El noveno círculo y la izquierda caviar

Para entender buena parte, no todo evidentemente, de lo que nos está pasando, sobre todo en relación con la confusión conceptual, interesada o no, que nos rige, creo que tiene su interés referirse al término “izquierda caviar”, la “gauche caviar” francesa o “toscana-zosi” suiza, que en Inglaterra es “champagne socialists” y en EE. UU. “radical chic”, conceptos todos que remiten a la idea de contradicción entre postulados expresados y modo de vida practicado. No es, pues, un término o una actitud privatista nuestra, sino que está extendida por todos aquellos sectores, estén donde estén, que quizás no llegaron a tiempo a Mayo del 68 (con sus múltiples variantes) o que, en cualquier otro contexto, no quisieron o supieron afrontar determinadas tomas de posición que hubieran querido adoptar y que, por los motivos que sea, no llegaron o no se atrevieron a hacerlo.

Tampoco es un fenómeno nuevo, que hubiera nacido en el siglo XX, aunque hoy es más conocido porque los medios de comunicación ponen a nuestro alcance muchas más cosas que cuando los “correos” iban a caballo de posta en posta superando todo tipo de obstáculos. Sin poder adjetivar como “gauche” o “droite”, pero mostrando las contradicciones de poderosos, “influencers” y demás congéneres, la Historia está llena de episodios poco entendibles si no es desde estos que ahora consideramos modernos parámetros, pero que han sido evidenciados también, desde hace siglos, por el arte o la literatura. Quizás tengamos que recurrir a todo ello para entender por qué, en un momento determinado, ahora mismo por ejemplo, quienes para unos son traidores para otros son héroes o para tomar consciencia de las tergiversaciones de conceptos filosóficos o jurídicos que subyacen en determinadas posturas.

Porque no se trata de algo estrictamente novedoso. Dante se pasea con Virgilio en el Noveno Círculo cuando se refiere a los traidores. El Noveno Círculo era el que se situaba en la parte más baja del Infierno, donde residían los peores malhechores. En la primera zona, la Caina, los que traicionaron a sus allegados por atentar contra su confianza; en la segunda, la Antenora, a los traidores a sus conciudadanos, a la patria o instituciones políticas; en la tercera, la Tolomea, a los que habían traicionado a sus huéspedes, que era un grave delito en la tradición de la época; y, en la cuarta, la Judeca, estaban los que traicionaban a los benefactores, a quienes les habían ayudado. Todos ellos estaban sometidos a las peores torturas, más intensas cuanto más se descendía en el Averno.

Me llama la atención que La Divina Comedia considerase como una de las acciones más execrables la traición a la ciudadanía, la patria, las instituciones, en el sentido dantesco, situando a quienes la hubieran realizado (a Judas, Bruto y Casio, además de a Lucifer, el primer gran traidor bíblico, así como diversos personajes mitológicos) en el penúltimo eslabón de la perversidad. Me llama la atención porque compruebo que, ya en aquellos momentos, la ciudadanía, la patria, las instituciones… es decir, el sistema político, merecían un respeto cuya violación podía considerarse como traición. Y esto no lo decía solamente Dante. Desde antiguo (Tito Livio o Cicerón) hasta la modernidad (Maquiavelo, Montesquieu, Rousseau) o los defensores de la paz mundial como Kant o los utópicos… incluso en Kelsen con su visión estatalista y positivista, la patria se ha asimilado al Derecho y las instituciones del país, generándose la idea de un reconocimiento o adhesión cívica a la misma, que no tenía que ser traicionado.

No es que quiera, amparándome en La Divina Comedia, enviar al Noveno Círculo a todos aquellos que no estén conformes con el orden establecido. Nada más lejos de mi intención. Pero sí que me parece oportuno realizar ciertas reflexiones en torno a su vigencia, sus aportaciones positivas y, también sus desajustes y sus posibilidades de reforma. Para ello, dado que estamos en un país cuyo sistema se inserta entre los de las democracias surgidas en Europa tras la Segunda Guerra Mundial, que está regido por una Constitución que también es heredera en buena parte de las que se adoptaron en la segunda mitad del siglo XX, creo que sería bueno, para entroncar con Dante, examinar el concepto de patriotismo constitucional, que tanto recorrido ha tenido en el constitucionalismo alemán y europeo, aunque no se haya consolidado como institución jurídica normalizada en el nuestro.

De entrada no niego que la utilización del concepto patriotismo constitucional puede generar resistencias. Estamos tan acomplejados en este nuestro país que tanto el sustantivo patriotismo como el adjetivo constitucional, según donde lo utilicemos, constituye la mejor “provocación” para que nos llamen, directamente, “fachas”, fascistas o franquistas. Y, al tercer o cuarto exabrupto, como es prácticamente imposible razonar frente a los improperios, dejamos de utilizarlos. Por eso es importante saber de qué estamos hablando.

Fue Sternberger, jurista y politólogo, quien acuñó el término, en un artículo periodístico que escribió con motivo del 30 aniversario de la Ley Fundamental de Bonn, en 1979. Sternberger creía que el hecho de que Alemania se hubiera dotado, tras la derrota militar del nacionalsocialismo, de una cultura política democrática, fundamentada no en conceptos etnicistas ni la evocación del pasado histórico, sino en los derechos de participación consagrados en la Constitución, que los reconoce y garantiza, tendría que ser un motivo de orgullo no sólo para la generación del momento sino para las futuras generaciones. Ello se inscribió también en un debate entre historiadores, filósofos y otros intelectuales, que encontraban grandes dificultades para reconciliarse con la barbarie del pasado y fue aquí donde Habermas, su gran divulgador, confirió un sentido moral al concepto de patriotismo constitucional, argumentando que el sistema político debía formarse alrededor de una identidad colectiva que se inspirase en la democracia y el respeto a los derechos humanos. Al mismo tiempo, esta estructura de pensamiento permitió que, tras la caída del muro de Berlín, los alemanes de uno y otro lado pudieran considerarse a sí mismos, con la unificación, como “un” pueblo.

Contrariamente a todo tipo de nacionalismo, los integrantes de ese pueblo no se basaban en un sentimiento identitario, sino en un concepto racional que les reconocía el poder elegir ser ciudadanos, no de cualquier país, sino de uno fundamentado en los principios del constitucionalismo democrático y del cual se podía, por ello, estar orgulloso. El Estado democrático constitucional ha sido, desde tal perspectiva, un paradigma con vocación universal. Es significativo, al respecto, el diálogo de Habermas con Ratzinger en la obra “Entre razón y religión. Dialéctica de la secularización”. Y la influencia que el pensamiento de Habermas ha ejercido en la concepción intelectual del proceso de integración europea y en el ámbito de la interpretación jurídica realizada por los Tribunales constitucionales, como paradigma ético vinculante, es también relevante.

Pero aquí, entre nosotros, no hemos, como país, interiorizado adecuadamente esta cultura constitucional. Razones históricas no nos faltan para explicarlo, pero ello no es argumento válido en pleno siglo XXI. En las últimas décadas, no se ha impulsado un sentido de lealtad hacia las instituciones, sino todo lo contrario. Se menosprecia el Estado de Derecho y se pretende imponer lo decidido mediante cualquier procedimiento, aunque no sea el legalmente predeterminado. Se pretenden asegurar los derechos de grupos más o menos cohesionados o numerosos frente a los derechos de las personas, rompiéndose así el principio de dignidad y de libertad de todos y cada uno de los componentes de la ciudadanía. Si hubiéramos interiorizado la ciudadanía constitucional, no se sostendría el nacionalismo excluyente y la razón se impondría a las abundantes patologías políticas que nos circundan, atrincheradas tras los particularismos.

De ahí que, desde esa “izquierda caviar” que también vive, y pontifica, entre nosotros, se está traicionando lo que edificamos, trabajosamente, durante la transición a la democracia. Con un complejo impropio de mentes adultas y conscientes de que nada es perfecto, pero todo es mejorable, estamos vilipendiando el consenso que nos llevó a adoptar una Constitución que ha sido un modelo altamente seguido en Europa (se tuvo como patrón en la elaboración de las Constituciones en muchos países de Europa del Este tras la caída del comunismo) y en América (varias constituciones de la década de los noventa se inspiraron en la española de 1978).

Desde postulados parecidos, se critican decisiones judiciales simplemente por razones ideológicas, sin que se argumente el por qué de la crítica desde los parámetros jurídicos que la sostendrían. Desde posiciones irracionales se arenga a las masas, pretendiendo deslegitimar a las instituciones. Se divide a la sociedad en buenos y malos ciudadanos, según si apoyan emocionalmente el “bien” o el “mal” que se ha preestablecido previamente según si se concuerda o no con determinados objetivos. Se banalizan las conductas punibles porque, a juicio interesado de algunos, nunca cumplen con los indicadores precisos que tendrían que definirlas. Se pretende, en suma, con todas las tergiversaciones posibles, traicionar las garantías de democracia que tanto costó obtener. Y se pretende, también, deslegitimando los procedimientos, impedir que el sistema pueda mejorar, conservando lo que ha sido positivo y reformando lo que precise ser modificado.

¿Iremos a parar al Noveno Círculo?


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