Narcisos en Barcelona

Por fin el mundo entero podrá admirarnos a los catalanes. ¡Ya era hora! Cómo no hacerlo después de nuestro ejemplar comportamiento ante el atentado sufrido el 17 de agosto. Todos los catalanes (bueno, menos los terroristas de Ripoll) demostramos nuestra altura moral, nuestra solidaridad y nuestra eficiencia sin desmayar un solo segundo.

Siempre habrá quien intente reprocharnos algo, claro, como que los Mossos no estuvieron lo suficientemente avispados con la explosión de Alcanar. Pero qué sabrá una pobre jueza (no exageri, señoría). También habrá quien considere que la “operación jaula” fue un verdadero fiasco, ya que permitió que el terrorista al que buscaban pudiera escapar y llevarse por delante al pobre Pablo Pérez de quien no se supo si era cómplice o víctima hasta cuatro días después. Pero eso es tener muy mala fe y tratar de ensuciar la honorabilidad de nuestro magnífico cuerpo policial.

Bien es verdad que barceloneses muertos no hay más que uno, y catalanes solo dos, de manera que lo del atentado mucho dolor auténtico en las familias de aquí no ha producido. Y para muestra de lo que digo, la sonrisa radiante de Ada Colau al verse de protagonista junto al Rey. Ni una lágrima, oiga. En realidad ha sido mayor el trauma de sabernos vulnerables, nosotros, que somos gente de paz, gente solidaria que preferimos acoger refugiados que soportar españoles.

De ahí que nos hayamos centrado en proteger a nuestros buenos vecinos musulmanes de la posible islamofobia, especialmente a las pobres familias de esos muchachos inocentes, ‘nous catalans’ completamente integrados, independentistas incluso algunos de ellos. Les hemos procurado asistencia psicológica, e incluso el padre del niño de Rubí, asesinado en el atentado, abrazó al imán para demostrar su altura moral, su madera de héroe.

Se queja la familia de la víctima zaragozana de Cambrils de que a ellos se les dejó un poco solos. ¡Qué insolidarios!

Y ahora nos acusan de aprovechar una manifestación que se iba a ver en todo el mundo para manifestarnos tal como somos. ¡Faltaría más! ¡Con lo qué dominamos nosotros la técnica del espectáculo! ¿Cómo íbamos a desaprovechar la ocasión? Lemas como: “Vuestras guerras, nuestros muertos” hablan de nuestra superioridad ética, que nos lleva a rechazar la presencia del Rey y del presidente Rajoy porque trafican con armas (sí, ya sé que parte de esa industria radica en Cataluña, y está lo del patrocinio del Barça. Bah, minucias).

Y, por último, hay que resaltar nuestra gran habilidad y nuestra capacidad de organización. Todos han podido ver los montones de pancartas que se repartieron contra la islamofobia, contra el Rey, por la paz, etc. Es verdad que se nos olvidó poner alguna contra el terrorismo, pero es que eso es pecata minuta cuando está en marcha el ‘procés’ que nos llevará a la libertad y a sacarnos de encima la mugre españolista. Por eso supimos ocupar la segunda fila de la manifestación con nuestras ‘esteladas’, de manera que, aunque detrás apenas había ninguna más, con la inestimable realización de TV3 parecía que había una multitud de ellas.

Qué listos, somos, qué guapos, qué altos, qué maravillosos. El mundo, por fin, ha podido darse cuenta.


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