El barrio de Sant Antoni se ha transformado en un auténtico quebradero de cabeza para el alcalde Jaume Collboni (PSC). Lo que en su día se presentó como un ejemplo de superilla y de rehabilitación urbana ahora refleja inseguridad, suciedad y un deterioro constante que preocupa tanto a vecinos como a comerciantes. La sensación general es que la gestión municipal no logra frenar la degradación del barrio.
El consumo de drogas en la vía pública se ha intensificado. Toxicómanos se inyectan heroína a plena luz del día cerca del Mercado de Sant Antoni, mientras otros esnifan sustancias en la calle, sin que exista una respuesta efectiva que controle estos comportamientos y proteja a los vecinos.
A esto se suma la proliferación de la venta ambulante ilegal, en paradas improvisadas, generando desorden y riesgos sanitarios. La falta de control ha convertido espacios públicos en improvisados puntos de venta, complicando la convivencia y el respeto a las normas urbanas.
Los robos y hurtos siguen siendo otra preocupación creciente. Comercios del barrio han sufrido varios asaltos nocturnos, incluyendo la rotura de escaparates de ópticas y pequeños establecimientos. La inseguridad ha aumentado, mientras que la presencia policial resulta insuficiente para frenar estos episodios.
El incivismo cotidiano también afecta la calidad de vida. Partidos de fútbol improvisados a altas horas de la noche en los alrededores del Mercado de Sant Antoni, con balones golpeando fachadas y comercios, y aceras llenas de excrementos humanos y caninos, reflejan un descontrol que parece no tener freno. Vecinos denuncian que estas situaciones impiden el descanso y generan un ambiente de caos.
Aunque el Ayuntamiento ha activado planes de choque que incluyen la retirada parcial de mobiliario urbano y refuerzos de patrullaje, los residentes consideran que las medidas llegan tarde y resultan insuficientes. La degradación constante convive con la sensación de abandono, generando frustración y desconfianza hacia la gestión municipal.
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