Nuestra cultura y experiencia democráticas sigue siendo pobre. Aceptamos de buen grado restricciones de todo orden en lo que afecta a la libertad. Sin rechistar, sin objetar, sin discrepar. Se están planteando medidas desproporcionadas a un estado de desinformación mayúsculo y la inmensa mayoría asiente de forma estabular. No podemos sacrificar la libertad en la pira de la seguridad. No debemos aceptar limitaciones y suspensiones de nuestros derechos y libertades fundamentales sin discutir ni valorar alternativas menos invasivas.
Kelsen decía que la democracia es procedimiento y sólo procedimiento. Porque las formas en democracia son el fondo. Un Congreso que no se reúne no puede dejar hacer a un Gobierno que no consensua. Unos derechos que son esenciales no pueden arrumbarse sin motivos poderosos. Schwarz lo explica bien, si la democracia y sus formas no son capaces de resolver esta crisis, habrá ganado la solución autoritaria. Necesitamos espíritu crítico y compromiso cívico para evitar que el miedo cerval y la parálisis colectiva nos ocasione más daño que el propio virus. La salud colectiva es un bien superior pero la libertad individual debe ser garantizada. Conciliarlo es nuestra tarea. Luchemos por ella.
Ya lo hicieron nuestros mayores en momentos cruciales para el futuro de Europa y estuvieron a la altura de lo que demandaban esos momentos borrascosos. Su entrega y abnegación debe ser imitada, reconocida y recompensada. Paradójicamente algunos han pensado que estamos en momentos del “sálvese quien pueda” y es por tanto más eficaz abandonarles a su suerte y no socorrerles. Eso es criminal y cobarde. Nuestros jóvenes de hoy no han comprendido ni interiorizado esa penuria. No forma parte de su memoria porque no se lo han contado con rigor y exactitud. Por eso son tan dóciles frente al menoscabo de la libertad y las formas democráticas. Todo les ha venido dado, no han tenido que luchar por ella. De ahí que para ellos la libertad es un valor omnipresente que nunca se perderá. Y es un grave error porque en los momentos difíciles para nuestra sociedad la primera amenazada y malherida es la libertad. Hay que defenderla sin complejos y sin matices.
Mientras el Gobierno de España sigue dando palos de ciego y tiene ocurrencias como los internamientos masivos de los positivos por coronavirus asintomáticos, deben alzarse las voces autorizadas que manifiesten lo arbitrario y abusivo de un planteamiento de esa naturaleza. Cualquier restricción grave o suspensión de nuestros derechos fundamentales tiene que ser debatida y abordada por el legislativo. El Congreso, a través de una Ley Orgánica, es el único que puede aprobar tan severos impedimentos, porque, reitero, las formas y el fondo son lo mismo en una democracia parlamentaria.
Las soluciones no son fáciles pero deben ser proporcionadas. La libertad puede ser limitada incluso suspendida pero en último extremo, como principio de intervención mínima propio de nuestro sistema de Derecho Penal, con un carácter puramente fragmentario y no como una solución milagrosa, indolora y sanadora.
Los atajos pueden ser al final laberintos. Y en ese deambular vacilante y errático el mal puede ser un ingrediente añadido. España debe repensar su estrategia y debe hacerlo contando con todos. La apelación a la unidad es una burla si la decisión se toma en soledad.

Esa ha sido hasta la fecha la hoja de ruta del Gobierno Sánchez y la oposición debe plantarse. Si el próximo «Jueves Santo» el ejecutivo pretende obtener la autorización de la prórroga del «estado de alarma», los partidos que no dieron apoyo a la investidura de Pedro Sánchez serán los únicos garantes de las libertades y derechos fundamentales reconocidas en nuestra Carta Magna.
Nos va en ello la democracia y la libertad.
Sergio Santamaría
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