pronunciar sin miedo aquella antigua consigna de “¡muerte (política) a los traidores!“.

Santiago Trancón Pérez


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