Quina vergonya, quin insult a tot un país i a la memòria d’Antoni Gaudí. Si finalment això es així, es confirmarà el retorn al nacionalcatolicisme pel qual treballa els escarabats porprats.
I quina decepció veure com l’església es posa al costat de llengua del poder i menysprea… https://t.co/OefA45wOGX— krls.eth / Carles Puigdemont (@KRLS) June 1, 2026
La próxima visita del papa León XIV a Barcelona ha dejado de ser un estricto acontecimiento religioso para convertirse en el enésimo campo de batalla político en Cataluña. El expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, ha liderado la ofensiva tras conocerse los detalles del misal previsto para la liturgia en la Sagrada Familia. Para el independentismo, cualquier equilibrio institucional que no otorgue una exclusividad absoluta a su agenda identitaria es considerado una agresión intolerable.
El líder de Junts no ha tardado en calificar de «vergüenza» e «insulto» el reparto lingüístico diseñado por el Vaticano. Con su habitual tono hiperbólico, el político prófugo ha llegado a vincular la organización del evento con un supuesto retorno al «nacionalcatolicismo». Esta sobreactuación busca reactivar el victimismo en un momento en que las fuerzas nacionalistas necesitan cohesionar a sus bases ante su evidente pérdida de peso institucional.
La indignación del expresidente se centra en la desaparición del catalán en algunos momentos de la visita papal, como la bendición de la torre de Jesucristo. Puigdemont acusa a la Iglesia católica de alinearse con lo que denomina «la lengua del poder», despreciando el idioma propio de la región. El tono amenazante de su mensaje, que concluía con un explícito «tomemos nota», evidencia la intención de instrumentalizar la fe con fines puramente partidistas.
Detrás de este malestar subyace la incomodidad del nacionalismo ante el cambio de interlocución organizativa respecto a citas pretéritas. A diferencia de la visita de Benedicto XVI en 2010, gestionada prioritariamente desde el ámbito autonómico, la llegada de León XIV forma parte de un viaje de Estado. Este diseño global ha otorgado un papel muy relevante a la Conferencia Episcopal Española, desplazando el monopolio de las entidades locales en la negociación.
Desde los sectores eclesiásticos catalanes cercanos al separatismo se ha alimentado el agravio lamentando que las conversaciones bilaterales hayan pasado por Madrid. La izquierda y el separatismo coinciden habitualmente en recelar de las instituciones con sede en la capital, a las que acusan de centralismo. Esta visión sesgada ignora la naturaleza global de un viaje pontificio, que por lógica institucional debe coordinarse con las autoridades estatales y la jerarquía episcopal nacional.
Ante la polémica alimentada por los partidos independentistas y la izquierda radical, la Conferencia Episcopal ha tenido que salir al paso. La institución eclesiástica ha recordado que se ha valorado correctamente la realidad idiomática de Cataluña en los actos previstos. Sin embargo, han querido dejar claro que la última palabra sobre las lenguas utilizadas en la liturgia corresponde en exclusiva a la Santa Sede.
El debate ha fracturado incluso las opiniones dentro del propio clero catalán, donde conviven sensibilidades muy diversas. El obispo de Girona, Octavi Vilà, se sumó a las peticiones de una mayor presencia de la lengua local en el acto central. Diversas voces del entorno de la Sagrada Familia argumentaban que el uso del catalán en la bendición de la torre de Jesús constituía un homenaje necesario al arquitecto Antoni Gaudí, obviando que el mensaje del Papa se lanza al mundo desde una ciudad española.
El Papa llegará a Barcelona en un clima enrarecido por la política, desvirtuando el carácter estrictamente espiritual e institucional del viaje. Mientras el Gobierno de la nación asiste con pasividad a este nuevo pulso identitario, los sectores más radicales intentan empañar el acontecimiento. La polémica del misal evidencia que, para el nacionalismo, la religión solo es útil si sirve como altavoz de sus consignas políticas.
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