El enésimo pulso entre Pedro Sánchez y Podemos ha vuelto a poner de manifiesto las grietas de un Gobierno sostenido por pactos frágiles y cesiones interesadas. El partido morado ha decidido tensar la cuerda hasta el límite si Sánchez quiere su apoyo para los Presupuestos Generales del Estado.
La estrategia es clara: ganar protagonismo político bloqueando el normal funcionamiento de la administración. La negociación presupuestaria, que debería centrarse en las prioridades económicas y sociales del país, se ha convertido en una partida de ajedrez donde los movimientos responden más a intereses partidistas que a la voluntad de servir al ciudadano.
Podemos, con apenas representación parlamentaria tras su debacle electoral, se aferra a los pocos resortes que le quedan para seguir influyendo en la agenda pública. Y lo hace sin pudor, sabiendo que Sánchez necesita cada voto para sacar adelante unas cuentas fundamentales para el próximo curso político.
Además de ganar peso en RTVE, y seguir colocando a tertulianos como el mismo Pablo Iglesias, pone condiciones imposibles para dar el apoyo de sus cuatro diputados: romper relaciones diplomáticas con Israel, bloquear el rearme y rebajar por ley los alquileres en un 40%.
Mientras tanto, el presidente del Gobierno demuestra una preocupante incapacidad para liderar con firmeza. Lejos de imponer una hoja de ruta clara, ha optado por la vía del apaciguamiento, ofreciendo prebendas y cargos para calmar las exigencias de sus antiguos socios.
RTVE se ha convertido en el último escenario de esta política de cesiones, con Podemos logrando colocar perfiles afines en puestos estratégicos como gesto de buena voluntad por parte de Moncloa. Ahí está Mariano Muniesa representando en el consejo de administración de RTVE a una formación que solo tiene 4 de 350 diputados en el Congreso.
Este reparto de cuotas en el ente público, lejos de garantizar una mayor pluralidad informativa, pone en entredicho la independencia de un servicio esencial para la democracia. La lógica del «quítate tú para ponerme yo» vuelve a instalarse en un organismo que debería estar al margen del mercadeo político.
El problema de fondo no es solo la actitud de Podemos, sino la falta de liderazgo de Sánchez, que una vez más demuestra que no es capaz de controlar a quienes fueron sus socios de coalición. La fragmentación de la izquierda se traduce en una parálisis que impide al Ejecutivo actuar con la eficacia que exige la situación económica y social del país. En lugar de gobernar, el presidente se ve obligado a contentar a cada socio con pequeñas concesiones que desvirtúan el proyecto político original.
Podemos, por su parte, juega sus últimas cartas como fuerza con capacidad de condicionar el rumbo del Ejecutivo. Sabe que su margen es estrecho y que su supervivencia política pasa por aparecer como un actor relevante en los grandes debates nacionales, aunque eso implique frenar la acción del Gobierno. Su estrategia es arriesgada, pero coherente con una formación que siempre ha preferido el ruido al consenso.
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