El Ayuntamiento de Barcelona ha vuelto a sembrar la confusión entre los aficionados al fútbol a escasas horas de una cita histórica. La gestión municipal liderada por el PSC demuestra, una vez más, una evidente falta de previsión en los eventos que tocan la fibra nacional. En apenas veinticuatro horas, el consistorio ha cambiado drásticamente la ubicación de la pantalla gigante para seguir la final del Mundial.
La euforia por ver el duelo entre España y Argentina es total en las calles de la ciudad condal. Sin embargo, el equipo de Jaume Collboni parece desbordado por los acontecimientos o, peor aún, incómodo con la movilización. Los seguidores de la Selección española se encuentran ahora con un escenario logístico totalmente desordenado.
El pasado jueves por la mañana, el gobierno municipal anunciaba a bombo y platillo una ubicación céntrica. A través del Institut Barcelona Esports, se confirmó la instalación de una pantalla de grandes dimensiones en el distrito de Les Corts. El punto elegido era la calle Martí i Franquès, un lugar accesible y bien conectado.
La sorpresa llegó este viernes a mediodía, a solo cuarenta y ocho horas del pitido inicial en Nueva Jersey. En una polémica rectificación, el Ayuntamiento decidió cancelar el plan inicial y trasladar el evento a la Plataforma Marina del Fòrum. Un volantazo que ha indignado a los aficionados por la preocupante improvisación.
El consistorio justifica este traslado exprés por la enorme expectación generada entre la ciudadanía. Afirman de manera oficial que el Fòrum ofrece un espacio con mayor capacidad que las calles de Les Corts. Una excusa que no esconde la flagrante falta de cálculo de los responsables de la concejalía de Deportes.
Resulta difícil de creer que el potencial de convocatoria de la Selección española haya pillado por sorpresa al consistorio. Cualquier analista político o deportivo sabe que Barcelona se vuelca masivamente con el combinado nacional en las grandes citas. Prever un aforo reducido a las puertas de una final del mundo parece una negligencia imperdonable.
La nueva ubicación elegida arrastra la celebración hacia el extremo del litoral barcelonés, casi en el límite con San Adrián de Besós. Es un intento de alejar el fervor rojigualda del corazón de la ciudad. El Fòrum, por su aislamiento, suele ser el comodín perfecto para evitar grandes concentraciones en el núcleo urbano.
La falta de difusión de este cambio agrava todavía más la situación para los aficionados. Cientos de personas ya habían organizado sus planes de movilidad y restauración en torno a la zona de Les Corts. Ahora, la descoordinación municipal obliga a miles de seguidores a reorganizar su tarde dominical a contrarreloj.
Este episodio recuerda a las viejas reticencias de la izquierda catalana a la hora de facilitar el apoyo público a España. Aunque Collboni intente distanciarse de los complejos de la etapa de Ada Colau, la gestión real sigue arrastrando tics similares. El ninguneo organizativo a la afición española en Barcelona es ya una molesta tradición.
La final de este domingo a las nueve de la noche será una fiesta indiscutible a pesar de las trabas municipales. Los barceloneses acudirán en masa al Fòrum a apoyar al equipo, superando la caótica gestión de sus gobernantes. El Ayuntamiento ha mareado a la afición, pero no logrará frenar la ilusión de toda una ciudad.
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