Mundo rural y mundo urbano

Desde los orígenes de la humanidad constituye una constante en la historia que el proceso civilizador se ha iniciado siempre en las ciudades. Desde la época de los sumerios, asirios y babilonios, las ciudades de Mesopotamia irradiaron las primeras culturas que han ido evolucionando hasta nuestros días.

Este fenómeno evolutivo se produce porque en las ciudades, que reciben a un gran número de comerciantes y viajeros, se genera un intercambio cultural que favorece y enriquece la cultura autóctona de la ciudad. Por su parte en los núcleos pequeños de población, al no se producirse este intercambio de ideas, el pensamiento no evoluciona tan rápidamente como en las ciudades, ralentizándose por lo tanto el proceso civilizador.

Las ciudades a lo largo de toda la historia, han sido más permeables a los cambios y al discurrir libre de las ideas. Sin embargo los pueblos se han mantenido como núcleos humanos más herméticos a la innovación, y a todo lo que venía de fuera, y esto lógicamente también incluye al pensamiento político.

Lo urbano, lo moderno, lo cosmopolita, siempre acaba prevaleciendo por encima de lo rural, lo arcaico y lo tribal. Este axioma antropológico tiene una validez indefinida y a la vez universal. Sin embargo los hombres del campo y de las montañas, tradicionalmente se han resistido a cualquier tipo de cambio que modificase su comportamiento social.

Este retraso cultural de las zonas rurales tiene su traslación en las ideas políticas, y por ello resulta patente que en los pueblos españoles, como en cualquier país del mundo, el sentimiento colectivo suele ser más conservador y menos susceptible de ser renovado con ideas más modernas.

Esa disparidad ideológica generó en España las guerras carlistas del siglo XIX, en las que los liberales que vivían mayoritariamente en las ciudades, influidos por el pensamiento de la Ilustración, se enfrentaron a los conservadores carlistas que pertenecían al mundo rural, y que defendían los principios del Antiguo Régimen. Los carlistas no entendían como el Estado moderno giraba entorno a una Constitución, porque ellos anteponían a Dios y al Rey por encima de cualquier norma suprema.

Algo parecido acontece ahora cuando los rústicos separatistas, anteponen unos supuestos derechos de Cataluña, por encima de cualquier otra consideración legislativa o constitucional. Así para los modernos carlistas, su Dios es Cataluña y su Rey es el Presidente de la Generalitat, siempre que sea separatista claro, porque ellos nunca podrán asumir que un Presidente de la Generalitat sea constitucionalista, como los carlistas tampoco aceptaban a unos reyes de España como Isabel II o Alfonso XII, que estuviesen rodeados de una camarilla de liberales.

Enric Prat de la Riba iba en esta línea cuando decía que el alma colectiva catalana, se forjaba por medio de una cadena de generaciones; considerando que la revolución industrial y las ideas políticas modernas, sólo debían de afectar a la epidermis de Cataluña, sin llegar a penetrar en el interior del sentimiento popular de la conciencia catalana.

Los países evolucionan ideológicamente cuando la cultura urbana se antepone a la subcultura rural. Este fenómeno de prevalencia se produce inexorablemente en todos los países del mundo, menos en la región catalana, porque aquí estamos gobernados por gentes que provienen de los pueblos del interior, que nos pretenden imponer su ideología conservadora y trasnochada.

Si vemos las muestras de cultura catalana como los castellers, la Patum o el cagatió, vemos fiestas pueblerinas. Si escuchamos la música rock catalana, escuchamos música pueblerina, Si vemos TV3, vemos una televisión pueblerina, Si vemos a los dirigentes de la Generalitat y de los Ayuntamientos catalanes, vemos a pueblerinos con trajes de Giorgio Armani. Pongamos un ejemplo por tomar un dato al azar, que se puede extrapolar a cualquier institución catalana; de las super stars del procés, tenemos a Carles Puigdemont que es nacido en Amer, Jordi Turull nacido en Parets del Vallés, Carme Forcadell en Cherta, Dolors Bassa en Torroella de Montgrí, Jordi Cuixart en Santa Perpetua de Mogoda, Ana Gabriel en Sallent, Maritxett Serret en Vallfogona de Balaguer, y luego tenemos a Oriol Junqueras que aunque nació en Barcelona, su familia proviene de Sant Vicenç dels Horts, y finalmente Raúl Romeva, que aunque tiene el pecado original de haber nacido en Madrid, su familia es de Caldas de Montbui.

Antiguamente la gente de los pueblos permanecía durante toda su vida en ese entorno, pero a partir del siglo XX las personas del mundo rural, legítimamente han venido a las ciudades a trabajar y a estudiar. Este fenómeno tiene una vertiente positiva, porque produce una movilidad que enriquece al conjunto de la sociedad, pero también tiene una vertiente negativa, porque muchas de estas personas llevan consigo una mochila llena de una carga ideológica preñada de separatismo supremacista. Este tipo de personas cuando ocupan puestos de relevancia, imponen inexorablemente su pensamiento político-tribal.

El movimiento separatista tiene su origen en una situación latente, acumulada desde hace varios siglos en los pueblos del interior, que ha desembocado en la plasmación del conflicto social que existe en Cataluña, en el que ya no se trata mayoritariamente de los separatistas contra los españolistas, sino de los rurales contra los urbanos. En otras palabras, o los catalanes nos sacudimos la influencia rústica de encima, o acabaremos todos cantando Els Segadors con barretina.

Juan Carlos Segura Just
Resistente urbanita

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