Nacionalismo y uniformidad ante el horror vacui

Nacionalismo. Populismo y racismo identitarios. Fundamentalismos y movimientos de la llamada “ideología de la identidad”, ecologismo, feminismo, ideología de género. El nacionalismo es un movimiento transversal. Implica un modo de pensar en el que prima lo colectivo. Pretensión de certeza grupal. El nacionalista, y sus variantes, barruntan así: la verdad es lo mío, la mentira de los otros. Es un modo de pensar simplista y excluyente. Es cómodo para el pensamiento adaptarse a un molde fijo. Es práctico. El pensamiento débil necesita una balsa a la que agarrarse porque sino teme naufragar. La balsa son las identidades esquemáticas, recortadas, fetichistas. ¿Qué naufragio teme el nacionalista? El del océano sin orillas, el del mar sin horizontes. El nacionalista se refugia en su pensamiento único, en sus cómodas certezas frente a la nada, frente al vacío.

El hombre de nuestra época se ha habituado a ocupar una bancada trivial. El pensamiento uniforme sienta sus reales en su butaca. Es tal la identificación entre este pensamiento débil y su respectivo taburete que todo el mundo ya sabe lo que el personal, según su silla, va a decir sobre cualquier tema. Es el hombre-bancada. Conocemos su catálogo. Esta asimilación del pensamiento a la empaquetada óptica del catálogo, del menú diario, es tan obvia que el partido populista que todos conocemos llegó a presentar su programa como un catálogo que emulaba a Ikea.

El pensamiento se vuelve partido, marca. La marca se vuelve catálogo. Algunos de estos partidos ofrecen su consabida mercancía: roja, verde y lila. La mercancía es tan previsible e insulsa que se define por un color, por una bandera. Pensamiento coloreado. Esa necesidad cromática delata la falta de conceptos. El nacionalismo es el paroxismo del pensamiento cromático. De unos colores. Pensamiento deportivo. Fanáticos que nunca reconocerán razón alguna en el adversario. Así razonan los populistas cuando dicen que no cumplirán las leyes que les parezcan injustas. El pensar nacionalista es el absolutismo.

La mentalidad nacionalista, la superioridad moral, la confianza excluyente en que la verdad está de parte de lo propio, pero no de lo ajeno. El maniqueísmo. Así razona el carterista. Ahora la picaresca se ha sofisticado: se le llama “posverdad”. Los apóstoles del pensamiento débil, ya sean identitarios  o “progres”, “femen” o fundamentalistas, todos tienen una cosa en común: al negarle la verdad a los otros, ese mar en que no se quiere naufragar, están reconociendo que lo otro, lo que no son ellos, de lo que no pueden dar cuenta ellos, se les escapa. Este reconocimiento significa, aunque ni ellos mismos lo sepan, reconocer su propio límite. Y, por tanto, el desconocimiento de los otros ha de ser desconocimiento sobre lo propio, en tanto que es lo otro lo que está delimitando a lo propio.

En realidad, cuando el excluyente de turno está negando la validez o la verdad de los otros lo que está haciendo es negarse a sí mismo: negar que él mismo sea la verdad, negar que él mismo tenga la verdad, o al menos toda, en tanto que reconoce que la suya no es la de los otros. Por tanto el excluyente es un idiota porque ni él mismo se da cuenta de lo que está afirmando. Al limitarse a sí mismo está afirmando a los otros. Al negar compartir su verdad con los otros está reconociendo que su verdad es pequeña, pero la de los otros grande. En definitiva que no hay ni puede haber pensamiento único de parte. El pensamiento se vuelve cacerolada. ¿Emergerá la inteligencia?

Lo partido, el partido, no puede ser absoluto. Reconocer esto es lo más duro para el autocomplaciente: ni lo suyo es tan bueno ni lo del adversario tan malo. Estas reflexiones no tienen mucho alcance práctico pero minan la moral de la llamada autoridad moral.

 

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