En 1959 se armó una buena después de que el entonces director de La Vanguardia por la gracia de Dios y de Franco (quien nombraba a todos los directores de periódico de la época…), Luis Martínez de Galinsoga de la Serna, fuese a misa en una iglesia de Barcelona, se encontrara con la para él desagradable sorpresa de que parte de la homilía la hacían en catalán (el resto, en latín), fuese a la sacristía a quejarse y ¡encima!, el cura le dijese que tenían permiso. “¡Todos los catalanes son una mierda!”, proclamo Galinsoga, lo bastante a voz en grito como para que todo el mundo le oyera. Un tal Jordi Pujol se puso al frente de las juventudes católicas para desatar tal campaña contra La Vanguardia, que el diario perdió 20.000 suscriptores y tuvo que reducir su tirada en 30.000 ejemplares. Franco acabó cediendo a las presiones para cesar al impresentable de Galinsoga, al que por cierto reemplazaría Manuel Aznar, abuelo del futuro presidente del gobierno.
Galinsoga, cartagenero y director del ABC de Sevilla durante la guerra civil, sin duda encajaba más que otros en el perfil de no catalán incrustado en Cataluña que Jordi Pujol tenía en mente cuando publico sus primeros escritos sobre el tema: una mezcla de alienígenas, fuerzas de ocupación y hordas primitivas. Bien es cierto que Pujol, uno de los políticos más listos que servidora ha conocido, refinó mucho con el tiempo su percepción de estos temas o, por lo menos, la divulgación expresa de los mismos. No me negaran que tiene mérito pasar de describir a los andaluces como “hombres a medio hacer”, y a ver cualquier migración del resto de España o hasta de la América Latina (por aquello de hablar español, ya me entienden) como una amenaza demográfica, a proclamar que “catalán es todo aquel que vive y trabaja en Cataluña, y desea serlo”.
Sin duda una de las frases más hermosas que se hayan pronunciado jamás por aquí, al margen de su sinceridad real. Yo misma me la creí durante años, y la sacaba a relucir cada vez que alguien me intentaba discutir que los catalanes no fuéramos gente liberal y abierta de mente. Igual que yo se la creyeron otros muchos, y esa es una de las claves de un curioso fenómeno que a veces intriga a los politólogos: la proliferación, sobre todo en la última década, de apasionados independentistas que ni siquiera son nacidos en Cataluña.
A veces ni siquiera viven en ella o hablan la lengua, aunque ellos se puedan creer que sí. Son los curiosos casos de Beatriz Talegón y Ramón Cotarelo, de profesión (que no de inclinación o de hobby: hablo de su fuente primaria de ingresos) turistas políticos. Igual que hay quien se pasa quince días en Cuba trasegando mojitos y vuelve más castrista que nadie (castrista por teletrabajo, eso sí), existe el indepe visitante, sea porque ha hecho un posgrado en la misma universidad extranjera que, pongamos, Clara Ponsatí, y le han comido el coco, sea porque de verdad le han llovido prebendas y recursos para ayudarle a “ver la luz” estelada… más y mejor que los catalanes de toda la vida, que lo somos gratis.
Pero, en gran medida gracias al astuto giro copernicano de Pujol en sus discursos y actitudes sobre la inmigración, existe también un tipo genuino de independentista de procedencia extranjera, mas de arraigo profundo, demostrable y de larga duración. Se explican así perfiles como el de la diputada dels Comuns de origen colombiano Jessica González (defensora entusiasta de la inmersión lingüística) o el de la diputada de ERC Najat Driouech, de origen magrebí.
Con Najat Driouech tengo una relación cordial por varias razones. Porque ella es como es, de trato muy afable. Porque cuando un teniente de alcalde de Junts me comparó con una prostituta y la entonces todavía omnímoda Laura Borràs le rió la gracia y le hizo RT, Najat fue una de las adversarias políticas que, sin pensárselo dos veces, me hizo llegar su apoyo. Y además me estuvo contando de un discreto pero largo historial de agresiones por un estilo que ella estaba y está acostumbrada a padecer por su condición de musulmana, que asiste velada a los plenos. Me ha hablado a veces de su marido, soldador de profesión, y de sus tres hijos de 13, 10 y 4 años. Cada vez que les menciona se le ilumina la cara. No les pasa lo mismo a ciertas personas que, por ejemplo, le han mandado mensajes del odio del tipo “vete a parir hijos a tu país y no al nuestro para pillar la subvención”…
Otra clave de mi buen trato con Najat Driouech, modestia aparte, creo que es mérito mío. Yo combato el independentismo catalán pero jamás he intentado usar mi condición de catalana étnica para hacer “callar” a un independentista por no ser pues eso mismo, catalán. He aguantado toda clase de discursos de mis amigos extranjeros que hacen turismo indepe, que los tengo.
Soporté un debate entero en TV con Ramón Cotarelo en lo que él se cree que es hablar catalán, sin perder la sonrisa ni la compostura. Íntimamente puedo sentir perplejidad por el caso de Najat. Puedo preguntarme qué secuencia de causa, efecto y convicción la ha llevado a ser de ERC. Pero, como yo sí me creo lo que Pujol decía que se creía -catalán es todo aquel que vive y trabaja en Cataluña, y desea serlo-, no seré yo quién especule sobre los motivos de nadie.
Sí creo que ha llegado el momento de hacer algo más que especular sobre las contradicciones de cierta otra gente. Debo decir que los insultos a Najat Driouech (botiflera, traidora, MORA DE MIERDA…) de los ciento y pico seguidores dementes de Laura Borràs que este jueves se concentraron a las puertas del Parlament para protestar por su suspensión, me han apenado más de lo que me han sorprendido. Que no me he llevado una sorpresa lo que se dice mayúscula, vamos.
¿Y ella, Najat, se la ha llevado? Eso es lo que me gustaría de verdad saber. Yo que provengo del mundo catalanista y me precio de conocer sus añadas, sé del irredento elemento supremacista, clasista y racista (todo en uno) que a poco que rascas, sale de cierta gente. Por supuesto, a todos los dirigentes con Junts con dos dedos de frente les ha faltado tiempo para condenar los insultos racistas a la diputada musulmana de ERC y hacer como que la cosa no va con ellos…
Pero, si de verdad no fuera, no estaríamos aquí. Ni habría una presidenta del Parlament suspendida por su infinita arrogancia, ni un vicepresidente de Junts investigado por sacudir del brazo a la subdirectora de un programa de TV3 por el atrevimiento de ciertas entrevistas, ni se abrirían las puertas de cierta idea de la “nación” a criaturas exóticas…para negarles en el fondo la condición de “uno de los nuestros”. Vamos a ver: a mí que soy catalana por los cuatro costados, me llaman “ñorda” por combatir la independencia… ¿no van a llamar a Najat “mora de mierda” a la primera oportunidad de desahogarse? Si en el fondo, desde el punto de vista de la ultraderecha catalana, se están haciendo realidad las peores pesadillas de Pujol: Cataluña invadida por las hordas extranjeras…¡qué encima llevan velo musulmán y el carnet de ERC en la boca!
¿Hay independentistas buenos y malos? Para cierta gente, sí. Yo por mi parte, reitero lo que he dicho siempre: mi enemigo no es el independentismo, es el procesismo supremacista. Es decir, el avasallamiento de todo aquel que no es independentista, o, simplificando, de los nuestros. Siendo ese criterio, “de los nuestros”, cada vez más restrictivo. Como ya he lamentado alguna vez, ya es triste que ahora no te dejen ni ser catalán si no te proclamas indepe, mientras que si te proclamas indepe te catalanizan por la vía rápida sin discutir vengas de donde vengas… hasta que saltan chispas por los privilegios de alguien de toda la vida como Laura Borràs.
Entonces se les cae la careta y sale lo que sale: la bestia. Las bestias. Tan enrocadas que hay que arrancarlas de la poltrona y sacarlas a rastras una por una. Voto a voto.
Anna Grau es diputada de Cs en el Parlament
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