En los últimos tiempos, las noticias sobre el independentismo catalán las ha monopolizado lo que antes se llamaba “Crónica de tribunales”: primero los indultos y luego los embargos del Tribunal de Cuentas por las trapacerías cometidas con el dinero público entre 2014 y 2017.
El ruido de ambas cosas ha hecho que pase desapercibida la polémica sobre el empleo del castellano en las pruebas de acceso a la Universidad. Ya se sabe que para el nacionalismo catalán lo primero es la lengua que se emplea en el sistema educativo, porque la inmersión representa la pieza clave de la aculturación de los hijos y nietos de los que, provenientes del resto de España, se instalaron allí durante el franquismo. La pretensión de monopolio del idioma catalán -la lengua propia, como proclamó el Estatuto de 1979- ha devenido un instrumento esencial del apartheid, que luego, por lógica, se prolonga durante la vida laboral y aun para las relaciones sociales. O pasas por el aro o pura y simplemente dejas de existir e incluso -cosas veredes, querido Sancho- se te tacha de opresor y se te acusa de destilar odio. El mundo al revés, pero en esas estamos.
Hablando de segregacionismos (y del supremacismo que siempre les subyace), resulta inevitable acordarse de la Sudáfrica de los años ochenta y noventa. El último gobernante que se aferró a tan odioso sistema fue Pieter Willem Botha, conocido como “El gran cocodrilo”, Primer Ministro entre 1978 y 1984 y luego (1984-1989) Presidente de la República. En su descargo habría quizá que recordar que las cosas empezaron a aflojarse un poco: se levantó la prohibición del matrimonio interracial y, desde el punto de vista del asentamiento de la población no blanca –coloured– en el territorio (antes prohibida en ciertas zonas como consecuencia de la Ley de Áreas de Grupo), también se comenzó a abrir la mano. Pero no nos engañemos: pese a la presión internacional, Botha siempre se mantuvo firme en la idea de que los blancos estaban ungidos, con respecto a los negros, de un hecho diferencial que resultaba insalvable.
En 1989 le sucedió Frederik Wilhelm de Klerk y sólo entonces las cosas cambiaron de verdad y para bien. La Presidencia de Nelson Mandela -todo un icono- fue la siguiente, entre 1994 y 1999, con el propio De Klerk de segundo: un gesto muy celebrado, por cierto.
Los independentistas catalanes andan buscando parangones en el mundo aunque no terminan de dar en el clavo, porque los supuestos modelos -Quebec y ahora Escocia- no encajan ni a martillazos. Y lo mismo sucede con los indultados, a alguno de los cuales, puestos a buscarle un referente sudafricano de finales del siglo XX, se ha intentado parangonar con… ¡Mandela! Un personaje con una imagen tan atractiva que, en el actual contexto catalán, también se ha intentado parangonar con él a … ¡Pedro Sánchez! Todo vuelve a ser un puro disparate. Hay que recordar la admonición de Antonio Robles en un artículo de 26 de noviembre de 2020 hablando de todos esos personajes: “¡Quitad vuestras sucias manos de Mandela!”.
Si Botha salió del poder en 1989 fue porque había sufrido un ataque cardiovascular, pero vivió hasta 2006, por cierto sin cambiar de opinión y por tanto sin arrepentirse de nada. Incluso rechazó testificar en la llamada Comisión de la Verdad y la Reconciliación que se organizó bajo el gobierno de Mandela. Genio y figura, “El gran cocodrilo”: de esos que tienen claro que, si se quiere disfrutar de una buena convivencia entre diferentes, lo mejor y más sano es el cordón sanitario. Con arrimarse, puede uno terminarse rozando y sabe Dios cómo acabarían las cosas. El diálogo, mejor a distancia.
El tal Botha no se vio condenado penalmente y por tanto no hubo ocasión de discutir sobre las medidas de gracia a las que tal vez, y con argumentos más o menos retorcidos, habría podido acogerse. Una pena, porque en ese debate habríamos tenido -ahora sí- una piedra de toque.
No. En Mandela no pueden reconocerse ninguno de los indultados. Ni, por supuesto, tampoco el indultador.
Antonio Jiménez-Blanco Carrillo de Albornoz
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