No pueden evitarlo

¿Recuerdan ustedes la famosa película “Amistades peligrosas”? El gobierno de Cataluña se ha empeñado en declarar la independencia para seguir alimentando, como en la película, una espiral de juegos de poder, mentiras y traición. Y cada vez que la oposición se lo recrimina, insisten con pertinaz obstinación en que “no pueden evitarlo”.

Tras el atentado de Barcelona creímos que, siendo España un país lamentablemente acostumbrado a los actos terroristas y, la nuestra, una sociedad que ha sabido siempre honrar a sus víctimas, la manifestación del sábado sería un momento para mostrar al mundo la capacidad de unirnos en una sola voz para gritar: “¡no al terrorismo!”. Pero lamentablemente no pudieron evitar convertirla en el escenario de sus afrentas y ahogaron cualquier intento de recriminación a los autores de la masacre. No pudieron evitarlo.

Creímos que las declaraciones y las actitudes mostradas por todos los partidos eran el síntoma de una tregua en sus delirios para honrar a los muertos. Pero pese a todas las voces que llamaron a la unidad, pese a las grandes muestras de afecto y consuelo expresadas tanto por el Jefe del Estado como por los líderes mundiales, pese a que han sido los ciudadanos españoles y de otras muchas nacionalidades quienes con sus lágrimas y condolencias escritas han inundado las Ramblas, ellos y su mezquindad no han podido evitarlo.

Era el momento de condenar el terrorismo, de recordar a las víctimas inocentes y dignificar su memoria, de advertir que nadie podrá destruir la conquista de la libertad que nos ha costado tanto esfuerzo construir entre todos. Era el momento de mostrar al mundo el respeto, la fuerza de Barcelona y nuestro firme compromiso en la lucha contra quiénes, en nombre de su Dios, nos quieren destruir. Y en lugar de eso, no pudieron evitar exhibir su miseria moral, olvidándose del rechazo al terrorismo y de las víctimas, la verdadera razón por la que la mayoría estábamos allí.

No pudieron evitarlo y, en su delirante ambición separatista, instrumentalizaron una manifestación de unidad y duelo hasta convertirla en el escenario en el que gritar con odio sus consignas de enfrentamiento y división.

No pudieron evitar que, quienes no tienen reparo en abrazarse con terroristas condenados, exhibieran sus miserables pancartas acusando a otros de financiar el terrorismo, con lemas mezquinos como “vuestras políticas, nuestros muertos”, obviando que el gobierno de la Generalitat promueve negocios con Arabia Saudí y mantiene con nuestros impuestos una delegación en el país.

No pudieron evitar convertirse en el hazmerreír del mundo provocando titulares que nos avergüenzan en las cabeceras de todos los diarios internacionales. Países serios que ven con preocupación cómo el gobierno de Cataluña, en lugar de mostrar respeto, ha politizado una manifestación contra un atentado terrorista de dimensión global.

En la manifestación del sábado no sentimos miedo, pero sentimos vergüenza de unos dirigentes a quienes solo les importan sus juegos de poder y sus delirios separatistas a pesar de saber que acabarán mal para sus protagonistas.

Muchos ciudadanos de bien deben estar haciéndose estos días la fatídica pregunta: “¿Cómo hemos podido llegar a esto? ¿Cómo hemos podido llegar a que las sobredosis de buenismo nos hagan creer que los terroristas son solo niños adoctrinados y quienes los combaten son culpables?”.

Con rotundidad les respondo: ¡Hay que evitarlo!


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