Que la policía tiene el deber de ser un fiel reflejo de la sociedad a la cual pertenece es un postulado tan obvio y arraigado que así aparece textualmente recogido en diversos marcos normativos, como el Código de Ética policial europeo y su homónimo del Cuerpo Nacional de Policía en España.
Los miembros de los cuerpos policiales no pueden desconocer ni obviar las diferentes realidades sociales existentes, y deben comportarse siempre con total neutralidad política e imparcialidad, con el fin de garantizar los derechos y deberes de todas las personas.
De esta forma, cuando se afirma que la policía es racista quizás se debiera matizar que, en todo caso, la sociedad es racista; ya que, cuando un ciudadano es víctima de un ilícito penal y describe a su autor como “de origen magrebí” o de “raza negra” deben tener en cuenta que la policía, ejerciendo sus funciones de prevenir y combatir infracciones penales y administrativas, va a buscar, identificar e investigar a personas con estas características. Y después las estadísticas suben.
Por otro lado, existen una serie de delitos que ya sean por su especialización o características propias son ejercidos por grupos de personas (e incluso familias) que comparten la misma etnia, cultura o religión. Así encontramos que algunos delitos como el “método peruano” de las autopistas toma su nombre de la nacionalidad de las personas que se especializaron en este tipo de hurtos, o que acciones como la mutilación genital femenina son mayoritariamente realizados por personas de origen subsahariano, con un claro componente cultural.
Sentenciar alegremente que la policía es racista o que existe un sesgo en este sentido es desconocer las diferentes realidades sociales, no querer aceptarlas o desconfiar sistemáticamente de la profesionalidad de sus policías, que no dejan de ser instrumento para la solución (o cuanto menos para la prevención), y no parte del problema.
Josep Rodríguez. Politeia
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