¿Patriotismo o nacionalismo? Según quién, cuándo y cómo. Un análisis de Mikel Arteta

MIkel Arteta

Por más chorros de tinta que se hayan gastado tratando de diferenciar patriotismo de nacionalismo, la distinción entre ambos conceptos no es clara ni puede serlo.

El nacionalismo se refiere a un proyecto político que sostiene que a cada nación le corresponde un Estado. Puesto que el concepto de nación es todo lo “discutido y discutible” que se quiera, el nacionalismo sólo puede acabar siendo el proyecto político de unas élites empeñadas en arrebatar a un Estado ya existente el poder soberano en parte de su territorio. Aprovechando la plasticidad del término nación, esas élites hambrientas de poder seleccionarán y reconstruirán algunos episodios históricos con los que elaborar una narración simple (y gracias a ello consistente) acerca de la nación con la que sus seguidores deberán identificarse; y esas mismas élites también seleccionarán los rasgos culturales (más o menos frecuentes en el territorio) que deberán caracterizar a su nación para luego imponerlos (mediante el sistema educativo y otros vehículos administrativos) a todos los individuos bajo su tutela administrativa.

La lengua es un rasgo típico, claro. Estas herramientas, que en Cataluña pueden identificarse fácilmente con el Programa 2000 de Jordi Pujol (filtrado por la prensa en 1990), ofrecen a los potenciales votantes nacionalistas una referencia clara de esa nación que aspiran a construir —en un perímetro dado— y a gobernar en exclusiva, con un nuevo Estado.

Si lograran su objetivo y rompieran con el Estado original/previo (España), el poder de las élites nacionalistas aumentaría porque dejarían de rendir cuentas hacia arriba por la gestión de sus recursos. En Cataluña, por ejemplo, podrían gestionar el litoral, el suelo de Barcelona, el puerto o el Corredor Mediterráneo excluyendo de los frutos y las rentas al resto de españoles.

Para tener éxito, estas élites necesitan que el individuo se difumine en el colectivo nacional; así erigen a la nación como único sujeto político relevante del que las propias élites nacionalistas no serían más que los legítimos representantes. Desaparecido el individuo, el ciudadano, el nacionalismo puede hacer pasar a la parte por el todo.

¿Cómo lograrlo? La mejor forma de generar una identidad colectiva —ese nosotros que las élites dicen representar- es oponiéndola a un ellos, a un afuera. En consecuencia, no puede haber nacionalismo sin supremacismo: los nacionalistas sostienen que merecen una organización distinta no sólo porque son distintos (para organizarse políticamente, a los individuos distintos les bastaría con respetar el pluralismo, es decir, con la democracia) sino porque son mejores. Y esta es clave del éxito nacionalista: donde la democracia exige lograr (y conformarse) con el igual reconocimiento de la dignidad de cada cual por parte de todos los demás, una justa aspiración del ideal moderno que aúna libertad e igualdad (democracia como “isotimia”, podríamos decir con Fukuyama en su último libro, Identidad), el nacionalismo promete a los suyos un reconocimiento superior al resto, desorbitado, “megalotímico”.

Y da igual si un nacionalista no ha hecho grandes méritos para ser reconocido: su grupo social, su nación, le proveerá ahora de ese calor anhelado frente a los demás. Es difícil que esto no derive en racismo y xenofobia. Trump, como Bush, necesita, para alimentar cierta identidad americana, al eje del mal. Maduro, como Chávez, necesita identificar al Presidente de EEUU con un “diablo” con olor a “azufre”. Un enemigo exterior sirve para apretar las propias filas. El nacionalismo catalán se opone a los españoles, retratados como “bestias”, “vagos” o “subsidiados”. Y no dejará escapar el victimismo por un muñeco de Puigdemont tiroteado aunque ese mismo pueblo haya tiroteado antes a Aznar o a Marhuenda. Vox, en su defensa de la nación española (pretendiéndola reducir a los toros, la caza o el folclore de la Semana Santa), se opone a los inmigrantes (los acusa de traer enfermedades) y amenaza con situarse junto con el grupo euroescéptico de Visegrado para oponerse también a la Unión Europea.

Este es el gran peligro de Vox, por cierto: su antieuropeísmo. Podemos, finalmente, encaja mal en esta lógica nacionalista y echa mano de un remedo: el afuera para ellos era la Troika o incluso un enemigo interno fantasmagórico, como “los de arriba” o “el uno por ciento”, un enemigo difuso y escaso que les permitiera dirigir su discurso a la mayoría de españoles. Aunque es verdad que de un tiempo a esta parte, desde la España de los balcones (que fue una reacción democrática frente a un ataque a nuestras libertades constitucionales que no debería patrimonializar el PP y mucho menos Abascal), el auge de Vox y la deslegitimación internacional del nacionalismo catalán, incluso los líderes de Podemos se suman a la fiesta de enseñar la banderita.

Frente a esto, se supone que el patriotismo, antes que un proyecto político, es un sentimiento que vincula al ciudadano con su patria. (De entrada, la referencia a un objeto distinto dificulta y mucho la comparación con el nacionalismo.) Por connotación, este vínculo del individuo con la comunidad subraya más la virtuosa autoafirmación del individuo en su lucha por la causa común que su reacción contra los otros, contra ellos, contra el afuera.

Ahora bien, esa lucha puede tener muchos grados y en el extremo no es raro concebir al patriota como alguien dispuesto a morir defendiendo su patria. Como no sabemos bien qué es la patria o qué la define como buena o mala, estamos ante un concepto que pueden hacer suyo tanto ilustrados que defienden reformas democráticas para su país como terroristas corsos. Además, no descartaría que la connotación positiva del patriotismo provenga de un sesgo cognitivo extendido: a mi inflamación identitaria la llamo patriotismo para distinguirme de tu nacionalismo.

En realidad, lo mejor para entender cada concepto es adjetivarlo y contextualizarlo.

Por una parte, podemos hablar del nacionalismo cívico e inclusivo que formó tándem con la expansión liberal y democrática desde finales del XVIII y durante el XIX. Por ejemplo, antes de la unificación italiana, sólo el 4% de los habitantes hablaba lo que acabó siendo el italiano. Que la escuela dotara a todos de una lengua común fue bueno económica y políticamente: era necesario que un ciudadano del norte y del sur se supieran iguales y no vasallos de distintos señores que habitaban dos mundos inconexos; y era bueno que la economía nacional dispusiese de todo ese mercado de trabajo.

Por otra parte encontramos el nacionalismo étnico, más propio del siglo XX, preocupado por definir ontológicamente a la nación, por asimilar o expulsar a los cuerpos extraños y por demarcar nítidamente el adentro y el afuera. Este último nacionalismo, en su versión extrema, es el de un Hitler preocupado por extender las fronteras de Alemania para ensanchar el “espacio vital” de la nación germana. Pero tiene muchas más versiones que no dejan de suponer un ataque a la democracia: aquí hemos conocido ya las consecuencias del nacionalismo vasco y del catalán. Y Compromís tampoco se cortó hace 4 años, defendiendo en su programa “la idea del País Valenciano como espacio vivencial dotado de una entidad plena”.

Análogamente, no es lo mismo un patriotismo dispuesto a la guerra para expandir las fronteras y las glorias de la patria, que el “patriotismo cívico” del que habló Ciudadanos, quienes debían tener en mente el “patriotismo constitucional” desarrollado por Jürgen Habermas. Este patriotismo, en la línea ilustrada, parte del Estado democrático existente y no pretende hacer coincidir sus fronteras con las de ninguna nación preestablecida (ni más grande ni más pequeña), sino hacerse cargo de la arbitrariedad de las fronteras existentes, de la imposibilidad de justificar moralmente la exclusión que toda frontera supone. A priori, al patriotismo constitucional no le faltan ni le sobran ciudadanos: son los que están y los que vendrán.

Los ciudadanos de un Estado conforman siempre una comunidad solidaria, de derechos y de obligaciones: nosotros que nos autogobernamos democráticamente, como iguales. Toda comunidad (incluida la comunidad política) conforma en cada uno de sus miembros una suerte de identidad colectiva que convive con su identidad individual. Y esa identidad colectiva (la de un individuo que se piensa ahora como nosotros) se distingue irremediablemente de los otros. El aporte del “patriotismo constitucional” frente al nacionalismo es el de tratar que esa identidad colectiva no sea supremacista, que sea reflexiva y no busque autoafirmarse contra ‘los otros’ sino poder abrirse a ellos.

Es una cultura política inclusiva, pluralista, laica, intolerante sólo con los intolerantes, y que exige a sus ciudadanos la adhesión tanto a los principios universales que caracterizan al procedimiento democrático como a las obligaciones emanadas de dicho procedimiento. No pide a los inmigrantes asimilación de costumbres locales ni integración más allá del derecho. Los incluye por los cauces reglamentarios y espera de ellos que participen en la vida social y política, que contribuyan a la evolución de esa cultura política, que es algo vivo y no una identidad esencial e inamovible. Lejos de preguntarse constantemente por la esencia de la españolidad (o de la catalanidad), el patriotismo constitucional, si nos lo tomamos en serio, implica reflexionar para contener las peores derivas nacionalistas, el supremacismo moral que conduce al racismo, a la xenofobia o a cualquier manifestación intolerante, incluidas, por supuesto, las derivas independentistas que quieren romper con el proyecto democrático común.

Cuesta entender cómo es posible que después de Auschwitz aún conciten adhesión proyectos de construcción nacional que sesgan de tal modo las libertades: imponen a los ciudadanos su particular lecho de Procusto para desafiar luego al Estado. Pero lo cierto es que están en auge por todo el mundo.

Frente a Auschwitz y frente a todos estos nacionalismos pensó Habermas el patriotismo constitucional. Hoy sigue siendo fundamental reivindicarlo: pero no como una forma de ser españoles sino una forma en que los españoles debemos estar en democracia.

Sólo si la construcción de la identidad ciudadana común es inclusiva, dinámica, y se limita a favorecer el funcionamiento de una comunidad de iguales, sin coartar los derechos individuales, el proyecto democrático será legítimo.

Mikel Arteta. Doctor en Filosofía Política. Autor de Construcción nacional en Valencia (Biblok, 2017).


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