
Las instrucciones que las entidades secesionistas han dado a sus activistas lo dejan claro: lo importante no es votar, sino montar largas colas, con sillas plegables, fiambreras con tortilla de patatas y paraguas si es necesario, ante los locales ‘electorales’. Todos en orden y papeleta en la mano, porque «el mundo nos mira» y hay que montar el show.
No es un referéndum, porque los secesionistas nunca han pretendido montar una consulta de verdad, lo que quedó claro desde el momento en el que se saltaron el marco constitucional. La Justicia ha hecho su trabajo de impedir lo que era un incumplimiento flagrante de las leyes.
El 1 de octubre no es nada más que una ‘performance’ de efectos propagandísticos para la prensa extranjera, para dar la sensación que todo el «pueblo catalán» quiere «votar» para separarse de España. Solo les interesa la foto, el seguir agitando las aguas para intentar romper el vacío que la comunidad internacional le ha aplicado.
Serán doscientos mil, tal vez trescientos o cuatrocientos mil, pero no se moverán en doce horas de la puerta de los locales ‘electorales’ y dirán que son tres millones. No hay autoridad electoral, ni censo mínimamente fiable, ni participación de la oposición, las mesas ‘electorales’ las constituirán ellos mismos en plan Juan Palomo. Será una vergüenza democrática que intentarán vender como un triunfo democrático.
Ante esta payasada solo nos queda la normalidad. Es domingo. Vayan a comerse una paella, al cine, a ver un partido de fútbol, jueguen con sus hijos o lean un libro. Pero no se acerquen a la fiesta particular de los separatistas. Ni para intentar votar «no», porque no es una votación, es otra cosa mucho más siniestra.
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