En los últimos tiempos, los casos de hispanofobia son cada vez más notorios, la oveja nacionalista ya se ha sacado la careta y ya deja ver el lobo racista y supremacista.
Durante 40 años los diferentes gobiernos de España han blanqueado a los nacionalismos, algo impensable en la mayoría de países del resto de Europa, que han sufrieron dos guerras mundiales, provocadas por esta enfermedad infantil, tal y como la definió Albert Einstein.
Si hoy estuvieran vivos, grandes figuras que lucharon contra el racismo, el segregacionismo o el nacionalismo como Abraham Lincoln, Martin Luther King, Nelson Mandela o como hemos citado Albert Einstein, entre otros. No dudarían en señalar al mal llamado nacionalismo catalán como racista y supremacista.
Sin embargo, en España, con la complacencia de determinados medios y “panfletos” digitales del odio, regados por la Generalidad de Cataluña, se ve el nacionalismo y el independentismo, como un movimiento simpático, alegre y combativo contra un “estado opresor”.
Nada más lejos de la realidad, los únicos oprimidos no son los racistas catalanes, sino la mayoría de catalanes no nacionalistas, que ven cómo su administración regional, utiliza las instituciones públicas para hacer propaganda, se gasta el dinero de todos, en utilizar los medios de comunicación públicos a su antojo y subvencionar a todos aquellos que secundan su plan, organizaciones, empresas, asociaciones, regadas con millones de euros de dinero público, para seguir creando un relato inventado y de ficción.
Toda esta ficción ha derivado en frustración, al ver poco a poco, que el cuento no se está cumpliendo como se prometía e Ítaca, parece no existir. El germen de la xenofobia, plantada por Jordi Pujol y su programa 2000, ya se ha escapado del control de sus líderes.
Las agresiones, las amenazas, los insultos, las vejaciones y humillaciones a quién no está adoctrinado, ni piensa como ellos, han pasado de ser una anécdota, a ser algo habitual.
Antes incluso se blanqueaba, con un “es una minoría del independentismo, la mayoría es pacífico”. Pero podemos poner el ejemplo de hace unos días. Con el caso de una niña supuestamente agredida, por pintar una bandera de España.
O cuando la presidenta de la asociación ANC llamó “La española está, que pesada” a una periodista. Y recordemos como Empar Moliner dijo hace un tiempo que en “en mi país los camellos y las putas no hablan en catalán”.
En cualquier sociedad democrática esto sería una repulsa generalizada. El problema es que, en Cataluña, la democracia ya no existe. La democracia, la han pervertido. La presencia del Estado es testimonial y el ‘Parlament’ apenas sin actividad, está “secuestrado” por el sectario nacionalismo racista.
Quizás ha llegado el momento de dejar de llamar a los racistas, nacionalistas e independentistas. Eso no les afecta, pues son nombres que han creado ellos, para que nadie les pueda “ofender”. ¿Pero qué pasará si les comenzamos a llamar por su nombre? RACISTAS.
Miguel Martínez
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